viernes, 8 de mayo de 2009

Umbral

Quienes me conocen saben bien que el umbral de mi sensibilidad es bajo. Y lo saben pues, aunque usualmente procuro ocultarlo, con frecuencia suele evidenciarse claramente. Quizá debería ser más preciso. Hablo de sensibilidad en general, pero sobre todo de la que se da frente a las más esenciales emociones. Alegría, tristeza, dolor, rabia. Y hoy son sobre todo estas tres últimas las que por diversas razones se mezclan en el coctel de mi mente.

A lo largo de ya un par de semanas he venido resistiendo en lo posible la tentación de hablar aquí sobre la contingencia que vivimos. En un par de momentos he cedido y he lanzado una que otra idea al aire, pero nada más. Hoy, sin embargo, la acumulación de cosas es ya muy grande. Pide una salida. Y a falta de mejor espacio, este parece ser el que conserva mejor el equilibrio entre la intimidad y la posibilidad de poner en común, entre lo público y lo privado, entre la necesidad de lanzar un grito y las ganas de permanecer en silencio.

Tristeza, dolor, rabia. Porque, pese al escepticismo y más allá de todo lo que se ha dicho y escrito sobre lo que sin duda terminará siendo el uso político del tema, lo poco o mucho que hay de cierto en todo esto ahí queda, circulando, aprovechando por enésima vez nuestras divisiones, pasando por alto la urgencia de transformar un sistema de salud que —con virus nuevo o sin él— clama por una reinvención o refundación o como quiera uno llamarla. Porque me duele que, sin ser de los que exigían “conocer a los muertos” como prueba para creer, me ha tocado estar cerca de lo que puede la enfermedad —ésta, aunque si hubiese sido cualquier otra pudo ser otra, igual hubiese sido terrible—. Porque aún no soy capaz de encontrar la manera de reaccionar ante lo que ya se avecina sobre aquellos que hoy merecen consuelo y están, en cambio, en la víspera del vituperio colectivo y el escarnio público, si no es que de la burla descorazonada.

Tristeza, dolor, rabia. Porque la intolerancia vuelve a ser la gran triunfadora. Esa intolerancia que desde siempre he vivido como mi gran enemiga, enemiga de todos. Esa que oculta el rostro tras el disfraz de la libertad de hacer y decir lo que nos venga en gana. Esa que se viste de verdad y seduce con egoístas promesas a olvidarnos del Otro, el que piensa distinto, el que actúa distinto, el que cree distinto. Esa que igual enarbolan los intolerados de cada bando para exigir lo que no están dispuestos a dar: oídos abiertos y amorosos a la diferencia. Cierto que las acciones de algunos frente a lo que hoy vivimos, sea lo que sea —virus, complot, exageración, estrategia política o económica—, se antojan intolerables. Pero igual de intolerable me parece la reacción de quienes, a partir de lo que uno o unos hacen o dicen, actúan contra todos los que algo tienen en común con esos pocos, así sea ese algo sea una nacionalidad o un color de piel. 

Tristeza, dolor, rabia. Porque lo que falta no es uso de la razón —quizá al contrario, hemos abusado mucho últimamente de ella y de sus trampas—. Lo que brilla por su ausencia es compasión. Mucho instinto ahogado en racionalizaciones. Y poco sentimiento humanamente auténtico. Mucho miedo jugando a las vencidas con la soberbia del conocimiento racional. Y poco respeto por el espíritu y el reconocimiento de uno mismo en los ojos del otro. Al final, como siempre, la serenidad, la calma, la prudencia, son las grandes ausentes del banquete.

No tengo idea de si se entiende una sola frase de lo aquí escrito. Quisiera a veces ser capaz de transmitir las cosas en una imagen. Y no sé decir las cosas así de claras, así de directas. No sé decir que el azul es azul, pues termino siempre describiendo para ello alguna interpretación del cielo o del mar. Quizá porque en el fondo nada me parece tan claro como para decirlo “como es”, sino simplemente como pasa por mi cabeza.

1 comentario:

Anónimo dijo...

El ser humano (ser como verbo y no como sustantivo) y la catarsis van de la mano, sin prudencias, ni calmas, ni serenidad. El problema de este mundo es que está lleno de seres que cada día se olvidan un poco más de cómo ser humanos.