lunes, 1 de diciembre de 2008

Gran noche

La catarsis fue absoluta. No fue difícil dejar que la euforia colectiva se apoderara de uno. Y gritar. Y saltar. Y perderse en la multitud. Liberar energía y recargar energía. Emocionarse. Vivir.

Fue inevitable recordar la experiencia vivida hace 15 años. Sin duda aquel concierto fue uno de los más divertidos y emocionantes de mi vida. Y el de anoche evidentemente se le une por méritos propios, pero también por el simbolismo que encierra. El recinto era el mismo, pero diferente: en aquel entonces las gradas eran una estructura desmontable, temporal. Eran también tiempos de crisis. Se acercaban el levantamiento del EZ, los magnicidios y un año después el error de diciembre. Y, como he contado en otras ocasiones, el fin de la inocencia. Pero en noviembre de 1993, yo no alcanzaba a ver señales de nada de eso. En aquel entonces, yo cursaba el último año de preparatoria y la pequeña Monch tenía poco más de un año: ayer, con mis más de tres décadas a cuestas, saltaba eufórico a su lado, cuando ella atraviesa ya la mitad de la prepa.

Percepciones y opiniones las habrá por montones. Yo lo disfruté como enano cantando, bailando, gritando y saltando en medio de la zona de entrada general del Foro Sol. Gozando de cada segundo. En especial, del Borderline y el You Must Love Me que hasta hace poco nunca imaginé escuchar en directo, y del Like a Prayer y el Ray of Light que me hicieron sentir literalmente en la caída más pronunciada de una montaña rusa.

Cada centavo gastado y cada segundo de espera valieron la pena. Habrá quiénes crean que exagero. Que no es para tanto. Que pudo ser mejor. Que ha tenido mejores giras. Y quizá sea cierto. Pero lo que sentí la noche de anoche, es mío... y lo demás me importa poco.


Interrogante. ¿Por qué la gente se obstina en vivir a través de un pequeño display? Parece que la vida "en directo" se convierte en una cuestión marginal, algo que es necesario atravesar para llegar a la vida que importa, la que queda registrada en la memoria del teléfono móvil o cualquier otro dispositivo capaz de almacenar unos minutos de video. Parece que dejamos de vivir con todos los sentidos las experiencias... todo con tal de dejar registro de que "estuvimos ahí". Nos aferramos a la necesidad de conservar para siempre cada instante. Ignoramos el placer que hay detrás de la naturaleza efímera de una experiencia. Y en ese afán por conservarlo todo, dejamos de disfrutarlo mientras sucede. O al menos esa es la impresión que me queda.

3 comentarios:

Luna Quisan dijo...

Cierto!! tienes toda la razón, ahora entiendo por que nunca grabo bien los festivales de Any, es tanta la emoción de verla en vivo, que le roba intensidad el lente de la camara... mejor guardo esos recuerdos para mi.

Que padre que disfrutaste de ese día... envidia de la buena. Un abrazo!!

Laura Boylan dijo...

no hay envidia de la "buena", es envidia solamente , es más ENVIDIA con mayúsculas jejeje ese día mi esposo y yo nos veímaos y nos decíamos el uno al otro "oye, ha de haber estado rebueno el concierto de la Madonna verdad?" jejeje
muchos saludos!!!!

James dijo...

Yo también fui!!! Jajaja