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lunes, 9 de enero de 2017

Una obra de arte sin desperdicio


"Un día sin escribir o anotar algo se me antoja un día desperdiciado o criminalmente abortado: un deber incumplido, una vocación traicionada."
Esto escribía Zygmunt Bauman el 3 de septiembre de 2010, en un libro que no es un diario pero casi (Esto no es un diario, Paidós, 2012). Ha muerto Bauman y para fortuna nuestra durante muchos años honró esa vocación y, lejos de desperdiciar sus días, nos deja un vasto legado de reflexiones y cuestionamientos que bien valdría la pena revisemos en el marco de los agitados y complejos días que atravesamos.

Mi primer acercamiento a Bauman fue hace una década por invitación de un maestro a leer Vidas Desperdiciadas (Paidós, 2005). Vivía yo en Barcelona y en el peculiar momento que atravesaba, mis intereses e inquietudes personales se vieron sacudidos por los planteamientos y digresiones de Bauman, así como sus apelaciones a diversos autores en aquellas páginas.

Poco después leí una obra que terminaría de acomodar muchas piezas en mi interior, un texto que desde entonces ha sido un referente clave en mi interpretación no solo de un momento concreto de la historia del siglo XX, sino en mi lectura del presente y mi visión sobre la necesidad de transformar las estructuras sociales y de pensamiento de cara al futuro: Modernidad y Holocausto (1989, en castellano editado por Sequitur, 1997).

Apurándome un poco y corriendo el riesgo de dejar cabos sueltos, la propuesta de Bauman en esta obra es dejar de ver el Holocausto como una herida en la historia de la humanidad y enfrentarlo como una “prueba rara, aunque significativa y fiable, de las posibilidades ocultas de la sociedad moderna”. Es decir, un producto de la historia de la modernidad, sugiriendo que la “civilización moderna no fue condición suficiente del Holocausto, pero sí fue, con seguridad, condición necesaria”. Pero no solo eso: advierte además que esa condición permanece en nuestros días, por lo que no estaríamos exentos de una tragedia semejante, lo cual obliga a explorar el fenómeno y buscar alternativas para desmontarlo. El asunto da para mucho.

Las exploraciones de Bauman en esas páginas me ayudaron a poner en palabras algunas interrogantes personales que a la fecha me siguen inquietando, a la vez que alimentan y orientan (¿desorientan?) muchas de mis acciones en el ámbito educativo.

Una de las ideas clave en el pensamiento de Bauman es la noción de modernidad líquida:
"Si la vida premoderna era una escenificación cotidiana de la infinita duración de todo excepto de la vida mortal, la líquida vida moderna es una escenificación cotidiana de la transitoriedad universal. Nada en el mundo está destinado a perdurar, y menos aún a durar para siempre. Con escasas excepciones, los objetos útiles e indispensables de hoy en día son los residuos del mañana."
A lo largo de varios años he leído y escuchado diversas referencias inexactas al pensamiento de Bauman. Hoy mismo he leído varias notas que avisaban su muerte describiéndolo como el "padre de la modernidad líquida". Quizá sea por el uso de ese adjetivo muchos piensan que Bauman promovía o aplaudía esa liquidez, cuando sucedía justo lo contrario. Ilustro esto con un ejemplo aterrador que viví apenas hace un mes. Durante la inauguración de un Congreso Internacional sobre Innovación Educativa, el rector del Tecnológico de Monterrey, David Noel Ramírez, celebraba la modernidad líquida y afirmaba: "No queremos instituciones sólidas. Queremos instituciones y relaciones líquidas".

Bauman denunciaba justo los peligros de una sociedad líquida. Quizá el ámbito de las relaciones personales sea justo uno de los que permiten ver esto con más nitidez. Al respecto, resulta clave su obra Amor Líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos (Fondo de Cultura Económica, 2005).

La vulnerabilidad de nuestras relaciones como seres humanos, el simulacro de vínculos reducidos a likes y seguidores en redes sociales, ponen en riesgo el sentido de comunidad. Como advierte Bauman en Vidas Desperdiciadas:
"Y allí donde no hay pensamiento a largo plazo ni expectativa de que volvamos a vernos, es difícil que se dé un sentimiento de destino compartido, una sensación de hermandad, un deseo de adhesión, de estar hombro con hombro o de marchar acompasados. La solidaridad tiene pocas posibilidades de brotar y echar raíces."
De ahí que en sus últimos años, testigo de las luces y sombras que tantos señalan sobre la explosión en el uso de las redes sociales para fines tanto personales como sociales, Bauman advirtiera del silencioso enemigo que se escabulle en el anonimato que esas plataformas suelen fomentar. En Esto no es un diario apunta:
"El verdadero adversario del anonimato propiciado por internet no es el principio de la libertad de expresión sino el principio de responsabilidad: el anonimato propiciado por internet es, ante todo y desde el punto de vista social, una licencia oficialmente aprobada para la irresponsabilidad y una lección pública en su práctica —tanto online como offline (fuera del mundo virtual)—, una gigantesca y venenosa mosca antisocial a la que se le permite saquear un enorme barril de ungüento anunciado y presuntamente dedicado a fomentar la causa de la socialidad y la socialización..."
En el mismo libro, Bauman arroja una advertencia especialmente dolorosa por su crudeza si pensamos en lo que hoy vivimos en muchos lugares (y pienso en primer término, por supuesto, en México, mi país):
"La tendencia a olvidar y la vertiginosa velocidad del olvido son, para desventura nuestra, marcas aparentemente indelebles de la cultura moderna líquida. Por culpa de esa adversidad, tendemos a ir dando tumbos, tropezando con una explosión de ira popular tras otra, reaccionando nerviosa y mecánicamente a cada una por separado, según se presentan, en vez de intentar afrontar en serio las cuestiones que revelan."
Si me sigo metiendo en el terreno de las citas, con Bauman nunca terminaría. Ahí está su inmenso legado para leer algo y ver qué nos provoca, qué nos mueve.  ser Algo he leído de Bauman. Algunos dicen que bastante pero es apenas un poco de lo mucho que tengo en la lista de lecturas pendientes. Hay quienes señalan que escribió mucho pero que suele repetirse a sí mismo. Quizá, yo solo sé que para mí siempre es provocador.

Remato con algo que escribió Bauman en uno de los libros más orientados a la dimensión personal que le he leído (El arte de la vida, Paidós, 2009):
"Nuestra vida, tanto si lo sabemos como si no, y tanto si nos gusta esta noticia como si la lamentamos, es una obra de arte. Para vivir nuestra vida como lo requiere el arte de vivir, como los artistas de cualquier arte, debemos plantearnos retos que sean (al menos en el momento de establecerlos) difíciles de conseguir a bocajarro, debemos escoger objetivos que estén (al menos en el momento de su elección) mucho más allá de nuestro alcance y unos niveles de excelencia que parezcan estar tozuda e insultantemente muy por encima de nuestra capacidad (al menos de la que ya poseemos) en todo lo que hacemos o podemos hacer. Tenemos que intentar lo imposible."
Hoy lamento la partida de Zygmunt Bauman como si me despidiera de un querido maestro. Celebro su vida que supo vivir como obra de arte, sin desperdiciar un momento, sin traicionar la vocación de pensar, de compartir su pensamiento.

sábado, 14 de noviembre de 2015

Lectura inspiradora y urgente

Crear hoy la escuela de mañana: la educación y el futuro de nuestros hijosCrear hoy la escuela de mañana: la educación y el futuro de nuestros hijos by Richard Gerver

My rating: 4 of 5 stars


Absolutamente inspirador. Lo de siempre: el libro te elige, escoge el mejor momento. Hace varios meses que compré este volumen y desde entonces intenté empezar a leerlo. Sin embargo, cansado de lecturas ligadas a mi trabajo, opte por la ficción que felizmente me ha dado grandes momentos en este año. Y ahora, en lo más profundo de una de mis más severas crisis pedagógicas, lo retomé para felizmente encontrar un libro de gran sencillez que bien puedo asumir casi como credo. Cansado de encontrar sentido al trabajo que se hace hoy en las escuelas, no encontré aquí respuestas, pero sí recordatorios importantes y detonadores poderosos.

Ubicado en el contexto británico de hace 5 años (que seguramente no ha cambiado en lo sustantivo), el texto ofrece pautas muy útiles para sacudirnos la inercia y cuestionar qué diantres vamos a hacer con nuestros sistemas educativos. Me duele profundamente reconocer que en esto México vive un profundo retraso. Vamos décadas atrás y además seguimos queriendo imitar modelos que claramente no están funcionando en sociedades más "desarrolladas". Naturalmente, como se advierte en el libro, hay mucho de política haciendo eso posible. Y justamente por eso es necesario pensar medidas más radicales. No estoy aún claro de cómo sería eso en mi contexto inmediato, pero en esas ando.

No se resuelve mi crisis con este libro, pero recupero elementos para enfrentarla y asumir algunas acciones. Lo más urgente por ahora es compartir esta lectura con mi equipo. Ojalá hubiera forma también de compartirlo con todos los padres de la escuela donde trabajo. Buscaré el modo de hacerlo, aunque sea por fragmentos. Necesitamos un destino compartido si vamos a andar más tiempo esta aventura juntos.



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martes, 8 de septiembre de 2015

Interpretar para transformar

"Como ciudadanos de una sociedad libre, tenemos el deber de mirar críticamente a nuestro mundo. Si pensamos que algo está mal, debemos actuar en congruencia con ese conocimiento. Como sentencia la famosa frase, hasta ahora los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo de diversas formas; de lo que se trata es de transformarlo."

Tony Judt


Hace unos meses leí Algo va mal, libro de Tony Judt de donde tomo esta cita. El texto plantea una serie de cuestiones sobre el modelo económico dominante en nuestros días y la forma en que ese modelo y sus estructuras lejos de resolver muchos de los problemas de injusticia, desigualdad y seguridad, ha venido simplemente a reforzarlos o extenderlos. 

Ayer por casualidad me topé con el libro y algunas de mis notas y marcas en los márgenes. Cuando llegué a este texto me pareció oportuno compartirlo con mi equipo de profesores previo al arranque del curso. La invitación de Judt me parece más que pertinente para un colegiado que pretende hacer del pensamiento filosófico algo más que solo un cúmulo de reflexiones. 

Por supuesto que me pareció también oportuno compartirlo con quien todavía se da sus vueltas por aquí.

viernes, 17 de febrero de 2012

Arrojando mi piedra


Me arriesgo una vez más, compartiendo algunas divagaciones producto del debate librado conmigo mismo en las últimas horas. Y digo que me arriesgo porque siempre he sido muy crítico con esa costumbre tan arraigada entre nosotros de opinar acerca de todo. 

Esta vez el tema me parecía simplemente ineludible, quizá por estar ligado a una cuestión que ha sido parte de mi entorno de manera casi permanente desde hace varios años. Me refiero al dichoso tema del plagio, tan sonado en estos días a raíz del escándalo AlatristeMi interés por explorar un poco algunas ideas al respecto, surge de un par de declaraciones leídas en horas recientes: la primera, una frase de la carta de renuncia de propio Sealtiel; la segunda, una declaración que —en defensa de su amigo editor— publicó Guadalupe Loaeza en Twitter.


Afirma Alatriste en su comunicado:
No voy a negar que la falta que se me atribuye sea cierta. Niego sin embargo que éstos, mis artículos, sean producto de un plagio, lo sustancial de ellos parte de ideas y recuerdos propios, con un estilo personal que se puede rastrear en toda mi obra, y si en los casos señalados refieren algo ya escrito, investigado o conocido, no constituyen la médula de mi argumentación, y el propio sistema universal del derecho de autor lo admite como una conducta lícita, apuntando que la falta se limita a no haber entrecomillado o citado la fuente, sobre todo si ésta se realiza fuera del campo educativo o de la investigación científica.

Los destacados en negritas son míos y a ellos me remito. Si esa ausencia de entrecomillado o cita no conduce al plagio, ¿cómo deberíamos llamar a tal conducta? ¿Qué criterio habría de servir como referente para otorgar a esa omisión el nombre de plagio? Líneas más adelante Alatriste agrega que no medró nunca con esos párrafos. Admitiendo que la Real Academia define el plagio como el acto de presentar una obra ajena como propia, ¿presentar fragmentos hace que la falta desaparezca? ¿Existe un término para esa suerte de infracción "menor"?

Hace 12 años empecé mi labor como profesor, misma que desde entonces he ejercido ininterrumpidamente impartiendo clases en diferentes niveles, desde secundaria hasta posgrado. En todos los casos, he advertido a mis alumnos sobre las graves consecuencias que derivan de lo que en las normas académicas de algunas instituciones llamábamos "fraude académico" y que coloquialmente nombrábamos plagio. ¿Era incorrecta la expresión? El tristemente famoso "copiar-pegar", ¿debe o no calificarse como plagio?

Mientras leía la carta del hasta hace unos días responsable de Difusión Cultural en la UNAM, imaginaba a mis estudiantes en el futuro defendiendo sus "copy-paste", sus "citas" sin referencia, parafraseando —en ese caso sí, con todo el crédito necesario— al galardonado escritor exigiendo: "no anule mi trabajo, profesor, mi falta se limita a no haber entrecomillado o citado la fuente".

Mi confusión aumentó horas después de leer la carta de Alatriste, cuando en mi línea del tiempo en Twitter aparecieron un par de trinos de la opinadora Guadalupe Loaeza. (Quizá sea irrelevante, pero diré en mi defensa que esos tuits aparecieron en mi TL a través de los RT de algunos amigos; yo jamás seguiría a esa señora en medio alguno, ni por morbo, vamos.) En el primero de los citados tuits, la articulista declaraba: "Estoy con Sealtiel Alatriste y desde Valle de Bravo le mando con mucho cariño un abrazo". Tal muestra de solidaridad se entiende, por supuesto, si recordamos que la propia Loaeza fue víctima también de Guillermo Sheridan hace unos años —aunque muchos no se enteraron y otros pronto lo olvidaron, permitiendo que a la fecha se mantenga a flote como pseudointelectual, de esas que comentando todo como si fueran expertos en la materia—.

El otro tuit iba más lejos, sentenciando: "El que no haya plagiado en su vida que tire la primera piedra, estoy con Sealtiel". ¿Perdón? A ver, primer asunto, ¿en qué quedamos? Lo que hizo su amigo, ¿es o no es plagio? El propio Alatriste alega que no, pero su amiga lo define así y bajo ese concepto incluso lo defiende. Fue esa provocación de la Loaeza lo que me trajo a escribir estas líneas: yo estoy libre y me siento con la legitimidad para arrojar mi piedra, pequeña quizá, inofensiva seguramente, pero piedra al fin. No identifico en mi biografía alfa que pudiera considerarse plagio, ni siquiera de niño, cuando era tan socorrido el copiar-pegar artesanal (ese copiar a mano o con máquina de escribir los textos de monografías o artículos de enciclopedia).

Confieso que hace unos años, enterarme de la tendencia al plagio de Loaeza, no me sorprendió. Pero con Alatriste mi reacción fue distinta. Admito mi ignorancia y lejanía frente a la grilla intelectual a la que Jairo Calixto hace referencia en un sensato artículo publicado en Milenio, pero lo cierto es que más allá de cualquier simpatía, Alatriste ocupa un lugar notorio en la historia reciente de nuestra industria editorial, no solo como escritor sino como impulsor y directivo de diferentes empresas del ramo. Un fraude de esta naturaleza en una opinadora como Loaeza, me parece sin duda lamentable, pero una falta semejante en quien ha dirigido organizaciones editoriales del más alto nivel, resulta infame y detestable.

Creí que había dicho todo, pero uno de los usuarios que sigo en Twitter tuvo a bien retuitear un comentario de Jorge Castañeda que afirmaba que "a todos nos puede pasar" lo de Sealtiel. ¡Qué tal! ¡Ahora cometer plagio es algo que "nos pasa"! Nos pasan accidentes, nos pasa aquello que no involucra nuestra voluntad. Pero hacer que un texto de otros pase por propio, es algo que se hace con libertad, implica una decisión consciente o, en todo caso, una omisión ignorante (imperdonable, por cierto, para un editor serio). El plagio le pasa al que es víctima del mismo: me plagian si me reproducen sin citar, eso sí no puedo evitarlo; pero afirmar que a quien plagia eso "le pasa", es un sinsentido indefendible. 

Pienso en muchas consecuencias que derivan de un affair como este. Me detengo en una que siempre me ha inquietado: ¿cómo sobrevive el valor de la confianza a estos incidentes? La confianza ha ido perdiendo valor notablemente en nuestras comunidades, hemos aprendido a desconfiar, a dudar de todo y de todos. Nos regimos por la sospecha. Como docente, los casos de plagio académico siempre me han producido un enorme malestar, sobre todo porque me molesta descubrirme dudando de todo texto que esté razonablemente bien escrito. Basta encontrar un ensayo con dos párrafos sin mácula para ir a Google para descartar que sea producto de un "copiar-pegar". Cuando eso sucede, empiezo por lamentar el tiempo que invierto buscando la trampa, pero me aflige aún más darme cuenta que parto del principio del engaño. Triste asunto, por donde se mire.

lunes, 23 de enero de 2012

Esos mundos donde no estamos solos

Mientras nos hablan por enésima ocasión de la inminente desaparición del libro de papel…, mientras productores y consumidores de letras migran a la “nube” en aras de conseguir la mayor disponibilidad de bibliografía en línea para ser descargada y leída en un sinfín de dispositivos…, mientras autores, casas editoriales y lectores trazan los nuevos rumbos de la industria y del viejo soporte para llevar hasta los más antiguos vestigios tangibles al terreno donde los únicos caracteres con sentido son 1 y 0…, mientras todo esto sucede, existimos algunos cuantos que anhelamos ir en la dirección contraria: transferir nuestros arrebatos lingüísticos del mundo digital a la condición mortal de lo palpable. Sí, mientras hordas de escritores, editores y lectores transfieren textos de lo material al mundo intangible de lo digital, algunos buscamos la ruta para el viaje opuesto y deseamos poner nuestros ingenuos juegos de letras en diálogo con la tinta y el papel.

Entre esos locos que viajan en sentido contrario está Amaya Marichal. Las primeras entradas en su blog, El Mundo según Amaya, están fechadas en agosto de 2004. Desde entonces, ha publicado ahí un sinnúmero de textos. Como buena apasionada de la palabra que ha crecido de la mano de los libros, Amaya anhelaba desde hace tiempo publicar un libro, siendo que de alguna manera llevaba ya mucho tiempo escribiéndolo y compartiendo con un creciente número de lectores. Pero, claro, convencido de compartir con Amaya un vínculo especial con ese objeto que hace más de cinco siglos hiciera posible el invento de Gutenberg, entiendo que esa gran obra no fuera considerada por su creadora como equivalente a un verdadero libro.

En estos días en que Amaya atraviesa uno de los momentos más dolorosos de su enfermedad, su amiga Miriam se apuntó para acompañarla en la aventura de llevar al papel ese mundo que a lo largo de más de 7 años se ha gestado en un blog.

Esta madrugada, gracias a los buenos oficios de la querida Liz, tuve en mis manos por primera vez El Mundo según Amaya. Como acostumbramos muchos nostálgicos con esos objetos, lo primero que hice fue sentirlo, palparlo, pasar sus hojas entre mis dedos. Abrí una página al azar y mis ojos se toparon con un texto que no tardó en arrancarme la primera de lo que sin duda serán muchas lágrimas. No fue una lágrima de dolor ni de tristeza. No. Fue acaso melancolía. Fue también alegría ante la certeza de que, como dice el título de ese texto en la página 140, “todos estamos conectados”.

Por la tarde me di un tiempo y fui a la versión en línea del mundo de Amaya, seguro de que en aquel octubre de 2008 en que el texto había sido publicado, más de uno habríamos escrito ahí alguna reacción. No me equivocaba: ahí estaban los comentarios de varios de los que en aquel año habíamos comenzado a formar una peculiar red que hoy sigue vigente, pese a las distancias y los abandonos de la mayoría de nuestros blogs. No me sorprendió encontrar que lo que pensé esta mañana ya estaba registrado ahí, hace más de tres años.

Hace unas semanas, a finales de 2011, Amaya expresaba en su cuenta de Twitter y en su blog algo acerca del sentido de necesitar un abrazo. En estos días, estoy seguro, Amaya está recibiendo muchos abrazos. Los recibe de quienes están cerca, pero también a través de comentarios en las redes sociales en las que tanto ha participado. Cada palabra que recibe es un abrazo que dice “no estás sola”.

Y a partir de este punto me permito hablarte a ti, Amaya. Porque mis palabras en particular quieren ser un abrazo que dice “gracias por lo que tu existencia ha dado al mundo”. Y cuando digo al mundo pienso en el mío, pero pienso también en los mundos que de alguna manera se ligan a mi pequeño entorno. Mundos de gente que jamás te ha visto y a través de terceros ha llegado a conocerte y seguirte incluso con mayor ahínco que yo mismo. Porque han encontrado en ti una manera de dar sentido a la existencia.

Es curioso, escribo como si yo sí te conociera en persona. Como si yo hubiese ya tenido la fortuna de escuchar tu voz o haberte dado uno de esos abrazos con los brazos verdaderos. Y no. Sin embargo, son ya cuatro años de conocerte. Cuatro años que de alguna manera nos hemos seguido la pista.  Hace un mes, en ocasión de mi cumpleaños, usaste aquella frase que nos permitió conocernos, aquella de “la obligación ciudadana de vivir en la indignación permanente”. Y de ahí pa’l real. Aquí estamos.

Leyendo el último capítulo de tu libro me doy cuenta que empecé a leerte en los mismos días en que recién aparecía aquella infame parálisis facial. Hacer un recuento de los hechos que han colmado tus días desde entonces no aporta mucho en este momento, seguro lo repasas con cierta frecuencia. Pero entre todo ello, hay un hecho que sin duda brilla con singular luz y se impone como el hecho que otorga nuevos significados a todo: la llegada de ese ‘goldito’ que tantos hemos aprendido a querer con un par de imágenes y unas cuantas palabras.

No pretendo, insisto, caer aquí en una crónica de acontecimientos, pero sí me gustaría que se leyera como un humilde relato de afectos. Afectos que se extienden en redes difícilmente imaginadas por cualquiera de los que hoy forman parte de ellas. Digo redes, pero quizá es una sola. Una red de amor en la que, como escribiste ese 22 de octubre de 2008, todos estamos conectados. Nos sabemos cerca. Nos sabemos juntos. Nos sabemos todo, menos solos.

*

Post Scriptum. Quizá este mundo del que hablo no tenga relación aparente con algunos lectores (aunque en sentido estricto la conexión existe a través de mí, claro). Pero estoy cierto que aún sin conocer Amaya y sin tener el menor interés en quién sea o cómo sea su mundo, todos tienen un mundo parecido al cual le han pedido carta de ciudadanía. Todos, estoy seguro, pertenecemos a alguna República ajena a la propia y hemos construido a través de nuestros afectos un mundo que nosotros sabemos propio y que compartimos con unos cuantos, pocos o muchos. Si mi tesis es correcta, comprenderán y disculparán que una vez más haya usado este medio para compartir algunas ideas a propósito del mundo según Amaya.

martes, 13 de diciembre de 2011

Metiendo mi cuchara

Quisiera decir "a mis lectores" pero, ¿quedará alguno después de tanto no escribir aquí?

Visité la Feria Internacional del Libro de Guadalajara el 27 de noviembre. Era mi primera vez en el celebérrimo encuentro. Naturalmente, me dominó el asombro. Asombro ante el tamaño, sí, pero más ante la multitud. Herta Muller y Vargas Llosa estaban por ahí ese día. Si le sumamos que era domingo, queda más que claro el motivo de todos los estacionamientos abarrotados en la zona, los pasillos del recinto de exposiciones llenos... ¡incluso gente comprando libros!

Vale, lo digo con un poco de sarcasmo pero es que en verdad me asombró ver tantas personas. "¿Toda esta gente lee?", me pregunté al instante.

Me repetí la pregunta varias veces durante la semana. La formulé en voz alta cada que tuve oportunidad, funcionando como un buen pretexto para diálogos con interlocutores que alcanzan cierto mínimo de neuronas en activo. La respuesta definitiva a mi inquietud llegó contundente al domingo siguiente cuando me topé en Twitter con la reacción desatada por el tropiezo de Peña Nieto: "No, no toda esa gente lee. Ni siquiera la que presenta libros que supuestamente escribió."

Como suele suceder, con cada respuesta llegan nuevas preguntas. Y más cuando uno lee ciertas expresiones en el debate que el asunto provocó en Twitter o Facebook: desde las críticas feroces hasta las envalentonadas defensas, tanto de quienes argumentaban que no se requiere ser intelectual para gobernar (¿ser intelectuar es sinómimo de lector?) como de aquellos quienes señalaban a los críticos de hipócritas por ser peores lectores que el objeto de sus burlas (¿entonces no puedo juzgar a alguien de mal compositor si nunca he escrito una sinfonía?, ¿no puedo descalificar a un político si no ejerzo tal vocación?).

Reduccionismos, al fin. De esos que nos encantan. (Esos que incluso quizá se cuelen en estas reflexiones.)

De todo el vaivén que he leído, pongo en la mesa dos reflexiones. Una centrada en el affaire político. Otra, estrictamente literaria.

Va la primera, la trivial. Quienes hasta antes del incidente del priísta en la FIL habíamos escuchado alguna vez una entrevista suya en vivo, sin guión, no resultaba novedad reconocer el cantinflesco estilo del aspirante a presidente. Claro, el incidente de la FIL fue más allá del mero decir nada en muchas palabras, al incorporar en su contenido absolutas estupideces que hacían doblemente evidente que el señor pronunciaba palabras sin emitir ideas. El tropiezo, naturalmente, ha puesto nuevos reflectores sobre el ex-gobernador mexiquense, quien apenas nos dio una semana para bajarle a la euforia de la librería Peña Nieto cuando ya nos ha dado el material de esta semana con aquello de que admite no ser la señora de la casa (signifique lo signifique semejante burrada).

La participación de Peña Nieto en la FIL trajo como sana consecuencia para nuestra sociedad, una provocación para estar más atentos al discurso. Claro, una invitación que no llega a todos los mexicanos y que acaso será aprovechada por ciertas élites, a menos que nos comprometamos todos con mostrar al resto la gravedad del asunto. Pero el incidente trajo a mi parecer una segunda consecuencia, que ligo con mi segunda inquietud. En mi opinión, la ligereza del político al reconocer de alguna manera que ningún libro lo ha marcado, deja claro que para ser poderoso no hace falta leer. Vale, eso podría ser respetable... de no ser porque con ese cinismo se refuerza la resistencia de millones de mexicanos a una tradición que si bien no es la panacea, sí podría ayudar a una sociedad como la nuestra a superarse a sí misma.

Nadie le pidió a Peña Nieto que citara tres joyas de la literatura. El periodista se la puso fácil al acotar la pregunta: libros que hayan marcado su vida personal o política. Si el aspirante no quería apostar por citar un puñado de lugares comunes de la historia de la Literatura (como bien han sugerido algunos), existía la salida de citar algún clásico de la política, la filosofía, la sociología, la economía... o a algún pensador de estas disciplinas vigente en nuestros días. El que esta posibilidad no haya cruzado la mente del futuro candidato me parece alarmante. Nadie le pide que sea un intelectual, pero si el sujeto ostenta un título universitario y aspira a conducir el destino de una nación, no deberían sonarle títulos como El Príncipe de Maquiavelo o la República de Platón. ¿Habrá oído hablar de Hobbes, de Rosseau, de Voltaire. (¿Recuerdan cómo se vendieron ejemplares de Galeano cuando se supo que Obama estaba leyendo Las venas abiertas de América Latina?

Regreso al centro de mi inquietud: la ligereza con que terminó su participación en el evento y la futilidad con que lo defienden algunos alegando que los criticones somos poco menos que fariseos acusando a otros de nuestros pecados, solo termina por denostar el acto de leer... una costumbre de por sí vapuleada en nuestros días.

Termina de surgir así mi otra interrogante. ¿Por qué nos hemos aferrado en convertir a la lectura en una especie de imperativo moral? Espero no se me lea como un incongruente. Mi crítica a Peña Nieto no es una crítica al respetable acto de no-leer, el cual, siempre que sea libre, será legítimo. Hace más de una década que di mi primer clase de Lengua en el nivel de Secundaria, década que he dedicado a promover la lectura partiendo de un principio fundamental: nadie está obligado a leer nada. Lo digo convencido. Nada me enferma más (al menos en este terreno), que esa manía de insistir en que existen “lecturas obligadas”. ¿No leer a tal o cual clásico es malo? ¿Soy mejor persona si leo a sutano que si me privo de ese placer?

Nuestra férrea tradición de moralizar con todo, ha hecho que defendamos el acto de leer como si se tratara de un décimo primer mandamiento. ¿Y qué hay del derecho a no leer, magistralmente defendido por Juan Domingo Argüelles hace tiempo? No pretendo agotar aquí este tema que, a diferencia del primero, sí me entusiasma. Así que dejo aquí solo la primera piedra para dialogar conmigo mismo al respecto. (Por supuesto que son bienveidos otros interlocutores. Nomás es cosa de anotar un comentario o mandar algún tipo de mensaje.)

En una siguiente entrada quisiera compartir algo de lo que justamente en maestro Argüelles me ayudó a comprender hace unos años leyendo ¿Qué leen los que no leen? (Paidós, 2003). Justamente en la FIL compré Del libro, con el libro, por el libro... pero más allá del libro (mismo autor, Ediciones El Ermitaño, 2008), junto con otros ensayos construidos en torno al asunto de la lectura que espero estar comentando pronto.

sábado, 30 de abril de 2011

Hasta siempre, tocayo

Dicen que la primera página de un libro es pieza clave para que el lector decida el tipo de relación con lo que vendrá después. Sabato debía tenerlo tan claro que no se arriesgaba a que el lector acabara la primera página: bastaba el primer párrafo, a veces la primera frase, para saber que el texto que uno tenía entre manos valdría la pena.
«Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona.»
Así inicia el relato de El túnel, novela que mostró al mundo la genialidad de su pluma cuando el siglo XX casi completaba su primera mitad. No puedo ser objetivo al referirme a esta obra: quienes mejor me conocen saben bien que es mi novela de cabecera y que de cuando en cuando vuelvo a ella para recordarme el significado de vivir atravesando mi propio túnel.

Es de sobra conocido el reconocimiento público de Albert Camus a esa primer novela de Sabato. No es gratuito que el autor de El extranjero y La peste reconociera de inmediato el angustioso existencialismo contenido en el relato del argentino. En la novela y en el ensayo, Sabato supo explorar la condición humana como pocos: con claridad, profundidad, contundencia y belleza.
«Las primeras investigaciones revelaron que el antiguo Mirador que servía de dormitorio a Alejandra fue cerrado con llave desde dentro por la propia Alejandra. Luego (aunque, lógicamente, no se puede precisar el lapso transcurrido) mató a su padre de cuatro balazos con una pistola calibre 32. Finalmente, echó nafta y prendió fuego.»
Así inicia Sobre héroes y tumbas, una novela que en muchos aspectos no podría ser más distinta a El túnel y, sin embargo, refleja las mismas inquietudes universales ligadas a la existencia del hombre.

El pesimismo que algunos descubren en su narrativa, suele compensarse con el optimismo de muchos de sus ensayos. Como evidencia de ello, baste citar el bellísimo párrafo que abre La resistencia, publicado en 2000:
«Hay días en que me levanto con una esperanza demencial, momentos en los que siento que las posibilidades de una vida más humana están al alcance de nuestras manos. Éste es uno de esos días.»
Líneas más adelante escribe una de las frases más sencillas y poderosas que he leído jamás:
«Nos pido ese coraje que nos sitúa en la verdadera dimensión del hombre.»
Suelo usar esas primeras páginas de La resistencia en mis clases, igual con chicos de secundaria o bachillerato como con estudiantes de maestría. El llamado de esas palabras me resulta siempre tan urgente.

El 19 de septiembre de 2008 publiqué en mi primer blog un texto titulado "Valentía y Resistencia". Hoy lo releo y trato de buscarle nuevo sentido en medio del dolor que sigue —en muchos modos con más fuerza— aquejando a mi País. [Y mientras recupero la urgencia de esa capacidad para resistir y crear encuentro la nota que entonces dejó Jake en mi entrada, relatando el envidiable mensaje mecanografiado que recibió de Sabato ante la declaración de "amor intelectual" que ella le había enviado previamente.]

Otro ejemplo de la urgencia de ese llamado contenido en La resistencia: el 24 de junio de 2009, cuando Sabato cumplía 98 años, tomé un fragmento de su ensayo como núcleo de mi mensaje de graduación a la generación que terminaba la preparatoria en el colegio donde trabajaba entonces.
«Cada hora del hombre es un lugar vivo de nuestra existencia que ocurre una sola vez, irremplazable para siempre. Aquí reside la tensión de la vida, su grandeza, la posibilidad de que la inasible fugacidad del tiempo se colme de instantes absolutos...»
En una de esas horas de esta madrugada murió Sabato a los 99 años. Hacía unos cuantos que esa muerte se volvía cada vez más impostergable y él lo sabía. Se reconocía decepcionado del mundo que le rodeaba y en su hogar, en Santos Lugares, se dedicaba a pintar. Santos Lugares. No se me ocurre mejor nombre de un lugar para morir. Poco debe sorprender una muerte a los 99 años. Y aún así, la muerte aunque no sorprenda siempre duele.

Tocayo, se te echará de menos.

jueves, 24 de marzo de 2011

Neo-Positivismo

Reflexiones en torno al fanatismo del pensamiento positivo

Hace tiempo que siento la urgente necesidad de escribir sobre esto. Asumo el riesgo de condenar a mi alma a arder en el fuego eterno del infierno de esas caritas felices amarillas y redondas. Acepto también —aunque esto sí con cierto dolor— la posibilidad de que personas por quienes siento auténtico aprecio y afecto pudieran encontrar en mis palabras una ofensa o consideraran que asumo una posición cerrada. Sobre esto último, mi única advertencia: intento aquí compartir mis reflexiones a partir de experiencias concretas, sin embargo, como cualquier pensamiento crítico, lo que aquí digo está abierto a reformularse a partir del diálogo generoso de quien quisiera contribuir a ello. Dicho lo cual, paso al asunto.

¿Cómo empezar? Quizá señalando que nunca me he considerado un positivista. (Quiero decir, por supuesto, que nunca he sido un partidario de la doctrina impulsada por Comte, et. al..) Sin embargo el término positivismo nunca me molestó. Hasta hace un par de años, cuando empecé a toparme con una extraña distorsión del lenguaje cuyo origen no termino de entender. Sucedió cuando una persona, ante las quejas y reclamos de un grupo de colaboradores, volteó y exclamó entre sonriendo y regañando: “¿Dónde está su positivismo, caray?” Tardé en reaccionar y comprender que el individuo en cuestión intentaba apelar al optimismo de mis quejumbrosos compañeros, ignorando por completo que la palabra que había elegido hace referencia a una forma de racionalidad específica y bastante más compleja que el simple llamado a pensar en positivo. Pronto descubrí que tal sujeto no era el único que usaba el término “positivismo” para referirse a la conveniencia de tener una actitud optimismo ante las cosas. Jugando con las palabras, es de ese neo-positivismo del que pretendo escribir aquí.

Por respeto a los filósofos de la ciencia dejaré a un lado el nombre de esa escuela filosófica que, si bien me parece cuestionable, me merece todo el respeto intelectual del que soy capaz. Tampoco quiero usar la palabra optimista que, si bien se acerca a lo que aquí denuncio, tampoco me parece corresponda con precisión a ello. Menos todavía me atrevería a usar el término que a mucho les gusta y que dolorosamente han querido poner en boga: metafísica. Y la escribo con minúscula pues ni por accidente y menos en broma me atrevería a sugerir siquiera cierto parentesco entre ese movimiento ecléctico de la llamada Nueva Era con la rama de la Filosofía a la que el buen Aristóteles dedicara invaluables volúmenes en su tiempo.

¿Cómo referirse entonces a ese fanatismo de las actitudes y los pensamientos positivos? Parece que ni siquiera un nombre merece. Y es que quienes lo defienden lo consideran tan “obvio”, tan “natural”, que ni siquiera se cuestionan que eso tendría que recibir una denominación. Y sin embargo a sus detractores nos parece indispensable bautizarlo, pues resulta un primer paso necesario para combatirlo. A falta de una palabra capaz de encerrar lo que intento describir, me referiré a ello con la expresión fanatismo del pensamiento positivo. Un fanatismo cuyo dogma central se resume en un mandamiento: piensa positivo y todo será como deseas.

Parece sencillo e incluso es posible que a la mayoría nos suene razonable, si no es que obvio. Pero es un mandamiento con implicaciones peligrosas. No tengo aquí el espacio ni gozo del tiempo y la claridad discursiva para desmontar en una entrada de blog todos los peligros que encuentro en este fanatismo, pero sí me propongo aquí tres cosas: primero, señalar algunos peligros concretos del fanatismo del pensamiento positivo; segundo, por si lo anterior fuera insuficiente, puntualizar algunos peligros generales de los fanatismos en sentido amplio, y; tercero, sugerir un par de lecturas que pueden ayudar a por lo menos poner en duda algunos de los dogmas derivados de la creencia central del fanatismo que me ocupa.

i.

Me cuesta trabajo explicar en pocas palabras mis argumentos en contra de la exaltación del pensamiento positivo. Esta dificultad se subraya en buena medida ante las dificultades que he enfrentado en largas charlas con diversas personas al intentar abordar el tema. Con el tiempo he aprendido a resignarme y guardarme lo que pienso, pues no me quedan muchas ganas o ánimos para enfrascarme en ciertas discusiones. Intentaré sin embargo aprovechar que me he animado a escribir estas líneas para esbozar mis principales inquietudes al respecto.

Experimento por una parte la sensación de que el optimismo desbordado tiende a convertirse en una especie de droga que termina alejándonos de la experiencia humana que, sin duda, abarca el dolor y la melancolía como dos de sus notas constitutivas. No digo que la vida deba ser un valle de lágrimas, pero sí creo que éstas son parte de lo que nos hace humanos y negarse a ellas es cerrarse a una dimensión de nuestra naturaleza. Consideremos por ejemplo en qué forma una humanidad que apostara por privarse de toda señal de tristeza o melancolía, terminaría negándose la posibilidad de experimentar muchas de las más grandes manifestaciones de belleza producidas por el ser humano.

Por otro lado, me inquieta descubrir que la vida de las caritas amarillas sonrientes resulta sospechosamente aséptica, a un grado tal que parece por momentos que esos rostros son solamente máscaras de quienes, obligados a reconocer que la vida es bella y todo es maravilloso, terminan viviendo una vida falsa, una mentira que ellos mismos se creen y en la que no terminan de asumir su completa humanidad.

Habrá quien responda ante esto que semejante actitud ante la vida es absolutamente válida. En una perspectiva individual —egoísta, me atrevo a decir— puede serlo, o al menos hasta cierto punto. Y es lo que queda después de ese límite lo que me parece lamentable. La creencia absoluta en el pensamiento positivo conduce con facilidad a negarnos la existencia del sufrimiento del otro. Nos vuelve insensibles ante el dolor de los demás y tranquiliza nuestra conciencia con una creencia que me parecería ingenua si no me resultara terriblemente macabra: el que sufre es responsable de su sufrimiento.

Para la religión del pensamiento positivo, el pobre es pobre porque no se esfuerza lo suficiente en pensar que podría ser rico y tener todo cuanto deseara; los enfermos de cáncer deben sentirse culpables si no consiguen curarse, pues no han generado suficientes dosis de pensamiento positivo para vencer a su enfermedad; quienes han padecido una catástrofe natural deberían reflexionar sobre las acciones negativas que han producido su tragedia, pues si hubieran sonreído lo suficiente sus casas bien habrían superado el desastre; y qué decir de las víctimas de la guerra o la violencia en general, seguro sus mentes están llenas de pensamientos negativos que atraen irremediablemente el odio de los demás. ¿Acaso ninguna de estas personas ha escuchado hablar de las leyes de la atracción y la sincronicidad? Si lo tomaran más en serio, seguro su vida sería otra.

¡Un momento! ¿De verdad no alcanzamos a ver la trampa en estas explicaciones? Antes de solicitar mi ex-comunión a Deepak Chopra o a "Su Santidad" Paulo Coelho, permítanme un par de reflexiones. Reconozco que pensar positivamente tiene consecuencias positivas en nuestras vidas. Admito que una actitud orientada a lo que consideremos nuestra felicidad, facilitará el camino para acceder a ella. Pero, ¿es esto suficiente para argumentar que nuestra mente construye la realidad a nuestro antojo? No puedo -ni pretendo- negar que nuestras acciones colaboran a hacer de nuestra realidad lo que es. El problema de la exaltación de ese falso "positivismo" es que, al asumirse como principio dogmático, termina generando las mismas consecuencias que cualquier otra convicción religiosa llevada al reduccionismo del todo o nada, entre ellas: la culpa.

Y así, debajo de muchas de esos rostros redondos amarillos sonrientes, se encuentran profundos vacíos existenciales, lamentables culpabilidades o —duele hasta escribirlo— una absoluta desconexión con el papel que cada uno juega ante las posibilidades que tiene el otro de ser feliz. Sí, porque si es tarea de cada uno pensar bonito para alcanzar lo que desea, resulta fácil perder la conexión con el papel fundamental de nuestras acciones y perder de vista la dimensión comunitaria de la naturaleza humana.

¿De veras creemos que si todos quienes vivimos sobre la faz de la Tierra deseamos con suficiente fuerza tener una pantalla HD de 40 pulgadas y un automóvil último modelo, podremos conseguirlo? Ni siquiera trabajando firmemente por ello sería posible conseguirlo. A estas alturas debería ser claro que no afirmo lo anterior por ser un pesimista cargado de pensamientos negativos, sino porque basta un poco de racionalidad y sensibilidad para reconocer que material y humanamente tal cosa resulta imposible. Sin embargo, creer que sí se puede es una maravillosa forma de mantener operando el sistema.

No pretendo alargar mucho más este apartado. Solo quisiera subrayar mi inquietud con el impacto que este sistema de creencias en torno al pensamiento positivo y las buenas vibras tiene en el ámbito de la salud. Es innegable que una dosis de optimismo será en general más sana que una carga de derrotismo. Sin embargo, creo que bastante sufre un enfermo las manifestaciones físicas de su padecimiento como para agregar la terrible carga moral de ser culpable de sus males. Hace siglos uno enfermaba por pecar contra Dios; hoy enfermamos por violar el mandamiento único que sentencia: pensarás en buenas vibras sobre todas las cosas.

ii.

Supongamos que los argumentos precedentes resultan insuficientes. Asumamos por un momento que cuanto he dicho le resulta al lector simplemente insostenible y que cuenta con suficientes razones para convencerme de lo contrario. ¿Sería tal convencimiento suficiente para asumir una posición dogmática? El problema con el dogmatismo es que al asumir cierta verdad como única e incuestionable, conduce casi irremediablemente al fanatismo. (Ojo partidarios del pensamiento positivo, escribí “casi”.)

Las actitudes fanáticas son aquellas que no se permiten dudar de lo que afirman y asumen que están destinadas a imponer su verdad a costa de lo que sea, descalificando de entrada cualquier idea que sea contraria —y en ocasiones incluso simplemente distinta— a la que se enarbola como bandera. Con el fanático el diálogo nunca es auténtico, pues el intercambio de ideas termina siendo siempre una búsqueda de imposición de esa verdad que el radical se siente llamado a tatuar en los demás.

El fanatismo resulta reprochable porque termina traicionando hasta a la mejor intencionada de las ideas. De ahí que al convertirse en fanatismos, ciertas doctrinas se definan en los hechos a partir de una terrible contradicción en sus términos. Cuando el fanático fracasa en su intento evangelizador (ya sea tanto en nombre de una divinidad, como en nombre de un axioma económico o una afirmación científica), termina simplemente anulando la argumentación del otro —el diferente, el raro— y opta por descalificarlo como interlocutor, cuando no incluso como persona.

Así, toda la legitimidad —que la tiene— de la filosofía del pensamiento positivo, termina desvaneciéndose cuando se excluye —y se señala— al pesimista o al melancólico, acusándoles y condenándoles sin más a ese infierno en que habrá de pagar su actitud negativa con todos los males imaginables —esos males que se habrá ganado a pulso por no pensar en positivo—.

iii.

Ignoro qué tan lúcido he sido en los apartados previos. Desearía que las palabras respondieran con justicia a lo que intenta transmitir mi pensamiento, pero asumo la posibilidad de haber sido confuso o haber hecho suposiciones que no pasen los filtros de quienes, razonable y perseverantemente, han llegado hasta aquí con la convicción de que me equivoco o simplemente no encuentran lógica o ilación en mis palabras.

Para ellos, no me queda sino dar crédito y proponer dos lecturas que me han ayudado a dar cierta estructura a mi argumentación en contra del fanatismo de las caritas amarillas y sonrientes. Se trata de dos textos con los que me sentí plenamente identificado en algún momento. Esos libros que uno lee y dice con sorpresa: “¡Esto es lo que quería decir!” Como es natural, con ambos libros tengo también diferencias, pero sus tesis centrales me parecen sólidas y atendibles para abordar el tema.

El primero se titula Contra la Felicidad. En defensa de la melancolía, de Eric C. Wilson y editado en México por Taurus. El segundo es de Barbara Ehrenreich y se llama Bright-Sided. How the relentless promotion of positive thinking has undermined America (la edición es de Metropolitan Books y, hasta donde sé, no existe una traducción al castellano). No me detengo a reseñarlos pues los títulos me parecen suficientemente provocadores.

· · ·

Quizá la pasión con que he terminado plasmando mis argumentos me lleve al borde de la actitud del fanático. Ofrezco disculpas si ese ha sido el caso y dejo abierta de par en par la puerta de mi razón para discutir el tema siempre que mi interlocutor esté dispuesto a reformular su propio razonamiento. A cambio, no puedo sino ofrecer lo mismo. Es a partir del diálogo sensato, prudente, respetuoso, que puede evolucionar nuestro pensamiento. Igual y a nadie interesa meterse en semejante embrollo. Y se vale. Ojalá incluso en ese caso estemos —desde nuestras propias trincheras y en el diálogo permanente que entablamos con nosotros mismos— dispuestos a someter nuestras certezas a la duda y así fortalecer algunas convicciones, transformar algunas creencias y permitirnos acercarnos a los otros otorgando justo reconocimiento a sus verdades.

PD. Releo mi texto y pienso en una voz que inconscientemente está sin duda presente en mis argumentos: Susan Sontag y dos textos que, sin referirse a este culto del optimismo que he venido denunciando, aportan luces a los temas que más me cuesta ilustrar: la carga moral que asociamos con la enfermedad y el reconocimiento del dolor del otro como dimensión fundamental de nuestra humanidad. Me refiero a La enfermedad y sus metáforas y Ante el dolor de los demás. Después de escribir lo que he escrito, me siento obligado a volver a leer ambas obras que por ahí están arrinconadas en el librero.

domingo, 20 de junio de 2010

Porque sí...

—Porque sí —dijo el joven.
—¿Porque sí? Es una de las mejores razones del mundo. Deja un margen muy amplio a las decisiones.
"En algún lugar toca una banda", Ray Bradbury
Ray Bradbury es uno de los responsables de que la lectura por placer siga siendo parte de mi vida. Estudiaba yo la secundaria cuando sus Crónicas Marcianas me cautivaron. Como suele suceder con todo en mi vida, fueron necesarios varios años para que esa semilla germinara y me hiciera explorar con más dedicación los territorios de la literatura de ciencia ficción. Y como suele suceder con todo en mi vida, esas aproximaciones se convirtieron en coqueteos de temporada, con sus altas y sus bajas.

El primer semestre de 2010 fue un semestre flojo en mis hábitos de lectura, lo cual quizá también ha repercutido en mi desgaje de la realidad y en mi falta de serenidad de cara al mundo. De ahí que en los últimos días me he propuesto recuperar espacios para la lectura, esa lectura que se da nada más porque sí.

En mi más reciente escapada al DF me traje una dosis de esos libros que están en la quasi infinita lista de espera. Y esta semana arranqué con un volumen de Ray Bradbury titulado Ahora y siempre, que llevaba ya varios meses en la fila. Confieso que cuando me topé con esta "nueva obra" del escritor norteamericano, no sabía que aún estaba vivo y menos que sigue relativamente activo. Ahora y siempre contiene dos novelas breves (¿o son dos cuentos largos?) que en realidad constituyen elaboraciones a partir de materiales previos.

Leí esta semana la primer historia: "En algún lugar toca una banda...". Como sucede con los libros que solemos catalogar como buenos, la narración de Bradbury me sacudió inesperadamente. Quizá por colocarme una vez más frente a ese misterio y angustia que llegaban a provocarme algunas de las Crónicas... que le leí en la adolescencia; quizá porque entre sus páginas se escondían algunos fantasmas del pasado que, nomás dar vuelta la página, escaparon irremediablemente decididos a acosarme sin piedad; quizá porque sin sospecharlo me topé con más de una expresión que llevaba días atrapada en mi cabeza, incapaz de convertirse en palabras...

El hecho es que con Bradbury, como hace veinte años, recupero la necesidad de los libros y vuelvo a ese rincón donde, contra todo lo que parezca, realmente habito... entre trenes que nunca se detienen en donde uno los espera, rostros que no envejecen pese a la inclemencia del tiempo, desiertos abandonados encerrando misterios que algún día alguien conseguirá resolver.

viernes, 18 de junio de 2010

Saramago

«... decimos a los abúlicos, Querer es poder, como si las realidades atroces del mundo no se divirtiesen invirtiendo todos los días la posición relativa de los verbos...»
Haber leído unos cuantos de sus libros me basta para afirmar que la historia de la transición al siglo que corre difícilmente podría contarse sin hacer referencia a José Saramago. Lo he dicho en repetidas ocasiones: no soy ni pretendo ostentarme como un experto literario; sin embargo, tal mérito no es necesario para opinar sobre la obra de quien, como Saramago, supo devolverme el sentido del asombro ante las letras y, en cierto modo, las ganas de expresarme a través de ellas.

No estoy seguro del año, pero debió ser hace una década al menos cuando leí Ensayo sobre la ceguera. Como para muchos, fue mi primer contacto directo con el escritor portugués. El libro llegó a mis manos, como tantos, un poco por accidente. Fue cuestión de horas durante un fin de semana para devorarlo. No tardé en empezar a comprar uno que otro título para ponerlo en la interminable fila de mis lecturas pendientes. Sin embargo, y pese a la fascinación que me provocó la escritura de este hombre, tuvieron que pasar algunos años para que me animara con alguna otra de sus obras. Debió ser —estoy casi seguro— el entonces recién editado Ensayo sobre la lucidez. Los volúmenes de Saramago siguieron acumulándose en la repisa y apenas el año pasado me puse a mano con La Caverna y Las pequeñas memorias. (A raíz de este último escribí algo por aquí hace poco más de un año.) En algún librero en el DF me esperan piezas fundamentales como El Evangelio según Jesucristo o El hombre duplicado. Pero en particular quisiera acercarme por fin a Las intermitencias de la muerte, un libro que quise leer hace unos años, sin conseguir atreverme por diversas razones.

Si bien he sido un lector apasionado pero muy esporádico e inconsistente de la obra narrativa de Saramago, me convertí en seguidor asiduo de su blog desde que éste iniciaba y hasta que el mismo José declaró su cierre, conduciendo a la publicación de sus entradas en papel a través de la edición impresa del Cuaderno. Regresó el portugués al blog en un puñado de ocasiones, incluso todavía a inicios de este 2010, para hablar de Haití o del Juez Garzón. En estas apariciones, como en las entrevistas que solía dar a los medios de comunicación, Saramago siempre dejó ver la claridad de su pensamiento, consolidando su papel como actor indispensable de cualquier diálogo que pretendiera usarse para comprender a la humanidad en su arribo al tercer milenio de la era.

Hace exactamente un mes, la Fundación José Saramago tomó control del blog del premio Nobel y, bajo el título de Otros cuadernos de Saramago, publica fragmentos de sus obras. Una forma posmoderna —a ratos y en pedazos— pero no menos legítima, de acercarse y seguir leyendo al inmortal portugués.

Anoche publiqué en mi muro de Facebook una liga hacia la entrada Pensar, pensar, publicada en el referido blog cuando amanecía en Portugal. Publiqué ese vínculo porque la frase me parecía de una urgencia absoluta. Desperté esta mañana con la noticia del fallecimiento del gran José Saramago. Y sentí ese vacío que se suele sentir cuando uno sabe que un genio ya no está entre nosotros. Nos quedan sus palabras, que son muchas para fortuna nuestra.

Al pie. Decía al inicio que Saramago en cierto modo me devolvió también la pluma. Desde la primera vez que lo leí, me di cuenta lo necesario que era reinventar la escritura para uno mismo, al margen de los demás. Con cada acercamiento que he tenido a su obra, esta necesidad se ha reforzado y ha operado siempre como un catalizador para abrir la llave de la inspiración. Tal y como sucede en este momento.

jueves, 22 de abril de 2010

Dos detonantes

Sabía que podía suceder. Y me arriesgué. Dejé pasar los días y, ahora que vuelvo a mirar la promesa que me hacía a mí mismo hace una semana, no logro tener claro qué me proponía contar. Hago un esfuerzo. ¿Lecturas? Cierto. Dos en particular. ¿Sueños realizados? En efecto. También un par. Me concentro ahora mismo en las primeras. [Y anoto aquí en un papel algunas notas para volver luego con los segundos.]

Por un lado, las vacaciones fueron propicias para devorarme una investigación de Rosalía Winocur, maestra de la UAM, quien explora desde diferentes ángulos el papel que juegan los teléfonos móviles y el internet en nuestras vidas. Su aproximación no es desde la perspectiva tecnológica sino más bien existencial. A través del trabajo de campo con diferentes grupos a lo largo de los últimos años, se pregunta sobre el papel que estos artefactos juegan en nuestra construcción de relaciones y vínculos. El trabajo quizá no descubre ningún hilo negro. Pero arroja ideas que ayudan a detonar la reflexión y el análisis. Al menos a mí me permitió recuperar, aunque fuese por un instante, la urgente necesidad de retomar el proyecto de Tesis. [Esta urgencia se ha visto reforzada en días recientes ante nuevas divagaciones que me han provocado el Twitter y el Facebook. Ponerme en marcha con esto resulta ya impostergable. No quiero que se marchiten las ideas que vengo elaborando al respecto.]

La otra lectura que marcó las semanas previas fue una vez más una novela de Murakami. Esta vez el popular escritor japonés me enganchó de madrugada en el aeropuerto de la Ciudad de México, me acompañó en la travesía hasta la Gran Manzana —con prolongada escala en Dallas— y acabó conmigo a media noche en un Starbucks [como el que me acoge ahora mismo, pero en la esquina de Astor Place]. After dark comienza y acaba en las antípodas del recorrido que siguió mi lectura: arranca cercana la medianoche y concluye justo cuando la oscuridad empieza su retirada. Una vez más, Murakami consiguió colarse en la profundidad de mi vacío y se puso a jugar sin darme tregua. Terminando mi Mocha Blanco [igual que éste, al que acabo de dar un sorbo], di vuelta a la última página, como buscando la respuesta a una pregunta que no había sido capaz de formular.

Mientras amanecía para los protagonistas de la novela, en Manhattan se acercaba la media noche. Ahí estaba yo, sentado en la barra de un café, cerrando el libro, exprimiendo la última gota a mi bebida, contemplando en la inmensa vitrina de cristal la imagen de esa gran ciudad confundiéndose con el tenue reflejo de mi rostro. Quise adivinar en esa peculiar mirada mía alguna señal. Y creo que, pese a lo que pueda evidenciar el insomnio de las últimas dos semanas, en ese momento me quedé dormido y como Eri —la mujer que contemplamos desde las primeras páginas del relato de Murakami— no he vuelto a despertar.

domingo, 7 de febrero de 2010

Problemillas

Desde hace varias semanas tengo esta entrada pendiente. Algo había dicho ya sobre mi entusiasmo ante el Sherlock Holmes de Guy Ritchie, encarnado por Robert Downey Jr. Mucho he escuchado y leído sobre la lectura que esta versión cinematográfica hace del legendario detective imaginado por Sir Arthur Conan Doyle; más de uno se ha rasgado las vestiduras acusando al realizador por atreverse a degenerar a tan distinguido personaje o al actor por banalizarlo con su interpretación.

He escuchado y leído argumentos a favor y en contra emitidos tanto por neófitos como por supuestos avezados, comparando supuestamente al Holmes del celuloide contra el Holmes del papel. En el fondo, la mayoría de estos contrastes juzgan al protagonista de la nueva franquicia cinematográfica con el mito de Sherlock Holmes, ese que a través de décadas de representaciones caricaturescas —y, esas sí, banales— han hecho creer a cualquier que conoce a Sherlock Holmes sin haber leído una página de las crónicas relatadas por Conan Doyle en la voz del Dr. Watson —igualmente mitificado por la cultura de masas—. Así, más allá de las geniales secuencias de combate, más de uno se ha espantado ante las conductas de un Holmes al que esperaban un auténtico gentlemen.

No voy a mentir ni hacerme pasar por erudito: seguramente si esta película se hubiese exhibido hace dos años, mi sorpresa hubiese sido semejante. Pero hace dos años —sí, apenas dos años— tuve mi primer encuentro directo con el Holmes literario, leyendo Estudio en Escarlata, la primer novela protagonizada por el detective de Baker Street. Y de ahí pasé a otros divertidos misterios, todos ellos recomendables para quien busca una lectura ágil y entretenida. En el primero de las Aventuras de Sherlock Holmes, la descripción de Watson no deja lugar a interpretaciones erróneas:

«... mientras Holmes, cuya misantropía le alejaba de cualquier forma de sociabilidad, seguía en nuestras dependencias de Baker Street, enterrado entre sus viejos libros y oscilando, semana tras semana, entre la cocaína y la ambición, entre la somnolencia de la droga y la fiera energía de su ardiente naturaleza.»

A raíz de la película, he vuelto a las páginas de esa primera colección de relatos breves publicados a finales del siglo XIX, con ganas de recuperar lo que en esas primeras lecturas me cautivó del protagonista. Sin afán de compararme con las habilidades de Holmes —que sin duda están lejos de asemejarse a las mías—, tanto la película como mi reencuentro con las narraciones originales reiteran una faceta en la que me identifico claramente con el personaje. Me refiero a esa mezcla se orgullo aderezada por un insoportable desprecio hacia lo que le rodea. Un comentario del detective a su incondicional Watson, tras resolver uno de sus tantos misterios, ilustra esta idea con claridad:

«Mi vida se consume en un prolongado esfuerzo para escapar a las vulgaridades de la existencia. Y esos problemillas me ayudan a conseguirlo.»

Soy consciente de que digo una barbaridad y que puede ser interpretada como un exceso de soberbia. Pero confieso que hay días en que es lo único en que puedo pensar, hasta que un problemilla consigue entretenerme y me permite seguir adelante. Lástima que últimamente semejantes problemillas se me esconden.

lunes, 11 de enero de 2010

Recuentos 2009: Cancelación de último minuto

Así es. Decidí cancelar este año la ronda de recuentos musicales, literarios y cinematográficos. ¿La causa? Simplemente no consigo poner en orden mi cabeza. Un recuento exige hacer uso de la memoria. Y ésta me ha estado haciendo muy malas pasadas últimamente. Revisar el pasado exige también hacer valoraciones que en apariencia resultan inocentes. Pero sólo en apariencia. En el fondo, detrás de cada reflexión en busca de sentido —"cuando leí tal cosa recordé...", "al escuchar tal melodía me viene a la mente...", "ver tal escena despertó en mí..."— hay una potencial confrontación conmigo mismo que actualmente no creo estar en condiciones de superar.

Hace poco prometí que arrancaría los recuentos en cuanto acabara la novela que traía entre manos, misión que cumplí hace un rato. Y quizá sea justamente el haber concluido esa lectura lo que detona mi resistencia a elaborar mis reseñas. Hace meses, cuando supe de la existencia de Netherland, de Joseph O'Neill, me propuse a toda costa conseguirla; unos días después logré tal objetivo en la enésima librería a la que entré en el aeropuerto de Amsterdam Schiphol. Y la guardé. Hasta hace unas semanas en que decidí que sería ésta mi lectura del receso decembrino. Me atrapó de inmediato. Pero mi poca práctica leyendo inglés, aunada a mi creciente falta de concentración, hicieron que el avance fuera lento.

Por las razones que ya he citado, no haré aquí —al menos ahora— la reseña. Diré, sí, que estoy aún atrapado en la brillante narración del escritor irlandés. Igual y exagero. Igual y mi fascinación es producto de mi distanciamiento ante la lectura durante 2009. Pero da igual. Y sólo para justificarme a mí mismo, diré que si bien me enganché al relato desde el primer párrafo, fue ya avanzada la historia que se dio ese brutal colapso lector—protagonista que se da no muchas veces en la historia de uno, cuando Hans (el narrador) afirma: “Nobody understands better than I that this was a strange and irresponsible direction in which to take one’s life. But it is what happened.” Tal cual.

miércoles, 6 de enero de 2010

Buscando una cura

Me descubro con dos síntomas contundentes —¿alarmantes?— del padecimiento (aún sin nombre claro) que me aqueja: adquisición acelerada y sin empacho de libros y libretas, acompañada de una absoluta incapacidad de sentarme a leer o a escribir.

En los últimos meses —pero sobre todo en las últimas semanas— he acumulado en el librero una inmensa cantidad de materiales (cuento, novela, ensayo, divulgación...) que me invitan a la lectura: unos cuyas portadas o títulos me atrapan sin pudor; otros que han quedado registrados como impostergables pendientes con las recomendaciones —y provocaciones— de sabedores amigos; unos más que han resucitado de mis empolvados libreros.

Al mismo tiempo, he ido reuniendo también libretas, libretitas y libretotas con la ilusión de ponerme —por fin— a escribir otra vez. Escribir de todo: de mis reflexiones como 'pedagogo', de mis ocurrencias como observador de un mundo que se mueve vertiginoso en torno a mi pazguato andar; de mis exploraciones en las profundidades de un mundo emocional que con frecuencia tiendo a evadir; de las historias que desde hace tiempo se acumulan en algún rincón de mi interior e intentan llamar la atención de mi yo consciente.

Pero las letras de esos libros permanecen ocultas y las páginas de esas libretas siguen en blanco. Y yo perdiendo el tiempo. Hojeando a veces unos y otras. Pero nada más.

Hoy comencé a explorar lo que puede haber detrás de mi enfermedad. Y empiezo ya a toparme con algunas causas. Por lo pronto, me propongo terminar el último libro que empecé a leer en 2009, para sentir que esa dimensión del año está cerrada y publicar aquí el recuento correspondiente. Quizá así alcance la cura y pueda comenzar mi rehabilitación.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Recuperar la posibilidad (II)

«Si pudieran concederme riqueza, no pediría riqueza ni poder, sino el sentido del apasionamiento hacia lo que puede llegar a ser, por el ojo que, siempre joven y ardiente, ve lo posible. El placer defrauda, la posibilidad no lo hace nunca. ¿Qué vino es más aromático, más incitante, más embriagador que la excitante posibilidad?»
Søren Kierkegard
Son muchas, para variar, las cosas que quisiera traer hoy aquí. Y al mismo tiempo es tarde y no debería dejar que la media noche me alcance despierto. Pero la necesidad pesa hoy más que la conciencia de madrugar mañana. Y aquí estoy. Queriendo escribir sobre exploraciones y hallazgos recientes en las profundidades de mis confusiones cotidianas. Queriendo compartir de nuevo algunas estampas musicales que ayudarían a ilustrar mis paradójicos sentimientos de cara a tantas cosas. Queriendo poner sobre la mesa mis más recientes expediciones literarias y la forma en que me han tocado.

Pienso en una idea que pueda hilar todo lo que me gustaría escribir esta noche. Y me viene nuevamente la idea de «posibilidad». Hace poco más de un mes escribía sobre la recuperación de lo posible. El subir y bajar de todos los días ha hecho desde entonces que esa extraña idea funcione unos días con más solidez que otros. Pero no he querido abandonarla. Y hoy, por una infinidad de asuntos, me vuelve a atrapar. Explorando algunos materiales que quiero compartir mañana con mi equipo de trabajo, me topo con el texto que aparece aquí de epígrafe y que a su vez cumple esa función en un capítulo de El arte de lo posible, de Roz Stone Zander y Benjamin Zander. Llegué a este libro hace ya varios años, tras asistir a una conferencia del segundo. El texto puede ser tomado como material de desarrollo personal, literatura de segunda, dirán algunos. Pero aún en esa categoría, la obra me parece de primera. Y en este momento me está ayudando a reorganizar mucho de lo que quiero desencadenar mañana en mi trabajo.

Descubro, con la claridad absoluta de algo que siempre se ha sabido pero que se aprende siempre como por primera vez, la urgencia de creer que las cosas son posibles para poder dar un nuevo paso. Me descubro y me observo haciendo ese esfuerzo cada mañana, a veces con más éxito que otras, pero siempre logrando hallar un destello de esperanza. Las subidas y bajadas recientes han sido tan pronunciadas que quizá de ahí venga mi necesidad de tanto énfasis en algo que para muchos puede ser tan trivial. Pero lo subrayo porque si, como dice sabiamente alguien que quiero y admiro, no está bien "proclamar esperanza cuando no la vives", es casi una obligación moral hacerlo cuando estás convencido y tus actos pueden hablar por ti.

Decía al inicio que quería explorar música y textos. Lo de mis lecturas recientes tendrá que esperar, pero algo diré de música. Esta tarde recibí de una de mis hermanas un correo que me cimbró. Me hizo ver que, en medio de mi pequeño caos cotidiano, siempre es posible encontrar un intenso rayo de luz para recordar aquello que merece la pena. Me hizo pensar en los que quiero y tengo lejos. Me hizo valorar tanto la posibilidad de, aunque sea a través de bits informáticos, recordar a quienes amo lo que significan.

No sé bien cómo fue, pero pronto dos canciones me vinieron a la mente. Quienes me conocen de hace tiempo, sea personal o virtualmente, saben de mi eclecticismo musical, así que se sorprenderán menos que otros al escucharlas. Canciones que, en su cursilería, tienen un significado especial en mi piel. La primera, me traslada cada vez que la escucho a diciembre de 1996. Yo cumplía 21 años y mi hermana 15. Cuando en nuestra fiesta-doble bailamos esta canción yo no paraba de llorar. (Así como no paro de llorar mientras lo narro.)


Hoy, mi hermana es mamá de un ser lleno de luz, un niño que ha crecido quizá demasiado rápido, dejándonos a más de uno con las ganas de eternizar el tiempo. Pronto serán dos años de la llegada de ese hermoso niño al mundo. En aquellos días, estando yo con un océano de por medio, mientras escuchaba por enésima vez la segunda canción en cuestión, encontré en su letra un significado que hasta ese momento me había permanecido oculto. Vamos, sé que es otra cursilería, pero también de eso está uno hecho.



Aniversario de una posibilidad

Hace un par de días se cumplió el primer aniversario de este espacio. Quise venir y festejarlo, pero se me escapó el chance. A reserva de lograr dedicar una entrada íntegra al asunto, celebro agradeciendo tus visitas, tu compartir silencioso. Las huellas del paso de otros por aquí han disminuido notablemente en los últimos meses, pero sé que por ahí andas: tú que me sigues desde hace poco y tú que me lees desde hace mucho, tú que conoces mi voz y tú que aún no tienes rostro para mí, tú que llegaste buscándome y tú que apareciste aquí por accidente. Lo he dicho antes y lo repito, tú, con o sin nombre, estés donde estés, eres quien termina de dar sentido a esas ocurrencias. Un año de este espacio equivale, también, a un año después de la aventura en Barcelona. Y si has leído el alfa y omega con que inició este blog, sabes que eso no es sólo aniversario de un viaje, sino de un completo renacimiento. Renacimiento que no termina y del que eres parte. Gracias por eso y por tanto. Y cerrando en línea con las ganas de recuperar lo posible, celebro este primer año (y casi segundo en la blogósfera) con una maravillosa rendición al "sueño imposible".

sábado, 17 de octubre de 2009

Libros

«El libro se mueve solo. Lo dejas en el escritorio y aparece en el buró; lo colocas en la repisa de los poetas románticos y emerge en un coloquio de helenistas. Las bibliotecas no conocen el sosiego.»
Juan Villoro

En mi reciente estancia en una de las capitales de la posmodernidad —el aeropuerto Schiphol de Amsterdam— tuve oportunidad de ver por primera vez el Reader Pocket Edition de Sony, uno de esos artefactos que participan en la competencia por hacer de una vez por todas realidad el sueño de muchos sobre el libro electrónico, el libro paperless. La primera vez que escuché a alguien hablar de la erradicación del papel como soporte de la lectura fue en los albores de la década de 1990, en un congreso para jóvenes al que asistí en mi primer año de preparatoria. En aquel entonces todavía muchas de las cosas que hoy son cotidianas sonaban a ciencia ficción.

Hablo de tiempos en los que todavía elaboraba mis trabajos académicos en mi Smith Corona —una máquina de escribir eléctrica que me había comprado un par de años antes con parte de mis primeros ahorros—. Tiempos en los que la telefonía celular era un lujo envasado en ladrillos de bolsillo y en los que las enciclopedias aún no se convertían en artículos de ornato, ya que todavía ayudaban a materializar incipientes investigaciones estudiantiles a través de un rudimentario copiar-y-pegar manual —aquel proceso de transcripción que uno realizaba tanto desde aquellos míticos volúmenes como desde las siempre salvavidas monografías de papelería—.

En unos cuantos años el mundo se transformó. Hoy le cuento a mis alumnos cómo hacíamos entonces nuestros trabajos y creen que estoy jugando con ellos. Les parece simplemente imposible un mundo sin correo electrónico o sin mensajería instantánea a través de los móviles. Pero algo no deja de parecerme especialmente relevante: en medio de consolas de video, nuevos formatos digitales para el entretenimiento en casa, medios convergentes a través de un infinito de tetrabytes y cuanto quiera uno agregar al conjunto, el libro sobrevive... todavía.

Contaba de mi encuentro con el Reader Pocket Edition de Sony. Un aparatito que permite al usuario portar tres centenares de libros que se visualizan a través de un display cuya tecnología E Ink® Vizplex, de acuerdo con sus creadores, imita al máximo las propiedades del papel. La más sofisticada versión Reader Touch Edition agrega la posibilidad de acariciar las páginas para darles vuelta, entre otras curiosidades. Confieso que pese a mi cariño por el libro tradicional, ciertas funciones del librito electrónico desde hace tiempo me parecen atractivas. Aquí mismo, en el portátil en que escribo estas líneas, tengo una buena cantidad de libros digitales que puedo llevar sin temor a pagar exceso de equipaje. Y, sin embargo, reconozco que el libro siempre será el libro.

En estos días me topé con el artículo de Juan Villoro de donde tomo el epígrafe de esta entrada. [Como ya se me ha hecho costumbre, pongo al alcance aquí una versión en PDF para quienes no pueden acceder al original en el portal de Reforma.] Su provocación para pensar en un mundo donde el libro no existe y de pronto es inventado me parece muy oportuna para revalorar el papel que juega en nuestra civilización y en nuestra psicología. Algunas implicaciones parece triviales, pero merecen ser consideradas, como cuando Villoro nos recuerda que "el sistema operativo de un libro no debe ser actualizado" o la singularización que puede provocar en diferentes ámbitos, incluyendo particularmente la forma en que nos apropiamos de él.

Todo esto remite al libro como soporte, nada más. Pero no habría que pasar por alto la evolución de su contenido. Y para ello acudo a Alesandro Baricco quien, en su examen sobre la mutación que hoy protagonizamos, reconoce al libro como una ciudad donde dos tradiciones en choque aún conviven. Examinar a fondo este argumento exige detenerme serenamente en otras premisas desarrolladas por Baricco en Los bárbaros, cosa que realmente anhelo hacer en algún otro momento. El hecho es que el libro como soporte sobrevive aunque su contenido pueda estar evolucionando y debatiéndose entre dos formas de racionalidad que hacen que algunos libros no se ajusten a la definición de lo que solíamos considerar un libro.

Estamos, pues, ante dos mutaciones que en realidad son una sola: en una cara está el aparente paso del papel a los bytes; en la otra, la evolución del libro como unidad (cuyo contenido y funcionalidad se comprende en el marco de una cultura de libros) y el libro como pieza de una secuencia más compleja (elemento estructural, pero no más ni menos importante, en una cultura de convergencia mediática). Mis divagaciones aquí arrancaron con exploraciones sobre la primera cara, la que se reconoce fácilmente y sobre la cual puede polemizarse en cualquier charla de café. La segunda, merece juicios menos apresurados. Quizá en otra oportunidad.

Apunte. Todo este embrollo surge de mis ganas de comprar uno de esos artefactos. Con esa idea empecé esta entrada. Ya se ve que uno no controla a sus demonios. Además, quería ésta ser una reflexión breve, para dar espacio a otras divagaciones. Ya será en la semana. Por ahora, adelanto que espero esta sea una semana definitoria en mi futuro laboral, cuya crisis se ha agudizado en estos días. Las causas están ya más en la superficie, y en estas horas preparo algunas cosas para intentar despejar el corto plazo. Seguiré reportando, aquí como en el Twitter, aquí a un lado.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Cuentos

Ayer la Directora de Primaria me pidió si podía apoyarla redactando un "Prólogo" para la antología de cuentos escritos por los chicos del colegio el ciclo escolar pasado. Con tantos pendientes acumulados no logré cumplir la misión anoche y hoy prometí que estaría listo a primera hora de mañana. Así que hace rato intenté desconectarme de las millones de inquietudes que me invaden y elaboré un pequeño texto de presentación para la susodicha edición. Mientras probaba ideas recordé un apunte de Michael Ende sobre el sentido de los cuentos; le di una releída y lo usé como punto de partida para mi reflexión. Una vez concluida la tarea, revisé mi texto y decidí compartirlo aquí, porque en buena medida ayuda a lanzar al viento una de tantas cosas que uno necesita liberar para alimentar la propia esperanza de un mundo distinto.

Había una vez un mundo donde las personas habían dejado de contar historias y se habían olvidado de soñar… La frase parece el principio de un cuento, pero lo cierto es que cada día se asemeja más a la realidad. Tantos años de exaltar a la razón y la ciencia, nos han hecho olvidar el sentido de echar a volar la imaginación. En el mejor de los casos, hemos relegado el mundo de los cuentos a los niños, a grado tal que señalamos como indicio de “madurez” el momento en que dejamos de creer en tales historias. El escritor alemán Michael Ende —famoso sobre todo por sus narraciones fantásticas para niños— afirmaba que para comprender cabalmente el valor de la realidad contenida en los cuentos sería necesario «cambiar toda la dirección del pensamiento de nuestra civilización». Suena complicado. Pero cada vez que nos adentramos en los mundos imaginados por nuestros niñas y niños, descubrimos nuevamente que en todos habita la semilla de ese otro mundo que también es posible. Estas páginas son evidencia de ello. Con cada relato de estos pequeñas y pequeños, se abre una posibilidad. En buena medida es tarea de nosotros —lectoras y lectores urgidos de una buena dosis de fantasía— procurar que se conserve viva esa otra dimensión de tantos niñas y niños ansiosos por alimentar su alma con un poco de imaginación. Llegará así el día en que la madurez se mida también en función de nuestra auténtica capacidad para soñar.

PD. El texto de Ende al que hago referencia se titula "¿De qué hablan los cuentos?" y aparece en su Carpeta de Apuntes (Alfaguara, 1996). Aquí, para los interesados, la transcripción del mismo.
Los verdaderos cuentos no son unas historias fantásticas que el pueblo supersticioso e ignorante imaginara en tiempos remotos. El pueblo no se inventa tales cosas, pero las transmite textualmente de generación en generación porque percibe la verdad que contienen. Los cuentos auténticos informan sobre experiencias de un mundo real distinto (digamos, interior), dadas a conocer por autores anónimos que sabían exactamente, hasta en el último de los detalles, lo que decían. Como el hombre moderno, occidental, debido a su mentalidad abstracta se ve privado casi totalmente de la experiencia de esa otra realidad, interpreta esos informes -si es que los tiene en cuenta- o bien hisróricamente (la bruja, el hijo del rey, el dragón, la espada mágica, etcétera) o psicológicamente. Ambas interpretaciones me parecen erróneas o, al menos, insuficientes.
El cuento no habla de un mundo exterior social, y si se utilizan elementos de ese mundo, tan sólo es como metáfora de aquella otra realidad. Allí existe la bruja, el hijo del rey, el dragón y la espada mágica: y existirán siempte. La interptetación psicológica me parece insuficiente porque suele entender esas cosas sólo simbólicamente. Parte por así decir de la idea de que la imagen del cuento es lo impropio que mediante la interpretación ha de ser transformado en lo propio, o sea, en conceptos concretos, para poder llegar al núcleo del asunto. En la interpretación de los sueños también se procede de esa manera. Así se introduce una lógica causal, que tiene indudablemente una cierta justificación para la realidad exterior, en esa otra realidad en la que rigen otras reglas y otras leyes totalmente distintas. Y tampoco el tema de la crueldad, como en general la cuestión del bien y del mal, encaja allí con las ideas morales que son válidas en el mundo exterior.
¿No nos queda, pues, ninguna posibilidad de entender los cuentos? Pienso que sí.
En cada persona existe desde el origen la posibilidad de experimentar esa otra realidad. Allí es posible plantear preguntas y pasar pruebas. Eso presupone, desde luego, que no se obture por todos los medios el acceso a esa realidad, sino que se cuiden, se enseñen desde muy pronto los conocimientos relativos a ella. Pero eso significaría naturalmente cambiar toda la dirección del pensamiento de nuestra civilización, que está orientado exclusivamente hacia fuera.
Puede que en un futuro haya alguna vez escuelas en las que se enseñe el verdadero soñar.