lunes, 9 de enero de 2017

Una obra de arte sin desperdicio


"Un día sin escribir o anotar algo se me antoja un día desperdiciado o criminalmente abortado: un deber incumplido, una vocación traicionada."
Esto escribía Zygmunt Bauman el 3 de septiembre de 2010, en un libro que no es un diario pero casi (Esto no es un diario, Paidós, 2012). Ha muerto Bauman y para fortuna nuestra durante muchos años honró esa vocación y, lejos de desperdiciar sus días, nos deja un vasto legado de reflexiones y cuestionamientos que bien valdría la pena revisemos en el marco de los agitados y complejos días que atravesamos.

Mi primer acercamiento a Bauman fue hace una década por invitación de un maestro a leer Vidas Desperdiciadas (Paidós, 2005). Vivía yo en Barcelona y en el peculiar momento que atravesaba, mis intereses e inquietudes personales se vieron sacudidos por los planteamientos y digresiones de Bauman, así como sus apelaciones a diversos autores en aquellas páginas.

Poco después leí una obra que terminaría de acomodar muchas piezas en mi interior, un texto que desde entonces ha sido un referente clave en mi interpretación no solo de un momento concreto de la historia del siglo XX, sino en mi lectura del presente y mi visión sobre la necesidad de transformar las estructuras sociales y de pensamiento de cara al futuro: Modernidad y Holocausto (1989, en castellano editado por Sequitur, 1997).

Apurándome un poco y corriendo el riesgo de dejar cabos sueltos, la propuesta de Bauman en esta obra es dejar de ver el Holocausto como una herida en la historia de la humanidad y enfrentarlo como una “prueba rara, aunque significativa y fiable, de las posibilidades ocultas de la sociedad moderna”. Es decir, un producto de la historia de la modernidad, sugiriendo que la “civilización moderna no fue condición suficiente del Holocausto, pero sí fue, con seguridad, condición necesaria”. Pero no solo eso: advierte además que esa condición permanece en nuestros días, por lo que no estaríamos exentos de una tragedia semejante, lo cual obliga a explorar el fenómeno y buscar alternativas para desmontarlo. El asunto da para mucho.

Las exploraciones de Bauman en esas páginas me ayudaron a poner en palabras algunas interrogantes personales que a la fecha me siguen inquietando, a la vez que alimentan y orientan (¿desorientan?) muchas de mis acciones en el ámbito educativo.

Una de las ideas clave en el pensamiento de Bauman es la noción de modernidad líquida:
"Si la vida premoderna era una escenificación cotidiana de la infinita duración de todo excepto de la vida mortal, la líquida vida moderna es una escenificación cotidiana de la transitoriedad universal. Nada en el mundo está destinado a perdurar, y menos aún a durar para siempre. Con escasas excepciones, los objetos útiles e indispensables de hoy en día son los residuos del mañana."
A lo largo de varios años he leído y escuchado diversas referencias inexactas al pensamiento de Bauman. Hoy mismo he leído varias notas que avisaban su muerte describiéndolo como el "padre de la modernidad líquida". Quizá sea por el uso de ese adjetivo muchos piensan que Bauman promovía o aplaudía esa liquidez, cuando sucedía justo lo contrario. Ilustro esto con un ejemplo aterrador que viví apenas hace un mes. Durante la inauguración de un Congreso Internacional sobre Innovación Educativa, el rector del Tecnológico de Monterrey, David Noel Ramírez, celebraba la modernidad líquida y afirmaba: "No queremos instituciones sólidas. Queremos instituciones y relaciones líquidas".

Bauman denunciaba justo los peligros de una sociedad líquida. Quizá el ámbito de las relaciones personales sea justo uno de los que permiten ver esto con más nitidez. Al respecto, resulta clave su obra Amor Líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos (Fondo de Cultura Económica, 2005).

La vulnerabilidad de nuestras relaciones como seres humanos, el simulacro de vínculos reducidos a likes y seguidores en redes sociales, ponen en riesgo el sentido de comunidad. Como advierte Bauman en Vidas Desperdiciadas:
"Y allí donde no hay pensamiento a largo plazo ni expectativa de que volvamos a vernos, es difícil que se dé un sentimiento de destino compartido, una sensación de hermandad, un deseo de adhesión, de estar hombro con hombro o de marchar acompasados. La solidaridad tiene pocas posibilidades de brotar y echar raíces."
De ahí que en sus últimos años, testigo de las luces y sombras que tantos señalan sobre la explosión en el uso de las redes sociales para fines tanto personales como sociales, Bauman advirtiera del silencioso enemigo que se escabulle en el anonimato que esas plataformas suelen fomentar. En Esto no es un diario apunta:
"El verdadero adversario del anonimato propiciado por internet no es el principio de la libertad de expresión sino el principio de responsabilidad: el anonimato propiciado por internet es, ante todo y desde el punto de vista social, una licencia oficialmente aprobada para la irresponsabilidad y una lección pública en su práctica —tanto online como offline (fuera del mundo virtual)—, una gigantesca y venenosa mosca antisocial a la que se le permite saquear un enorme barril de ungüento anunciado y presuntamente dedicado a fomentar la causa de la socialidad y la socialización..."
En el mismo libro, Bauman arroja una advertencia especialmente dolorosa por su crudeza si pensamos en lo que hoy vivimos en muchos lugares (y pienso en primer término, por supuesto, en México, mi país):
"La tendencia a olvidar y la vertiginosa velocidad del olvido son, para desventura nuestra, marcas aparentemente indelebles de la cultura moderna líquida. Por culpa de esa adversidad, tendemos a ir dando tumbos, tropezando con una explosión de ira popular tras otra, reaccionando nerviosa y mecánicamente a cada una por separado, según se presentan, en vez de intentar afrontar en serio las cuestiones que revelan."
Si me sigo metiendo en el terreno de las citas, con Bauman nunca terminaría. Ahí está su inmenso legado para leer algo y ver qué nos provoca, qué nos mueve.  ser Algo he leído de Bauman. Algunos dicen que bastante pero es apenas un poco de lo mucho que tengo en la lista de lecturas pendientes. Hay quienes señalan que escribió mucho pero que suele repetirse a sí mismo. Quizá, yo solo sé que para mí siempre es provocador.

Remato con algo que escribió Bauman en uno de los libros más orientados a la dimensión personal que le he leído (El arte de la vida, Paidós, 2009):
"Nuestra vida, tanto si lo sabemos como si no, y tanto si nos gusta esta noticia como si la lamentamos, es una obra de arte. Para vivir nuestra vida como lo requiere el arte de vivir, como los artistas de cualquier arte, debemos plantearnos retos que sean (al menos en el momento de establecerlos) difíciles de conseguir a bocajarro, debemos escoger objetivos que estén (al menos en el momento de su elección) mucho más allá de nuestro alcance y unos niveles de excelencia que parezcan estar tozuda e insultantemente muy por encima de nuestra capacidad (al menos de la que ya poseemos) en todo lo que hacemos o podemos hacer. Tenemos que intentar lo imposible."
Hoy lamento la partida de Zygmunt Bauman como si me despidiera de un querido maestro. Celebro su vida que supo vivir como obra de arte, sin desperdiciar un momento, sin traicionar la vocación de pensar, de compartir su pensamiento.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

El problema no es Trump

Para mis amigos y familia que viven en Estados Unidos.

Y para Amaya Marichal: tu voz hubiese sido un referente para muchos en estos días y en estos territorios de la virtualidad digital. Sigues con nosotros.

El problema, pienso, no es que el señor Trump haya sido elegido presidente de los Estados Unidos de América. Entiendo los enojos, los temores, la incertidumbre, pero me desconcierta la forma en que lo estamos procesando en este lado de la frontera. Para mí el problema (por el momento) no es Trump, pero sí hay muchos problemas que la coyuntura (una vez más) nos restriega en la cara.

Escuchando (y leyendo) a muchos amigos, conocidos y personas en general me sorprende una suerte de “malinchismo” dominante en nuestras reacciones. Y es que parece que nos gusta debatir con intensidad los problemas de afuera pero nos cuesta entrar a la reflexión sobre los asuntos internos. Supongo que es natural ser selectivo al decidir de qué problemas queremos quejarnos y entiendo que vivimos en un mundo global, pero me impresiona lo intensos que andamos con descalificar y juzgar al electorado gringo con su elección presidencial en contraste con muchas otras cosas que lamentablemente enmarcan nuestra cotidiana tragedia (¿tragicomedia?) nacional.

Lo sucedido nos afecta. Cierto. Apela a nosotros. Sin duda. Tenemos derecho a decir y quejarnos, no lo cuestiono. Lo que me sacude es la forma en que nos clavamos en eso y nos desvinculamos de lo que tenemos más cerca. No es la primera vez. Ya nos hemos criticado unos a otros por ponernos de luto ante atentados en Europa y no sumarnos ante las tragedias cotidianas en nuestro territorio. Y ahí vamos otra vez. Insistimos en ver las tragedias como excluyentes. Me hago (con seriedad, con inquietud) varias preguntas. ¿Por qué no somos capaces de emprender con la misma pasión acciones en lo inmediato? ¿Por qué reaccionamos con el hígado? ¿Por qué soltamos juicios tan ligeros y no nos detenemos a pensar en lo que está en el fondo de los tropiezos que los seres humanos estamos cometiendo en todas las latitudes?

Me gusta la idea de hablar del tema (como de casi cualquier otro, aunque eso también suela ser causa de descalificación para algunos). No pienso que por ser asuntos de otro país debamos quedarnos callados, pero si vamos a hablar del tema, sugiero dos cosas: no banalizar la conversación y no desvincularnos de ella.

Lo primero: no podemos quedarnos en los juicios fáciles, conformarnos con replicar las opiniones de la “comentocracia”. Los memes están bien para reírnos un rato y desahogar un poco las tensiones, pero a través de memes y frases sueltas producto de reacciones viscerales en nuestras redes sociales poco construímos. Discutimos y nos espantamos con el muro de Trump, pero poco hacemos por derribar los muros que nos dividen en el día a día. Nos quedamos con discusiones superficiales sobre las frases y ocurrencias más estridentes de éste como de cualquier otro candidato, pero poco hacemos para desmenuzar y desarmar las bases de una estructura que nos tiene postrados ante la banalidad. Insultamos a los votantes de un candidato (a mi juicio un candidato impresentable, cierto), pero con la misma falta de pensamiento crítico idealizamos a la señora que “pudo ser la primera presidenta de Estados Unidos”. No votar por ella ha sido señalado como sinónimo de misoginia. ¿En serio? ¿Significa que me debo ir preparando para votar por la Zavala en 2018 si realmente creo en la equidad de género? No sé qué hubiese hecho yo en caso de haber sido elector gringo. Seguro hubiera sufrido. Como he sufrido todas y cada una de las elecciones en las que he participado desde que cumplí 18 años. Sé también que conozco poco de la realidad norteamericana y de su historia, por lo que lejos de juzgar de "imbecilidad" o no la decisión de millones, quisiera entender qué lo hizo posible.

De lejos y de cerca tendemos a trivializar las cosas. Nos gusta reducir las cosas a blanco y negro y dejamos de lado la posibilidad de examinar los grises y explorar las raíces de los problemas. El problema no es Trump. Para entender (y nombrar) el problema sería necesario examinar qué ha sucedido en la humanidad para que un personaje así pudiera presentarse a una elección de esta naturaleza y haya encontrado eco en la mitad de los votantes de su país. ¿Qué problemas, qué temores, qué malestares viven quienes encontraron posibles respuestas en su estridencia? El sistema es macabro. Con Trump y sin él, las inercias de la maquinaria estructural sobre la que gira el sistema nos están llevando al diantre.

La banalidad facilita que nos desvinculemos de las reflexiones críticas. Aunque esto resulta más evidente en nuestra lectura de los problemas “ajenos”, sucede también con los propios. Algo anda mal. Lo decimos pero no nos lo tomamos tan en serio. Ahí están esos británicos “suicidas” que deciden abandonar la Unión Europea. Y esos colombianos “irracionales” que no aceptan la paz a pesar de todo lo que han sufrido. O esos europeos que insisten en elegir o reelegir a políticos para los cuales se nos han acabado los adjetivos después de Trump. Personalmente no coincido con las decisiones reflejadas por los mil veces citados procesos de Gran Bretaña o Colombia, ni con lo que sucede en España o lo que se esboza ya en Francia. Para mí la gran pregunta es qué hay detrás de todos esos procesos. Insisto: algo anda mal. Y cuando algo mal no es sencillo encontrar la manera adecuada de reaccionar.

Por algún lado hay que empezar y creo que lo más cercano es lo que más nos conviene. ¿De qué nos sirve a nosotros todo este panorama? ¿Qué nos dice de nosotros mismos? ¿Es posible construir una ciudadanía participativa, responsable, informada, crítica? Lo vivimos en 2000, en 2006, en 2012: confrontación visceral, descalificación irracional, ruptura… ¿Y el pensamiento crítico? ¿Y la capacidad de ver más allá de nuestras narices? Lo hemos vuelto a ver este año con la iniciativa por el llamado matrimonio igualitario (recién rechazada, por cierto, con la bandera de la "movilización de la sociedad civil"): la polarización alimentada desde la raíz y la aparente imposibilidad del razonamiento crítico, de la deliberación auténticamente democrática.

El problema no es exclusivamente Trump, pero me interesa hablar del problema que Trump representa si eso nos ayuda a dejar atrás la conversación banal y a vincularnos con los problemas que tenemos en lo más inmediato, sin ignorar los demás que por supuesto no son pocos.


¿Qué haremos diferente en México de cara 2018? ¿Y qué haremos diferente hoy, aquí y ahora, en nuestro radio de acción más inmediato?

*

PD. Hoy más que nunca recomiendo una lectura de Zygmunt Bauman: Modernidad y Holocausto. Se los dejo de tarea para sumar a la reflexión y el debate crítico. Aquí las primeras páginas para abrir boca.

PD 2. Vaya paradojas. Leo a muchos mexicanos que insultan a Trump y celebran que no se aprobara hoy miércoles 9 de noviembre la iniciativa en favor de los matrimonios igualitarios: si vivieran en Estados Unidos hubieran votado probablemente por el candidato al que desde este lado insultan. A veces conviene revisar nuestro regulador de creencias políticas si no queremos caer en esta doble moral.

sábado, 14 de noviembre de 2015

Lectura inspiradora y urgente

Crear hoy la escuela de mañana: la educación y el futuro de nuestros hijosCrear hoy la escuela de mañana: la educación y el futuro de nuestros hijos by Richard Gerver

My rating: 4 of 5 stars


Absolutamente inspirador. Lo de siempre: el libro te elige, escoge el mejor momento. Hace varios meses que compré este volumen y desde entonces intenté empezar a leerlo. Sin embargo, cansado de lecturas ligadas a mi trabajo, opte por la ficción que felizmente me ha dado grandes momentos en este año. Y ahora, en lo más profundo de una de mis más severas crisis pedagógicas, lo retomé para felizmente encontrar un libro de gran sencillez que bien puedo asumir casi como credo. Cansado de encontrar sentido al trabajo que se hace hoy en las escuelas, no encontré aquí respuestas, pero sí recordatorios importantes y detonadores poderosos.

Ubicado en el contexto británico de hace 5 años (que seguramente no ha cambiado en lo sustantivo), el texto ofrece pautas muy útiles para sacudirnos la inercia y cuestionar qué diantres vamos a hacer con nuestros sistemas educativos. Me duele profundamente reconocer que en esto México vive un profundo retraso. Vamos décadas atrás y además seguimos queriendo imitar modelos que claramente no están funcionando en sociedades más "desarrolladas". Naturalmente, como se advierte en el libro, hay mucho de política haciendo eso posible. Y justamente por eso es necesario pensar medidas más radicales. No estoy aún claro de cómo sería eso en mi contexto inmediato, pero en esas ando.

No se resuelve mi crisis con este libro, pero recupero elementos para enfrentarla y asumir algunas acciones. Lo más urgente por ahora es compartir esta lectura con mi equipo. Ojalá hubiera forma también de compartirlo con todos los padres de la escuela donde trabajo. Buscaré el modo de hacerlo, aunque sea por fragmentos. Necesitamos un destino compartido si vamos a andar más tiempo esta aventura juntos.



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martes, 8 de septiembre de 2015

Interpretar para transformar

"Como ciudadanos de una sociedad libre, tenemos el deber de mirar críticamente a nuestro mundo. Si pensamos que algo está mal, debemos actuar en congruencia con ese conocimiento. Como sentencia la famosa frase, hasta ahora los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo de diversas formas; de lo que se trata es de transformarlo."

Tony Judt


Hace unos meses leí Algo va mal, libro de Tony Judt de donde tomo esta cita. El texto plantea una serie de cuestiones sobre el modelo económico dominante en nuestros días y la forma en que ese modelo y sus estructuras lejos de resolver muchos de los problemas de injusticia, desigualdad y seguridad, ha venido simplemente a reforzarlos o extenderlos. 

Ayer por casualidad me topé con el libro y algunas de mis notas y marcas en los márgenes. Cuando llegué a este texto me pareció oportuno compartirlo con mi equipo de profesores previo al arranque del curso. La invitación de Judt me parece más que pertinente para un colegiado que pretende hacer del pensamiento filosófico algo más que solo un cúmulo de reflexiones. 

Por supuesto que me pareció también oportuno compartirlo con quien todavía se da sus vueltas por aquí.