sábado, 2 de abril de 2011

Volver al Circo

When I grow up, I will run away and join the circus.

Una peculiar curiosidad aderezada de entusiasmo se adueñó de mí hace unas semanas cuando, sobre una de las principales avenidas de esta ciudad, vi que se anunciaba el inicio de una “corta temporada” del Circo Atayde. Al instante consideré que debería darme oportunidad de ir. Compartí mi propósito con algunos pero debieron pensar que no hablaba en serio. Terminé desistiendo de divulgar mis intenciones, que pese a ellos permanecieron intactas en mi interior.

Hace poco más de una semana ese deseo de aceleró de repente cuando al pasar por el terreno donde el mítico circo se había instalado vi la lona que sentenciaba: “Lunes, última función”. ¡Diablos! ¡Y justo es fin de semana estaba lleno de compromisos en la agenda! Me resigné y me prometí que la próxima vez no lo pensaría tanto.

El domingo pasado, sin embargo, después de un gran fin de semana, cuando ya mis compromisos estaban cubiertos, pasé por la avenida en cuestión y vi en el otro lado de la calle a la gente que ya hacía fila para entrar a la última función del día —y una de las últimas en la visita de los Atayde en la ciudad—. ¿Y si lo intentaba? La función era a las 7:30 de la tarde y en ese momento eran… ¡las 7:30 de la tarde! Tardé en dar vuelta sobre el bulevar y, justo cuando ingresaba al terreno que funcionaba como estacionamiento, caí en cuenta de que solo llevaba 150 pesos en efectivo. ¿Cuánto costaría la entrada? ¿Aceptarían tarjetas de crédito?

Me estacioné y mientras la fila de gente ingresaba a la carpa por una pequeña división en los tráilers que hacen las veces de fachada, me dirigí hacia la ventanilla de la taquilla. Mientras caminaba, sentía que me hacía más joven. Vi el cartel que anunciaba los precios: 400, 300, 200 y 100 pesos. “¿Acepta tarjeta?”, pregunté a la mujer tras la rejilla. Nada, solo efectivo. “Me da entonces uno de 100 pesos, por favor”. A cambio de mi dinero recibí un pequeño boleto de cartón, de esos que solían usarse también en el cine hace años y que aún se utilizan en los juegos de algunas ferias.

Fui de los últimos en ingresar a la carpa. El cartoncito me daba acceso a la sección de luneta general. Subí una pequeña escalera y… ¡ya estaba ahí! ¡La pista, los pequeños palcos a su alrededor, los trapecios en lo alto, la cortina al fondo anticipando la entrada de los artistas! A esas alturas yo ya tendría unas 7 u 8 años. Y, aunque la carpa me parecía enorme, la pista estaba a solo unos metros, la visibilidad era perfecta. Agradecí que los cien pesos hubieran valido lo mismo que cuatro veces eso. Pasó un chico ofreciendo golosinas y gasté el poco dinero que me quedaba en unas palomitas y una botella de agua. (Creo que esa botella evidenciaba que aunque me sentía de siete años tenía en realidad cinco veces esa cantidad.)

Mi entusiasmo no tenía límites. Ansiaba el inicio de la función. Solo una cosa lamentaba: la poca cantidad de espectadores que me acompañaban. Acaso la cuarta parte de las butacas estaban ocupadas. Y, sin embargo, la gente que estaba se veía igual de emocionada que yo. Sobre todo, por supuesto, los niños. Pero había también parejas y algunos grupos de jóvenes que habían caído en la tentación de pasar el ocaso del domingo contemplando las gracias y piruetas de los cirqueros. ¿Acaso somos solo unos cuantos nostálgicos los que nos aferramos todavía a una tradición que se aferra a la vida después de haber sido testigo de dos cambios de siglo?

Mientras divagaba en estas ideas, se apagaron las luces y la música anunció el inicio de una presentación que resultó mágica, inesperadamente inolvidable.

Difícil, si no imposible, transmitir con palabras lo que viví. Las risas acompañando a un músico payaso que fue nuestro guía durante la noche; las miradas expectantes ante las hazañas de malabaristas y acróbatas que con un ritmo imparable iban llenando la carpa con sus aros, sus bolos, sus trapecios, sus trampolines, sus piruetas, sus contorsiones; los rostros incrédulos que siguieron paso a paso la rutina de los mentalistas, intentando descifrar su truco en algún momento; la fascinación ante caballos y elefantes realizando suertes y bailes con inmejorable precisión… Al final, el inevitable desfile de todos los artistas hasta llenar el círculo en torno al cual los espectadores volcamos nuestras risas y aplausos —y, al menos en mi caso, alguna lágrima—.

Salí con una sonrisa que tardó varios días en disolverse. Mientras me alejaba del lugar, recuperaba mis años, pero conservaba intocable el espíritu de ese pequeño de 7 u 8 años que fui durante dos horas gracias a los 100 pesos mejor invertido en mucho tiempo.

El martes por la tarde recorrí la avenida donde se había instalado la carpa. Cuando vi el terreno baldío nuevamente vacío resultó inevitable un profundo suspiro.

jueves, 24 de marzo de 2011

Neo-Positivismo

Reflexiones en torno al fanatismo del pensamiento positivo

Hace tiempo que siento la urgente necesidad de escribir sobre esto. Asumo el riesgo de condenar a mi alma a arder en el fuego eterno del infierno de esas caritas felices amarillas y redondas. Acepto también —aunque esto sí con cierto dolor— la posibilidad de que personas por quienes siento auténtico aprecio y afecto pudieran encontrar en mis palabras una ofensa o consideraran que asumo una posición cerrada. Sobre esto último, mi única advertencia: intento aquí compartir mis reflexiones a partir de experiencias concretas, sin embargo, como cualquier pensamiento crítico, lo que aquí digo está abierto a reformularse a partir del diálogo generoso de quien quisiera contribuir a ello. Dicho lo cual, paso al asunto.

¿Cómo empezar? Quizá señalando que nunca me he considerado un positivista. (Quiero decir, por supuesto, que nunca he sido un partidario de la doctrina impulsada por Comte, et. al..) Sin embargo el término positivismo nunca me molestó. Hasta hace un par de años, cuando empecé a toparme con una extraña distorsión del lenguaje cuyo origen no termino de entender. Sucedió cuando una persona, ante las quejas y reclamos de un grupo de colaboradores, volteó y exclamó entre sonriendo y regañando: “¿Dónde está su positivismo, caray?” Tardé en reaccionar y comprender que el individuo en cuestión intentaba apelar al optimismo de mis quejumbrosos compañeros, ignorando por completo que la palabra que había elegido hace referencia a una forma de racionalidad específica y bastante más compleja que el simple llamado a pensar en positivo. Pronto descubrí que tal sujeto no era el único que usaba el término “positivismo” para referirse a la conveniencia de tener una actitud optimismo ante las cosas. Jugando con las palabras, es de ese neo-positivismo del que pretendo escribir aquí.

Por respeto a los filósofos de la ciencia dejaré a un lado el nombre de esa escuela filosófica que, si bien me parece cuestionable, me merece todo el respeto intelectual del que soy capaz. Tampoco quiero usar la palabra optimista que, si bien se acerca a lo que aquí denuncio, tampoco me parece corresponda con precisión a ello. Menos todavía me atrevería a usar el término que a mucho les gusta y que dolorosamente han querido poner en boga: metafísica. Y la escribo con minúscula pues ni por accidente y menos en broma me atrevería a sugerir siquiera cierto parentesco entre ese movimiento ecléctico de la llamada Nueva Era con la rama de la Filosofía a la que el buen Aristóteles dedicara invaluables volúmenes en su tiempo.

¿Cómo referirse entonces a ese fanatismo de las actitudes y los pensamientos positivos? Parece que ni siquiera un nombre merece. Y es que quienes lo defienden lo consideran tan “obvio”, tan “natural”, que ni siquiera se cuestionan que eso tendría que recibir una denominación. Y sin embargo a sus detractores nos parece indispensable bautizarlo, pues resulta un primer paso necesario para combatirlo. A falta de una palabra capaz de encerrar lo que intento describir, me referiré a ello con la expresión fanatismo del pensamiento positivo. Un fanatismo cuyo dogma central se resume en un mandamiento: piensa positivo y todo será como deseas.

Parece sencillo e incluso es posible que a la mayoría nos suene razonable, si no es que obvio. Pero es un mandamiento con implicaciones peligrosas. No tengo aquí el espacio ni gozo del tiempo y la claridad discursiva para desmontar en una entrada de blog todos los peligros que encuentro en este fanatismo, pero sí me propongo aquí tres cosas: primero, señalar algunos peligros concretos del fanatismo del pensamiento positivo; segundo, por si lo anterior fuera insuficiente, puntualizar algunos peligros generales de los fanatismos en sentido amplio, y; tercero, sugerir un par de lecturas que pueden ayudar a por lo menos poner en duda algunos de los dogmas derivados de la creencia central del fanatismo que me ocupa.

i.

Me cuesta trabajo explicar en pocas palabras mis argumentos en contra de la exaltación del pensamiento positivo. Esta dificultad se subraya en buena medida ante las dificultades que he enfrentado en largas charlas con diversas personas al intentar abordar el tema. Con el tiempo he aprendido a resignarme y guardarme lo que pienso, pues no me quedan muchas ganas o ánimos para enfrascarme en ciertas discusiones. Intentaré sin embargo aprovechar que me he animado a escribir estas líneas para esbozar mis principales inquietudes al respecto.

Experimento por una parte la sensación de que el optimismo desbordado tiende a convertirse en una especie de droga que termina alejándonos de la experiencia humana que, sin duda, abarca el dolor y la melancolía como dos de sus notas constitutivas. No digo que la vida deba ser un valle de lágrimas, pero sí creo que éstas son parte de lo que nos hace humanos y negarse a ellas es cerrarse a una dimensión de nuestra naturaleza. Consideremos por ejemplo en qué forma una humanidad que apostara por privarse de toda señal de tristeza o melancolía, terminaría negándose la posibilidad de experimentar muchas de las más grandes manifestaciones de belleza producidas por el ser humano.

Por otro lado, me inquieta descubrir que la vida de las caritas amarillas sonrientes resulta sospechosamente aséptica, a un grado tal que parece por momentos que esos rostros son solamente máscaras de quienes, obligados a reconocer que la vida es bella y todo es maravilloso, terminan viviendo una vida falsa, una mentira que ellos mismos se creen y en la que no terminan de asumir su completa humanidad.

Habrá quien responda ante esto que semejante actitud ante la vida es absolutamente válida. En una perspectiva individual —egoísta, me atrevo a decir— puede serlo, o al menos hasta cierto punto. Y es lo que queda después de ese límite lo que me parece lamentable. La creencia absoluta en el pensamiento positivo conduce con facilidad a negarnos la existencia del sufrimiento del otro. Nos vuelve insensibles ante el dolor de los demás y tranquiliza nuestra conciencia con una creencia que me parecería ingenua si no me resultara terriblemente macabra: el que sufre es responsable de su sufrimiento.

Para la religión del pensamiento positivo, el pobre es pobre porque no se esfuerza lo suficiente en pensar que podría ser rico y tener todo cuanto deseara; los enfermos de cáncer deben sentirse culpables si no consiguen curarse, pues no han generado suficientes dosis de pensamiento positivo para vencer a su enfermedad; quienes han padecido una catástrofe natural deberían reflexionar sobre las acciones negativas que han producido su tragedia, pues si hubieran sonreído lo suficiente sus casas bien habrían superado el desastre; y qué decir de las víctimas de la guerra o la violencia en general, seguro sus mentes están llenas de pensamientos negativos que atraen irremediablemente el odio de los demás. ¿Acaso ninguna de estas personas ha escuchado hablar de las leyes de la atracción y la sincronicidad? Si lo tomaran más en serio, seguro su vida sería otra.

¡Un momento! ¿De verdad no alcanzamos a ver la trampa en estas explicaciones? Antes de solicitar mi ex-comunión a Deepak Chopra o a "Su Santidad" Paulo Coelho, permítanme un par de reflexiones. Reconozco que pensar positivamente tiene consecuencias positivas en nuestras vidas. Admito que una actitud orientada a lo que consideremos nuestra felicidad, facilitará el camino para acceder a ella. Pero, ¿es esto suficiente para argumentar que nuestra mente construye la realidad a nuestro antojo? No puedo -ni pretendo- negar que nuestras acciones colaboran a hacer de nuestra realidad lo que es. El problema de la exaltación de ese falso "positivismo" es que, al asumirse como principio dogmático, termina generando las mismas consecuencias que cualquier otra convicción religiosa llevada al reduccionismo del todo o nada, entre ellas: la culpa.

Y así, debajo de muchas de esos rostros redondos amarillos sonrientes, se encuentran profundos vacíos existenciales, lamentables culpabilidades o —duele hasta escribirlo— una absoluta desconexión con el papel que cada uno juega ante las posibilidades que tiene el otro de ser feliz. Sí, porque si es tarea de cada uno pensar bonito para alcanzar lo que desea, resulta fácil perder la conexión con el papel fundamental de nuestras acciones y perder de vista la dimensión comunitaria de la naturaleza humana.

¿De veras creemos que si todos quienes vivimos sobre la faz de la Tierra deseamos con suficiente fuerza tener una pantalla HD de 40 pulgadas y un automóvil último modelo, podremos conseguirlo? Ni siquiera trabajando firmemente por ello sería posible conseguirlo. A estas alturas debería ser claro que no afirmo lo anterior por ser un pesimista cargado de pensamientos negativos, sino porque basta un poco de racionalidad y sensibilidad para reconocer que material y humanamente tal cosa resulta imposible. Sin embargo, creer que sí se puede es una maravillosa forma de mantener operando el sistema.

No pretendo alargar mucho más este apartado. Solo quisiera subrayar mi inquietud con el impacto que este sistema de creencias en torno al pensamiento positivo y las buenas vibras tiene en el ámbito de la salud. Es innegable que una dosis de optimismo será en general más sana que una carga de derrotismo. Sin embargo, creo que bastante sufre un enfermo las manifestaciones físicas de su padecimiento como para agregar la terrible carga moral de ser culpable de sus males. Hace siglos uno enfermaba por pecar contra Dios; hoy enfermamos por violar el mandamiento único que sentencia: pensarás en buenas vibras sobre todas las cosas.

ii.

Supongamos que los argumentos precedentes resultan insuficientes. Asumamos por un momento que cuanto he dicho le resulta al lector simplemente insostenible y que cuenta con suficientes razones para convencerme de lo contrario. ¿Sería tal convencimiento suficiente para asumir una posición dogmática? El problema con el dogmatismo es que al asumir cierta verdad como única e incuestionable, conduce casi irremediablemente al fanatismo. (Ojo partidarios del pensamiento positivo, escribí “casi”.)

Las actitudes fanáticas son aquellas que no se permiten dudar de lo que afirman y asumen que están destinadas a imponer su verdad a costa de lo que sea, descalificando de entrada cualquier idea que sea contraria —y en ocasiones incluso simplemente distinta— a la que se enarbola como bandera. Con el fanático el diálogo nunca es auténtico, pues el intercambio de ideas termina siendo siempre una búsqueda de imposición de esa verdad que el radical se siente llamado a tatuar en los demás.

El fanatismo resulta reprochable porque termina traicionando hasta a la mejor intencionada de las ideas. De ahí que al convertirse en fanatismos, ciertas doctrinas se definan en los hechos a partir de una terrible contradicción en sus términos. Cuando el fanático fracasa en su intento evangelizador (ya sea tanto en nombre de una divinidad, como en nombre de un axioma económico o una afirmación científica), termina simplemente anulando la argumentación del otro —el diferente, el raro— y opta por descalificarlo como interlocutor, cuando no incluso como persona.

Así, toda la legitimidad —que la tiene— de la filosofía del pensamiento positivo, termina desvaneciéndose cuando se excluye —y se señala— al pesimista o al melancólico, acusándoles y condenándoles sin más a ese infierno en que habrá de pagar su actitud negativa con todos los males imaginables —esos males que se habrá ganado a pulso por no pensar en positivo—.

iii.

Ignoro qué tan lúcido he sido en los apartados previos. Desearía que las palabras respondieran con justicia a lo que intenta transmitir mi pensamiento, pero asumo la posibilidad de haber sido confuso o haber hecho suposiciones que no pasen los filtros de quienes, razonable y perseverantemente, han llegado hasta aquí con la convicción de que me equivoco o simplemente no encuentran lógica o ilación en mis palabras.

Para ellos, no me queda sino dar crédito y proponer dos lecturas que me han ayudado a dar cierta estructura a mi argumentación en contra del fanatismo de las caritas amarillas y sonrientes. Se trata de dos textos con los que me sentí plenamente identificado en algún momento. Esos libros que uno lee y dice con sorpresa: “¡Esto es lo que quería decir!” Como es natural, con ambos libros tengo también diferencias, pero sus tesis centrales me parecen sólidas y atendibles para abordar el tema.

El primero se titula Contra la Felicidad. En defensa de la melancolía, de Eric C. Wilson y editado en México por Taurus. El segundo es de Barbara Ehrenreich y se llama Bright-Sided. How the relentless promotion of positive thinking has undermined America (la edición es de Metropolitan Books y, hasta donde sé, no existe una traducción al castellano). No me detengo a reseñarlos pues los títulos me parecen suficientemente provocadores.

· · ·

Quizá la pasión con que he terminado plasmando mis argumentos me lleve al borde de la actitud del fanático. Ofrezco disculpas si ese ha sido el caso y dejo abierta de par en par la puerta de mi razón para discutir el tema siempre que mi interlocutor esté dispuesto a reformular su propio razonamiento. A cambio, no puedo sino ofrecer lo mismo. Es a partir del diálogo sensato, prudente, respetuoso, que puede evolucionar nuestro pensamiento. Igual y a nadie interesa meterse en semejante embrollo. Y se vale. Ojalá incluso en ese caso estemos —desde nuestras propias trincheras y en el diálogo permanente que entablamos con nosotros mismos— dispuestos a someter nuestras certezas a la duda y así fortalecer algunas convicciones, transformar algunas creencias y permitirnos acercarnos a los otros otorgando justo reconocimiento a sus verdades.

PD. Releo mi texto y pienso en una voz que inconscientemente está sin duda presente en mis argumentos: Susan Sontag y dos textos que, sin referirse a este culto del optimismo que he venido denunciando, aportan luces a los temas que más me cuesta ilustrar: la carga moral que asociamos con la enfermedad y el reconocimiento del dolor del otro como dimensión fundamental de nuestra humanidad. Me refiero a La enfermedad y sus metáforas y Ante el dolor de los demás. Después de escribir lo que he escrito, me siento obligado a volver a leer ambas obras que por ahí están arrinconadas en el librero.

lunes, 17 de enero de 2011

Amaya

En septiembre del año pasado declaré que bajaba la cortina de este changarro. Pese a ello, desde entonces a la fecha he vuelto en un puñado de ocasiones por motivos especiales. Hoy es una más de esas ocasiones. Y lo hago con sentimientos muy revueltos.

Llegué al fascinante mundo de la blogósfera en diciembre de 2007, mientras vivía mi exilio temporal en Barcelona. Poco sabía yo de estas libretas virtuales que sirven tanto para alimentar el ego como para impulsar la más poderosa de las causas sociales. Mi primer experimento fue un espacio en LiveJournal a partir del nacimiento de mi primer sobrino. El ejercicio fue efímero pero poco después arranqué con Ernesto en Barcelona y de ahí derivaron un par de experimentos más (Tras Alicia y De-Formación Docente, los cuales tengo tristemente abandonados desde hace casi un año).

Mientras buscaba la identidad de mi espacio, en enero de 2008, empecé a dar con algunos blogs que me ayudaban a establecer mis primeros diálogos auténticamente digitales. Algunos pronto me atraparon. Uno en particular me cautivó. Googooleando un conocido discurso de Denise Dresser, el buscador me arrojó a la entrada de un blog donde una chica destacaba algunas ideas clave del discurso que yo estaba buscando. El sitio en cuestión era El mundo según Amaya. En los días siguientes fui devorando sus locuras y sus reflexiones, identificando muchas coincidencias y una que otra disonancia provocadora. Me encantó la forma en que esta mujer podía hablar de cuestiones sociales o asuntos internacionales de primeras planas para después pasar a los temas más cotidianos y triviales en apariencia.

Con el tiempo, toparme con ese blog haría que mi vida en cierto modo fuese otra. Descubrir el mundo de Amaya fue una de esas pequeñas cosas que terminan por transformar lo impensable. A partir de Amaya mi red de interacción con otros blogueros (y tiempo después tuiteros) comenzó a extenderse hasta alcanzar a personas bellísimas que hoy son fundamentales en mi vida.

Quienes son o fueron blogueros en algún momento de su vida, comprenderán de qué hablo cuando afirmo que a través de esos rincones virtuales uno llega a establecer lazos inimaginables. Llega un día en que de tanto leer a ciertas personas, descubres que les conoces más que a muchas personas con las que interactúas cotidianamente. Así me sucedió con Amaya en su blog y después cuando se animó a incursionar en Twitter.

Por eso cuando empezó a relatar su ires y venires a partir de una inexplicable parálisis facial y el posterior anuncio del cáncer echándole pleito, sentí como muchos otros que podía acompañarla en esos días difíciles, ofrecerle algún hombro hecho de bits o simplemente dejarle saber lo obvio: que no estaba sola. Con la misma intensidad que uno intenta aún hoy acompañarla en los días grises, uno se emociona y encuentra fuerzas en las constantes manifestaciones de entereza y pasión por la vida que Amaya demuestra día con día. Por eso —como muchos sin duda— me emocioné cuando nos contó la forma en que superaba esa primera etapa del cáncer y más todavía cuando anunció su embarazo o cuando el pequeño Aleks Jr. vio la luz por primera vez. Y, de nuevo con la misma profundidad, sentí removerse el alma cuando poco después, el cáncer decidió que quería una revancha. Una revancha que con toda la racionalidad y el corazón del mundo hoy Amaya enfrenta... sabiendo, claro, que no está sola.

Hoy leo con entusiasmo la forma en que blogueros y tuiteros empiezan a organizarse para ayudar a Amaya en una auténtica cruzada. Y pienso muchas cosas. Amaya no merece menos que un poderoso activismo en esas redes en las que nos ha dado tanto. Gente bellísima ya se moviliza para juntar recursos que ayuden a nuestra querida Amaya a vencer en forma definitiva. Y así será.

Los que andan en Twitter, pueden seguir a @PorAmaya para encontrar alguna forma de ayudarle. Si por alguna razón no está a su alcance alguna de esas posibilidades, les invito al menos a leer su blog y, si les nace después de ello, difundir este ejercicio de solidaridad con una mujer que merece eso y mucho más.

PD. Sé que me he extendido, pero quiero permitirme una postdata. Leyendo algunos de los tantos posts de Amaya y estando yo en mis días de crisis ante el mundo que tenemos, volví al texto de Denise Dresser que alguna vez nos hizo coincidir. Amaya cita como su frase favorita de ese discurso una que yo también elijo como la mejor de ese poderoso discurso: "Yo creo en la obligación ciudadana de vivir en la indignación permanente". A partir de esa frase quise hace un par de años iniciar un espacio donde pudiéramos movilizar ideas todos los indignados que queremos hacer de este un mundo mejor. Mi intención, derrotada por mi desidia, nunca prosperó. Sin embargo, mi indignación no ha muerto. Y quizá en este año que me he propuesto tanto conmigo mismo, debería recuperar la idea. No. No quizá. Lo haré.

viernes, 31 de diciembre de 2010

No estamos solos

Me resulta particularmente difícil referirme al año que termina. Siento que decir tal o cual podría interpretarse de modos muy diversos, algunos adjudicando a las palabras sentidos completamente contrarios a los que acompañan mis intenciones al pensarlas. Y pese a ello, quiero romper el miedo y atreverme a hacer una evaluación de esta atribulada vuelta alrededor del Sol.

Desde el inicio 2010 prometía ser un año de ajustes. Las cosas se veían complicadas desde el primer minuto. Y en ese sentido, 2010 cumplió. Y después de un sinfín de giros —pocos de ellos documentados esta vez en público, pero casi todos registrados en privado para no olvidarse—, en estos últimos minutos del año me atrevo a decir que en 2010 volví a nacer.

Vale, suena drástico. Demasiado drástico. Uno vuelve a nacer a cada minuto, con cada nueva experiencia. Pero hay pequeños acontecimientos que parecen producir marcas distintas. Y 2010 tuvo varios de esos. En estos últimos momentos del año puedo decir que los últimos 12 meses materializaron una explosiva combinación de ingredientes que habían venido cultivándose en los últimos tres años. Y así, el año que se esfuma atestiguó la explosión y puso las condiciones para reconfigurar los fragmentos.

En eso ando. Recogiendo piezas. Encontrando algunas que estaban abandonadas. Esculpiendo otras que simplemente no existían y resultaban cada día más necesarias.

2010 ha sido doloroso. Pero ha sido también un año lleno de pautas para sonreír. Ha sido un año de rupturas, muchas de las cuales aún hoy no consigo relatar, mucho menos analizar. Pero ha sido también un año para desde la soledad recordar que uno no está solo.

Quisiera enumerar cada mirada que me hizo este año confirmar esto último, que no estoy solo. Y me niego a hacerlo por temor a que los nervios, la presión de las manecillas me conduzcan a dejar fuera a alguien. Pero estoy seguro de que si estás leyendo esta línea, si has llegado hasta aquí, eres una de esas sonrisas. No hay forma de contener en unas cuentas palabras mi agradecimiento por ello. Y a pesar de eso, lo intento. Y te digo gracias por ser parte de mi biografía. Gracias por 2010. Espero que 2011 nos dé la oportunidad de seguir compartiendo el camino, cada quien desde su trinchera, pero seguros siempre de que no estamos solos.

Quisiera seguir escribiendo. Prometo empezar 2011 haciéndolo. Hay mucha historia detrás que aún queda por contar, pero seguro habrá mucho más historia por delante. Ambas espero seguirlas compartiendo por aquí o por algún otro lado. Porque no estamos solos.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Rendez-Vous

Hace 6 meses mi amigo JuanPa inició un proyecto de colaboración en torno a la música.
Desde el primer momento, tuve el deseo de sumarme a la propuesta. Un sinfín de asuntos hicieron que los postergara una y otra vez. A ratos empezaba a hacer listas en el iTunes con la intención de convertirlas en mixtapes para La Bitácora Pop. Y así pasaron seis meses.
Finalmente, conseguí hacerme de un espacio para integrar Rendez-Vous. La primera, y espero no la última, de mis colaboraciones con JuanPa en esta aventura. Transcribo aquí el texto que escribí para presentar el mixtape.

En mi cerebro, música es una de las palabras con mayor cantidad de representaciones mentales. Algunas resultan especialmente poderosas. Entre éstas, la idea de encuentro. A lo largo de mi vida, la música ha jugado un papel fundamental en la construcción y el registro de todo tipo de encuentros. Alegres, dolorosos, emocionantes, inquietantes, divertidos, misteriosos, apasionados, sutiles, repentinos, memorables… En Rendez-Vous he intentado sintetizar algunos de ellos. Y he querido hacerlo usando un único instrumento: el piano.

Más allá de este criterio, no hay otra lógica en la selección. Aparecen obras de compositores de diferentes géneros, corrientes, épocas: Chopin, Gershwin, Bernstein, Piazzolla, Morricone, Glass… interpretadas por músicos de igual variedad: Rubén González, Bebo y Chucho Valdés, Leszek Mozdzer, Emanuel Ax, Pablo Ziegler, Bill Evans, Andre Previn…. Un trío de compositores repiten en algún momento; uno de ellos —Tiersen— quizá demasiadas veces, hecho que responde simplemente al valor que personalmente hallo en sus notas como acompañamiento de mis múltiples encuentros.

Para ordenar las melodías que integran esta compilación, quise imaginar un día plagado de encuentros. 24 horas comprimidas en 80 minutos de música. Propongo el track list dividiendo la selección en los diferentes momentos de esa jornada: Amanecer, Mañana, Mediodía, Tarde, Atardecer, Noche, Medianoche, Madrugada... (y un bonus track).


(Quizá por ahí los oídos más aguzados notarán que se cuelan un par de sonidos que “manchan” el criterio de “sólo piano”, cuestión que noté tardíamente y que espero disculpen.)