martes, 30 de junio de 2009

Vértigo

El cierre del ciclo escolar ha sido vertiginoso. Digamos que ha estado a la altura de un curso plagado de altas y bajas, de irrupciones inéditas, de crisis inusuales. Ha pasado de todo. Sonará exagerado, pero en muchos sentidos éste ha sido el ciclo escolar más intenso que he vivido en una década dedicado a la docencia. Quedan aún diez días y no quiero decir mucho más, no vaya a ser que en estas últimas horas se nos desencadene una barbaridad más para rematar este año de locos.

Más allá de la escuela, los próximos días amenazan ya con llegar cargados de sacudidas. Entre las que ya se han dejado sentir como fatal augurio y las que aún están por llegar, un puñado de alegrías han llegado entre películas, teatro, música y recorridos por la ciudad. Todas y cada una dignas de una entrada exclusiva en esta bitácora. Falta ahora tener el tiempo y la voluntad suficientes para transformar algunos pensamientos en palabras. Mientras esas combinación se da, me apunto con un adelanto.

Evidentemente no es una casualidad: las imágenes desatadas recién en mi cabeza, coinciden en torno a una misma idea. Una idea que, seguramente, estaba ya palpitando en mi acumulación de ansiedades. Y de pronto, la cadena de acontecimientos y revelaciones recientes se ha encargado de colocarla contundentemente en primera fila. Ahí, esa idea me vigila. Espera atenta mis próximos movimientos. Sabe que tarde o temprano tendré que reaccionar y hacer algo con todo esto. Y tiene claro que no pasará mucho tiempo.

Así las cosas. De entrada, prometo ya cuatro reseñas: una película en DVD, una más que está en cartelera, una puesta en escena amateur y una de las profesionales de grandes proporciones. No tengo claro si llegarán las divagaciones por separado o todo junto con pegado. Pero llegarán.

miércoles, 24 de junio de 2009

Vocación

Hoy celebramos la graduación de los chicos de preparatoria del colegio. Todavía emocionado por diversas razones —muchas por ahora difíciles de explicar—, comparto aquí las palabras que, con ciertas dificultades producidas por la nostalgia, les dirigí esta mañana.

Anoche, ya tarde, mientras intentaba estructurar millones de ideas para escribir este mensaje, mi esposa me preguntó cómo iba. “Fatal”, le respondí. “No logro articular lo que quisiera decir”. 

“¿Y por qué no reciclas un discurso de otro año?”, fue su amable sugerencia. 

“No puedo. No me gustaría. Esta es una generación especial.”

Ella sonrió y con una dosis de sarcasmo cariñoso, sólo dijo: “Lo mismo dices todos los años”. 

“Es cierto”, pensé. Pero también es cierto que algo particular representa la generación que hoy se gradúa. No en vano ayer, cuando le propuse a Ms. M. que me hiciera favor de apoyarnos como conductora de esta ceremonia, me advirtió: “¿No importa si de pronto se me quiebra un poco la voz?”

Me fui a dormir sin terminar de ordenar las ideas, con la esperanza de que la renovación propia de la noche de San Juan me hiciera amanecer con más claridad. Mientras intentaba conciliar el sueño, una pregunta revoloteaba en mi cabeza: ¿Por qué a algunos nos está resultando tan emotivo el graduar a esta generación?

Desperté con una posible respuesta. Sonará un poco cursi, extraño, pero para varios de nosotros, esta generación representaba, representa, algo así como la esperanza. 

Cuando llegué al Colegio, en enero de 2006, la encomienda era clara: consolidar el proyecto de la preparatoria. Inició pronto un arduo proceso de reestructura que involucraba la revisión de planes de estudio, la renovación del equipo docente y, especialmente, el “reclutamiento” de los alumnos que formarían la nueva generación. 

Como bien me lo recordaron ustedes hace unas semanas, la historia a partir de ese momento fue un tanto accidentada. La estadística del número de alumnos de su generación variaba notoriamente cada semestre. Unos se iban. Otros se integraban. Al final, son once los que llegan a este día. Saben bien que no me gusta mucho el futbol, pero me gustan las relaciones numéricas y los simbolismos. Y el hecho de que sean once me hace pensar inevitablemente en un equipo de balompié. Nuestra selección de la esperanza. 

¿Esperanza en qué? Al inicio, era la esperanza de hacer de ustedes la generación que marcaría una nueva pauta. La primera generación que cursaría sus tres años completos bajo una nueva propuesta en el colegio. Sabíamos que eso implicaba riesgos, pero sabíamos también que seríamos capaces de superarlos.

Los tres años han concluido y aquí estamos. Haciendo una valoración autocrítica del trayecto, es evidente que, si bien hubo logros significativos, también pudimos haber hecho más. En momentos como éste me invade lo que suelo llamar el “Síndrome de Schindler”. ¿Recuerdan la historia? Óskar Schindler fue el empresario industrial alemán que, durante la Segunda Guerra Mundial, salvó a más de un millar de judíos del Holocausto perpetrado por los Nazis. Según el retrato fílmico que elabora Steven Spielberg de este personaje, en sus últimos momentos Schindler se lamentaba de no haber sido capaz de rescatar a unos cuantos más. 

Así me siento. Con la sensación de que pudimos haber hecho mucho más. Pero también tengo claro que en cierto modo la insatisfacción resulta inevitable. De alguna manera, nunca es suficiente cuando se trata de contribuir a la formación de seres humanos. Y al mismo tiempo, siempre es necesario que, para que el menor de los esfuerzos fructifique, el alumno ponga algo de su parte. Más tarde o más temprano, ustedes lo han ido haciendo. La tarea que les queda por delante es aún larga. Espero que lo poco o mucho que hayamos sido capaces de hacer, abone a favor de cada una de sus misiones.

El día de nuestro modelo de Naciones Unidas, R. me decía que estábamos ante una muestra más de cómo son las cosas para los alumnos de nuestra escuela: nos hacen sufrir en el proceso, a veces no cooperan lo suficiente, pero al final las cosas salen bien. Es cierto. Pero, como se lo dije a él en ese momento, imagino cómo sería si nos esforzáramos todos un poco más mientras emprendemos una nueva tarea. Sin duda los resultados serían simplemente extraordinarios. 

Esa sería mi invitación esta mañana. Esa intentaría ser mi aportación final, si me lo permiten. Invitarlos a hacer de cada momento algo extraordinario.

En su trabajo final de Filosofía, E. escribía lo siguiente:
«La vida tendrá momentos alegres y tristes, momentos para recordar y momentos que querremos olvidar, momentos de dudas y momentos de claridad, pero todo esto es lo que hace que la vida valga la pena.»
Estoy absolutamente de acuerdo contigo. Creo que este año ha dado a nuestra comunidad suficientes muestras de los altibajos de la vida. Los mismo nos hizo ver Aristeo, "Tito", a quien hoy también recordamos con infinito cariño. 

Decías también, E., en tu texto, que la lucha diaria nos engrandece y los errores nos alimentan. La misma idea transmitías tú, R., cuando en la conclusión de tu ensayo autobiográfico escribías:
«Lo que aprendí de todo esto es si estas dispuesto a correr es riesgo de vencer esos obstáculos que te pone la vida lo puedes lograr por que la mente es muy poderosa y el corazón es un arma muy especial para poder ser un ser humano fuerte, lleno de coraje y con ganas de vivir.»
Pensando en todos ustedes, anoche me vino a la mente un libro del que leímos algunos fragmentos en clase durante este semestre. Me refiero a La Resistencia, de Ernesto Sabato —quien, por cierto, hoy cumple 98 años—. Quiero compartir con ustedes algunos párrafos de las páginas finales de este entrañable ensayo. 
«Cada hora del hombre es un lugar vivo de nuestra existencia que ocurre una sola vez, irremplazable para siempre. Aquí reside la tensión de la vida, su grandeza, la posibilidad de que la inasible fugacidad del tiempo se colme de instantes absolutos, de modo que, al mirar hacia atrás, el largo trayecto se nos aparece como el desgranarse de días sagrados, inscriptos en tiempos o en épocas diferentes.

Detener la vida, su inefable transcurrir, no sólo es imposible sino que, de hacerlo, caeríamos en la más negra de las depresiones; los días nos pasarían carentes de toda trascendencia, nos sobrarían y podríamos desperdiciarlos banalmente ya que nada esencial se jugaría en ellos. La vida del hombre se reduciría a la felicidad que pudiera acuñar, como si la más grande de las existencias fuese la que mejor se asemejase a un viaje de placer en un barco de lujo.

Creo que lo esencial de la vida es la fidelidad a lo que uno cree su destino, que se revela en esos momentos decisivos, esos cruces de caminos que son difíciles de soportar pero que nos abren a las grandes opciones. Son momentos muy graves porque la elección nos sobrepasa, uno no ve hacia adelante ni hacia atrás, como si nos cubriese una niebla en la hora crucial, o como si uno tuviera que elegir la carta decisiva de la existencia con los ojos cerrados.

[…]Desgraciadamente, por las condiciones inhumanas del trabajo, por educación o por miedo, muchas personas no se atreven a decidir conforme a su vocación, conforme a ese llamado interior que el ser humano escucha en el silencio del alma. Y tampoco se arriesgan a equivocarse varias veces. Y sin embargo, la fidelidad a la vocación, ese misterioso llamado, es el fiel de la balanza donde se juega la existencia si uno ha tenido el privilegio de vivir en libertad.»
Hoy egresa esta “selección” de la esperanza. De mi esperanza. Sé que cuentan con la entereza suficiente para ser fieles a su vocación de seres humanos; ser fieles a sus convicciones y al compromiso que, con mayor o menor grado de conciencia, tienen con los demás. Y sé que sabrán demostrarlo.

¡Enhorabuena!

martes, 23 de junio de 2009

Fuego

Tanta sacudida no podía ser casual. Muchas cosas merecen ir a parar al vertedero. Hay mucho de qué deshacerse. Y mucho por qué renacer. Mucho por comenzar de nuevo. Varios rincones exigen limpieza. Revisión a fondo. En eso he andado por varias tardes. Y hoy, esta noche, esta corta noche, es un buen momento para confrontarme conmigo y con todo eso que vengo buscando procesar. 

Hace un año caminaba por los barrios de Barcelona contemplando las verbenas, escuchando los fuegos por doquier. Las hogueras encendidas en todos los barrios. La gente levantada y en las calles. No es una noche para dormir. Hace un año la caminata nos llevó a la playa. Barceloneta llena. La arena recibe esta madrugada el mismo tránsito que una intensa jornada veraniega. Los fuegos no cesaban. Como no dejaban de tronar todavía hace un rato. La noche fue, como es esta, sumamente breve. 

Hoy son allá, mientras escribo, las seis de la mañana. Y aquí la oscuridad reina por un rato. En unas horas el sol estará de nuevo resplandeciendo. Quedan unas horas para borrar todo aquello que no sirve. Todo eso que no tiene sentido seguir llevando sobre las espaldas. Purificarse. De eso se trata. De renovar. Y seguir adelante. 

Con la fiesta de San Juan, hace un año empezaba mi regreso. Un primer regreso. Y era evidente que no volvía el mismo. Como tampoco soy ahora el que aterrizó hace unos meses tras la segunda vuelta. A veces no está muy claro quién soy. (¿Puede alguien realmente tener claro semejante cosa?) Pero tengo claro que esa búsqueda es quizá la mejor forma de definirme. 

Esta semana inició con brusquedad desde el fin de la anterior. Y su intensidad no ha menguado. Desde hace un año que conocí en carne propia las fiestas de San Juan, me gusta pensar en esta noche como un punto de inflexión periódico en la gráfica de mi biografía. Las regulaciones de la ciudad no admitirán que salga a la esquina y encienda una hoguera para incendiar todo lo que me estorba. Pero no dejaré de encender un fósforo cuya flama consuma el trozo de papel donde ya estoy anotando todo eso de lo que pretendo deshacerme. 

viernes, 19 de junio de 2009

Algunas piezas

En estos días me he sentido con unas ganas y una necesidad inmensa de escribir. Aquí, allá, en cualquier parte. Y no he logrado hacerlo. Por unas u otras razones he terminado evadiendo semejante llamado. Puedo argumentar muchísimo trabajo, cansancio, mala organización, falta de inspiración. Todo ello es cierto, pero no sé si sean suficientes motivos. Sé, sin embargo, que lo he intentado sin éxito.

Hoy estoy más sereno. Muchas cosas, muchas ideas, muchas posibilidades, se acumulan dentro y a mi alrededor. Pero me siento sereno. Agradecido. Con ganas de descansar, pues la semana ha sido ardua, intensa, demandante. Pero al mismo tiempo ha resultado gratificante, estimulante, alentadora. 

Los cables se están cruzando mucho en esta cabecita. Pero no puedo dejar de decir que varias cosas han sumado notas enriquecedoras a las páginas intangibles del diario registrado en mi alma. Decía arriba que me siento agradecido. Y es que, pese a ciertas contrariedades, estoy obligado a reconocer una vez más que la vida me ha tratado bien. Más que bien. Agradecer que en mi camino ha puesto a gente de un valor inconmensurable. 

Comparto dos piezas del rompecabezas de esta semana. El miércoles cenaba con un querido ex-alumno, hoy amigo, cuyas palabras y reconstrucciones en torno a su propia biografía cimbraron nuevamente las raíces de todo lo que me ha mantenido en el mundo educativo a lo largo de una década. 

Un segundo componente de las jornadas recientes: mi repentina entrada como relevo de un chico de preparatoria en el montaje de una adaptación al Scapin de Moliére. El lunes recibí el libreto; tres días de ensayo y hoy una gran función. Por unos días, en medio de aplicar exámenes, calcular promedios finales y atender las demandas ordinarias —y extraordinarias— del colegio, me convertí en uno de estos chicos. Me divertí horrores con ellos. Y el resultado fue una deliciosa comedia callejera que sin duda se suma de inmediato al archivo de la historia personal de este individuo en construcción permanente.

Si alguien sigue ahí, leyendo las barbaridades que aquí se publican, gracias también, pues de una u otra manera, eres parte de esta historia.

Envío. Me adelanto por cuestiones de horario, pues en el viejo mundo es ya 20 de junio y amanecerá pronto. Envío, pues, un abrazo amoroso a la hermosa Tía Catarina, que cumple años. Te amo hermana. Aquí estamos, soñando y explorando un mundo saturado de bellezas en espera de ser disfrutadas.

jueves, 11 de junio de 2009

The future's not ours to see

Ante la genialidad, las ganas de decir son muchas, pero las palabras precisas suelen ser pocas. Así me pasa cuando intento referirme a alguna película de Alfred Hitchcock. La filmografía del maestro del suspenso supera el medio centenar de películas, de las cuales tengo unas cuantas, y entre ellas, aún muchísimas pendientes de ver. De cuando en cuando me regalo la oportunidad de descubrir alguna de ellas, así como de regresar a las ya conocidas. En ambos casos la experiencia es siempre más que grata. 

Hace unos días vi por primera vez The man who knew too much (1956), remake de una película que el mismo Hitchcock dirigiera en sus primeras épocas. Esta segunda versión —que el cineasta consideraba ampliamente superior a la primera— es protagonizada por el siempre eficiente Jimmy Stewart, acompañado por Doris Day, y narra la aventura de un matrimonio que, para recuperar a su hijo, debe desarmar un complot internacional en una travesía que les lleva de Marruecos a Londres.

¿Por dónde empezar a compartir mis entusiasmos en torno a esta película? El suspenso es magistralmente sostenido por Hitchcock de principio a fin. Yo no sé qué diablos tienen sus películas pero, pese al paso del tiempo, el ritmo es prácticamente impecable y la tensión es tal que uno olvida lo acartonado de algunos montajes técnicos o los saturados contrastes de aquel incipiente Techincolor. Los conflictos planteados por el maestro son de una precisión absoluta, y el mundo que crea en torno a ellos resulta siempre de una congruencia impecable.

El trabajo de James Stewart es quizá otra de las grandes maravillas de cintas como esta. Otras tres colaboraciones de este entrañable actor con Hitchcock me vienen a la mente: la clásica Rear Window (1954), la magistral Rope (1948), y una de las —para mí— mejores películas de todos los tiempos, Vertigo (1958).

Se me ocurren también dos maravillosas razones musicales para ver The man who... Una, la partitura de Bernard Herrmann —quien además aparece en el papel de sí mismo y dirigiendo a la London Symphony Orchestra en la climática escena del Royal Albert Hall—. La otra, Doris Day interpretando la mítica "Que sera, sera", misma que ganara en su momento el Óscar a mejor canción original.

En fin que motivos sobran para volver a pelis como ésta una y otra vez. Alabado sea el cine (y los reproductores de cine en casa).

lunes, 8 de junio de 2009

Re-visitando pelis

Volver a nuestros textos de referencia —libros amarillentos (o no tanto), películas de antaño (o de hace menos), canciones archivadas en un rincón (o simplemente marginadas en el iTunes)— constituye siempre una aventura cuyas consecuencias difícilmente pueden ser anticipadas. Uno puede prever sólo repercusiones genéricas. "Esa rola me pone de buenas." "Con esa peli siempre lloro." "Ese libro me deja pensando en esto o en aquello." Hay cosas que siempre pueden anticiparse. Pero también existen reacciones impredecibles. Una nueva lectura trae siempre nuevas posibilidades, todo es cuestión de atender cuidadosamente a nuestros latidos. Está claro que no digo nada nuevo. Ninguna revelación desconcertante, vale. Es simplemente que durante la semana pasada tuve oportunidad de re-visitar un par de películas y la idea de explorar esos nuevos acercamientos con sus descubrimientos revolotea desde entonces en esta cabeza.

Entre semana fue Cronos (1993), la ópera prima de Guillermo del Toro. Recuerdo que la primera vez que la vi fue en la televisión y por accidente. Mientras cambiaba de canal alguna imagen del siempre impecable Guillermo Navarro me atrapó. En la escena aparecía Ron Perlman. Pocos segundos después entraría a cuadro Claudio Brook hablando en inglés. ¿Qué era todo eso? La curiosidad me hizo suspender el zapping e intentar descifrar qué estaba mirando. Fue así que descubrí la versión mexicana del mito vampírico construida por Del Toro. Alguna vez más tuve oportunidad de toparme con la cinta en televisión. Y nada más. Pasaron los años y los éxitos del cineasta mexicano fueron llegando. El DVD pronto entró en escena y las producciones norteamericanas (Hellboy, Mimic, Blade II) y españolas (El Espinazo del Diablo, El Laberinto del Fauno) de Del Toro se añadieron a los infinitos catálogos de las distribuidoras. ¿Y Cronos? Nada. El año pasado, viviendo en Barcelona, mis frecuentes visitas a la FNAC dejaron ante mi una edición especial de la cinta mexicana que en su momento consiguió 8 premios Ariel, así como el reconocimiento a mejor guión en el Festival Internacional de Sitges, dedicado al cine fantástico. La edición es una auténtica joya, cuyo segundo disco incluye documentales, entrevistas y galerías para deleitarse un rato. Y en México, ¿alguien se acuerda de Cronos? Ni siquiera el éxito internacional de El Laberinto... sirvió para pensar en lanzar al mercado esta cinta.


Y siguiendo con películas a las cuales la historia no ha hecho suficiente justicia, comencé el fin de semana viendo una vez más Dark City (1998) de Alex Proyas. La cinta siempre me ha parecido impecable. Cada encuadre es de una precisión inmejorable. La visión de Proyas hace de cada fotograma una pieza digna de admiración, rindiendo homenaje a un sinfín de cintas míticas de la primera mitad del siglo XX. Las referencias a clásicos del expresionismo alemán son poderosas (ahí están las calles de Metrópolis de F. Lang y "los Extraños" evocando al Nosferatu de Munrau), así como la herencia de la cámara de Orson Wells en encuadres y secuencias extraordinarios. Vale. Más de uno dirá que exagero. Que mi entusiasmo es desbordado. Y quizá sea cierto. Pero así pasa cuando a uno algo le gusta. Recuerdo que poco después llegó Matrix a las pantallas. Me enfurecía la euforia entorno al mundo creado por los Wachowski. Con el tiempo he valorado con mayor justicia la franquicia de la matriz, pero mi corazón se queda con Dark City como metáfora de este mundo que con frecuencia se nos antoja sin duda a creación de alguien que sólo juega con nosotros y nuestros destinos. 

domingo, 7 de junio de 2009

Terapias

Muchas cosas me funcionan como terapia: leer, escribir, escuchar música, ver una película, caminar sin rumbo, contemplar el cielo... conducir en carretera. Dentro de la ciudad, el automóvil me enferma; fuera de ella, me sana. No importa mucho a dónde me dirija, la oportunidad de tomar una carretera o autopista me resulta siempre de lo más atractivo. Cuando los viajes son para visitas cortas y el regreso es el mismo día, la parte fuerte de la terapia está en el segundo trayecto, cuando el cansancio vence al resto de los pasajeros y el camino queda despejado para mis divagaciones. 

Hoy la terapia resultó más que oportuna. Cuando JuanPa convocó desde Querétaro para celebrar anticipadamente su cumpleaños, supe que tenía que aprovechar la ocasión. Había pensado ir desde anoche a la primera etapa del festejo, pero me ganó la carga de trabajo. Aún así, hoy no podía dejarlo pasar. Como a M. la enviaron fuera de la ciudad en una comisión de trabajo, me lancé solo a la bella capital queretana. De la puerta de mi casa al punto de la celebración hay 210 kilómetros. En total, 420 kilómetros de terapia.

Hay muchas cosas trabajando en mi cabeza. Varias cosas exigen mi atención; es necesario darles orden y enfrentar algunas decisiones, particularmente en el ámbito laboral. Tiempo al tiempo, lo sé. Serenidad. Y atención.

Entre tanto, el festejo de JuanPa fue una oportunidad más para compartir un rato con La Diva Cordero y Pixie G. Zejel, además de conocer, entre otros bloggers y twitters, a la mismísima Jacka. Mi presencia en el encuentro fue breve y confieso que estuve un tanto ausente, quizá como resultado de la terapia que me venía propinando en el camino. Pese a mi desconexión mental, la ocasión fue más que agradable... Un nuevo recordatorio de que, si bien los bits funcionan como extensiones de nuestras funciones, no dejamos de ser átomos.

Al margen. Al inicio, citaba al cine como otra vía de tratamiento. En los últimos días me dien casa varias dosis, que ya estaré reseñando. 

lunes, 1 de junio de 2009

Varia

  • Aquí vamos. Arrancando un mes más. En el trabajo, la recta [casi] final del ciclo escolar. Algunos andan más inquietos que otros. Todos esperando ya el último día. La cercanía del verano pone sobre la mesa la necesidad de revisar algunos planes a corto y mediano plazo. Hay varias ideas en juego. En un par de semanas habrá que recuperar también los proyectos para el doctorado. Muchas ideas siguen trabajando en la cabeza. Muchas ilusiones en torno a ello. Entre que uno se traza planes y vive el día a día, algunas cosas valen la pena tenerse presentes. Una de éstas me la recordaba mi tío H. el sábado con palabras de Machado que alguna vez decoraron mi blog barcelonés: «se hace camino al andar». Y en este hacer camino, como siempre, la belleza es una estupenda compañía. Ayer le dejé acercarse a través de algunas imágenes de Miyazaki y algunos sonidos de Gorecki. 
  • En el primer caso, después de muchísimo tiempo, he ido acercándome a los mundos animados de este creador japonés. No hace muchas semanas que por primera vez me regalé un par de horas para explorar Sen to Chihiro no Kamikakushi (El viaje de Chihiro). Siguiendo con el entusiasmo generado en esa primera aproximación, ayer gocé de Hauru no Ugoku Shiro (El increíble castillo vagabundo). Ya me daré chance para reseñar ambas cosas con calma.
  • Y en la música, he aprovechado algunos ratos de organización de mi audioteca para viajar con la delicada Sinfonía de las Canciones Tristes de H. Gorecki. Tengo claro que en general no se reconoce particularmente por ser una pieza para levantar los ánimos en tiempos difíciles, pero es sin duda una de esas partituras que elevan el espíritu. Como sucede con este tipo de obras, es una sinfonía que debe escucharse serenamente, de principio a fin. Sin embargo, para introducirse en el mundo de Gorecki, ayuda el segundo movimiento de la sinfonía, que sin duda es lo más conocido del compositor.