sábado, 23 de mayo de 2009

Gente de bien

«Lo que la Fotografía reproduce al infinito únicamente ha tenido lugar una sola vez: la Fotografía repite mecánicamente lo que nunca más podrá repetirse existencialmente.»
Roland Barthes, La cámara lúcida


Cuesta mucho trabajo empezar a escribir sobre anoche, pero tengo claro que sobre la marcha las ideas irán tomando su lugar y las palabras cederán. Así, sin afán de narrar el encuentro —ninguna narración que yo articulase se acercaría siquiera a la magia de lo vivido— me limito a dejar que fluyan unas cuantas ideas que revolotean aquí dentro.

Cada vez que he tenido la oportunidad de pasar cierto periodo de tiempo compartiendo el aula con un grupo de inquietos chicos adolescentes, hay una cuestión que irremediablemente cruza tarde o temprano mi cabeza: ¿qué será de ellos en cinco, diez, veinte o cincuenta años? ¿qué les espera o qué se prepararán ellos mismos para el futuro? En la medida que, con el pasar de un curso escolar, crece mi amor por cada estudiante que he tenido oportunidad de tener como compañero de aprendizaje, crecen también las preguntas y las expectativas sobre sus futuros. Al final, todo se resume en un deseo que opera también como humilde intención subyacente en todos mis actos: la esperanza de que cada uno llegue a ser «gente de bien». 

No sé bien qué pueda significar eso para otros, pero a mí la expresión «gente de bien» me ayuda para describir a quienes sin necesidad de grandes hazañas ni manifestaciones de dotes extraordinarios, hacen justicia a su dimensión de seres humanos, con las virtudes y los defectos que esa naturaleza encierra, pero siempre con la conciencia de aspirar a ser mejores. Me cuesta trabajo decir qué entiendo por «ser mejores», pero es claro que no estoy pensando necesariamente en mejores puestos en una empresa, o mejores sueldos en el mercado laboral, ni siquiera mejores calificaciones o más conocimientos reconocidos en el ámbito académico. Eso puede sumarse a la descripción de algunas «gentes de bien», pero ninguna de esas condiciones resulta indispensable. 

Ser «gente de bien» y aspirar a «ser mejor» significa, para mí, la posibilidad de contribuir en algo a enaltecer la dignidad propia y de los demás. Y eso se oye rimbombante, pero creo que es bastante más sencillo de lo que parece. Se logra a veces con una sonrisa auténtica, con un abrazo fraterno, con una mirada compasiva, con una mano extendida en medio de la necesidad del otro, con un gesto de agradecimiento ante la ayuda recibida. Se consigue también cuando se ríe con el otro, cuando se llora con el otro; cuando las dichas ajenas alimentan las propias alegrías, cuando se comparte el dolor o el sufrimiento que no es de uno; cuando reímos juntos, cuando recordamos juntos, cuando nos reconocemos juntos.

*

Decía líneas arriba que uno como profesor suele preguntarse qué será de sus alumn@s. La verdad es que no sé si le suceda a tod@s los profesor@s ni si les suceda con tod@s sus alumn@s. Pero en mi caso así ha sido. Desde la primera vez. Y normalmente uno conserva la esperanza de que ese deseo e intención de que sean «gente de bien» se materialice; que la vida les trate con generosidad y que ell@s sepan reconocer y otorgar su lugar a aquello que la vida, en las buenas y en las malas, les depare. A veces sucede que esa misma vida me regala un encuentro casual con un@ u otr@ alumn@, casi siempre para ver que esa esperanza, al menos en términos generales o al menos en apariencia, va dando frutos.

Y de pronto sucede que esa misma vida me brinda la oportunidad de encontrarme con un numeroso grupo de jóvenes que fueron alguna vez mis alumn@s y que hoy me gusta pensar como amig@s. Y compruebo que son gente de bien. Y me emociono hasta las lágrimas mientras escribo esto. Así que hago una pausa. 

*

Aquel otoño en que estuve por vez primera frente a ell@s parece de pronto tan cercano. Usando un lugar común —de esos que no me gustan pero tanto nos sirven— diré que "parece que fue ayer". Tenía yo entonces la edad que en promedio tienen ell@s ahora. 23, 24 años. Eran mi primera clase. Estudiaban tercero de secundaria. Yo era un auténtico novato recién salido de la universidad y llegaba a sustituir a una maestra que probablemente había huido despavorida semanas antes. Un jueves antes de conocerl@s me entrevisté con el director: "Profesor, empieza mañana". ¿Profesor? ¡Yo jamás había dado clases antes! Conseguí la oportunidad de comenzar el lunes siguiente, y así dedicar el fin de semana a conocer y estudiar los planes y programas de la asignatura que habría de impartir en los tres grados de secundaria. A ell@s, a mis primer@s alumn@s, l@s conocí el lunes 15 de noviembre de 1999.

Mi alma entera está invadida de recuerdos que las palabras pocas veces han sido capaces de evocar. Son recuerdos que se llevan en la piel y que no suelen ir acompañados de imágenes concretas. Podría describir sólo unas cuantas anécdotas. Recuerdo más las conversaciones en los recreos que las sesiones en aquella aula improvisada con lámina en medio de un jardín. Recuerdo sus gestos y sus miradas, pero me confieso incapaz de decir qué hacíamos en clase, o qué les dejaba de tarea. 

Ayer vari@s de ell@s demostraron tener una memoria muy superior a la mía. No me extraña, por supuesto, que sean capaces de reconstruir cada segundo que compartieron durante años en su escuela. Me sorprende, en cambio, que conservaran la imagen de alguna corbata que yo usaba en aquellos días, o algunas anécdotas de mi vida que solía compartir con ellos; me sorprende la evocación de algunos diálogos en los que, me dicen y les creo, yo participé. Las descargas de evocaciones hicieron pronto que se activaran también algunos enmohecidos mecanismos de mi memoria. Y pronto estaba yo contribuyendo a la lista de recuerdos. 

*

La propensión a la nostalgia es un sello indiscutible de mi personalidad. Así que el asunto de la memoria y las consecuencias que han acompañado desde anoche a su reactivación, prefiero dejarlo de lado. Lo que ayer más me emocionó, fue la oportunidad de compartir con el grupo un rato y agradecer que la vida ha sido buena con ell@s y ell@s han sido buen@s con la vida.

Ayer comprendí, una vez más y por si me hiciera falta, por qué después de casi una década sigo en el mismo camino. Comprobé también que est@s chic@s me cambiaron la vida. No sé realmente si yo haya jugado un papel en sus vidas. Lo digo en verdad y no como un ejercicio de falsa modestia. Al fin y al cabo fueron unos cuantos meses. A veces creo que mi trabajo es más ser testigo que constructor de algo. No lo sé. Lo cierto es que atestiguar anoche que aquell@s adolescentes inquietos son hoy gente de bien, con sueños, con esperanzas, sencillamente me entusiasma, me emociona. 


Esa fotografía que, junto con otras publicadas en Facebook, detonó el encuentro de anoche, repite mecánicamente y hasta el infinito aquellos días. Certifica que hubo un día en algún lugar que un grupo de personas compartieron parte de sus vidas. Ni la mañana en que se tomó esa desordenada foto ni ninguno de los momentos capturados en foto alguna, habrán de repetirse; esas imágenes son sólo testimonio de que aquello «ha sido». La buena noticia es que tienen en sus manos la oportunidad de crear existencialmente —y también hasta el infinito en cierto modo— nuevos instantes compartidos. 

3 comentarios:

Janet dijo...

Vaya entrada emotiva ,independientemente de que yo "ande en el mood".

Me gusta la cita a Roland Barthes.Recuerdo justo ahora una frase que pertenece a un libro de Barbara Colio. ESta es la frase: "Si no guardas al menos una fotografía del transito de tu vida, ¿como tener la pequeña certeza de que no todo fue un sueño?".

Que bueno que tengas esa "pequeña certeza" aunque sea de manera virtual en el Facebook. Y ojala que sigas conservando muchas mas!

Saludos Yoda!

Mariana O dijo...

Ernesto: Gracias por todo... de verdad que encontrar a alguien que le apasione que el conocimiento sea transmitido, que vea esperanza donde otros ven simplemente pérdidas, que le apueste a la docencia y a la decencia.. de verdad mil gracias por haber sido un maestro.. que por supuesto nos marcó a todos.... para ser un verdadero maestro no importa la experiencia ni la cantidad de años.. si no.... la pasión y el compromiso.. y eso mi queridísimo Ernesto.. usted lo tenía desde esos muy escasos 23 o 24 años.. gracias..

zoraima dijo...

Gracias amigo por compartir con tus lectores tu corazón -que sin duda- es de una gente de bien. Te quiero mucho!!