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domingo, 16 de abril de 2023

Ayudándonos a decir adiós

Fue uno de los inviernos con más nieve en Manhattan. O al menos eso recuerdo que decían. Eran los primeros días de febrero en 1993. En mi memoria, la nieve comenzó a caer justo el día de nuestra llegada a la isla. Revisando registros de prensa, veo que fueron días de intensas nevadas que precedieron a una de las "tormentas del siglo", registrada a mediados de marzo.

Mi papá iba a una reunión de trabajo y había visto la oportunidad de llevarnos a mi hermano y a mí. Yo estaba justo a la mitad del bachillerato y visitar la gran manzana era una de mis máximas ilusiones. De los muchos motivos que hacían de aquel viaje un sueño estaba un hecho que me marcaría profundamente. Mi papá había conseguido entradas para 'The Phantom of the Opera', que se encontraba en su quinto año en cartelera. Eran los primeros años de una larguísima temporada que haría de esta producción la más longeva en la historia de Broadway hasta ahora. 

Sí, ese soy yo en aquel febrero del 93. La foto la tomó mi papá; a unos metros a mi derecha -fuera de la imagen, claro- está mi hermano.


El musical de Andrew Lloyd Webber se había convertido en una obsesión para mí desde un par de años antes, cuando compré su primer gran recopilatorio de canciones de distintos trabajos. Mi entusiasmo por el teatro musical era ya evidente y había logrado contagiarlo a mi papá. 

El caso es que en aquel febrero del 93 tuve la dicha de asistir al Majestic y quedar abrumado por la espectacularidad de la producción dirigida por Harold Prince con diseño escénico de Maria Björnson. No tiene sentido intentar contar todo lo que desde entonces ha significado el fantasma en mi vida. Sin duda la banda sonora de mi existencia mortal no tendría sentido sin esta obra, pero esto es así en buena medida gracias a la brillante producción original que hoy baja el telón para siempre en el 245 de la 44 Oeste. 

El programa de aquella función. Se entenderá que lo atesoro en condiciones especiales. Curiosamente no encuentro el boleto que también guardé por muchos años.

Por mucho tiempo pensé que los recuerdos de aquella función a la que asistí en el 93 eran probablemente exagerados o producto de mi adolescente romanticismo. Había visto un par de veces la producción que se presentó en México a finales de los noventa y dos la alucinante y espectacular versión que se diseñó para Las Vegas a inicios de este siglo. Siempre la disfruté, pero en mi memoria el fantasma de Nueva York era distinto. 

Consciente de que aquel recuerdo adolescente probablemente era una quimera, regresé al Majestic casi veinte años después, en el otoño de 2012. El fantasma estaba por cumplir un cuarto de siglo en ese escenario. Y yo volví a tener 17 años. Como con la primera, nunca olvidaré esa última experiencia. 


Dato curioso: el nombre de un actor, Hugh Panaro, destacaba tanto en mi Playbill de 1993 como en el de 2012; en el primero interpretando a Raoul y en el último al Fantasma.


Hoy el mítico candil cae por última vez en aquella sala. Es evidente que 'The Phantom of the Opera' vivirá siempre y que más pronto que tarde volverá a estar en las marquesinas de Broadway. No termina la música de la noche; sin embargo, es evidente que nunca será lo mismo. Hoy muchos necesitamos ayuda para decir adiós. 

miércoles, 8 de febrero de 2012

Dos columnas

El "Panteón de los Ingleses", en el pueblo de Real del Monte —muy cerca de Pachuca, Hidalgo—, es un lugar que cautiva desde el primer momento. Uno puede recorrerlo a voluntad y disfrutar de sus recónditos rincones o apostar por la visita guiada. Cuando hace unos meses visité el lugar, vencí mi acostumbrada tendencia a la autonomía y acepté participar en el recorrido que ofrece Doña Carmen, hija mayor de Don Inocencio. "Don Chencho" —como lo conocía la gente del pueblo— cuidó del panteón durante más de cuatro décadas y hasta su muerte, sucedida apenas un par de meses antes de mi estancia en el poblado. Doña Carmen cumple hoy la labor que otrora ejercía su padre, y puede hacer las explicaciones tan completas o veloces, como uno esté dispuesto a escuchar. Nosotros visitábamos el sitio sin prisas, por lo que la invitábamos a contar tantas historias como fuera posible y descifrar tantos símbolos como ella se sintiera capaz. Fue ahí donde escuché por primera vez el sentido de las columnas y obeliscos que coronan algunas tumbas: en los casos donde éstas figuras se elevan cabalmente, se celebra que quien ahí yace vivió una vida plena y cumplió su misión en el mundo como era deseable; por el contrario, cuando la columna o el obelisco se truncan, señalan que la vida en ese caso fue interrumpida repentina y prematuramente.

El viernes hacia medio día recibí una noticia que de inmediato trajo a mi mente la imagen de una de esos mausoleos donde la ruptura del pilar cimbra aún sin saber su significado. César, una gran persona muy cercana a mi corazón y a los corazones de mi familia, había muerto horas antes en un terrible accidente. No viene a cuento aquí entrar en mayores detalles. Sin embargo, desde ese momento no han cesado las ganas (¿la necesidad?) de escribir y compartir lo que uno siente. Tuve la fortuna de viajar ocho horas hasta la ciudad donde parte de la familia se iba reuniendo necesitando un abrazo. Poco más de 12 horas estuve ahí, compartiendo la tristeza y buscando sentido a la tragedia.

Regresé a casa y después a mi tierra, para pasar un par de días cerca de gente que pudiera extender los abrazos en horas como estas. El viaje en carretera en compañía de mi padre me había hecho no revisar ninguna red social en internet desde esa madrugada. Llegando a la ciudad recibí un mensaje de Liz, quien apenas hace unas semanas descubrimos es vecina de mi papá. Liz es también prima de Amaya, y en su mensaje me compartía la triste noticia de su fallecimiento apenas horas antes. Llegué a dejar a mi papá y aproveché la cercanía para conocer por primera vez a Liz y darle un abrazo. Sentí que en ese abrazo estaban presentes muchos otros que jamás hemos visto ella o yo y que a pesar de todo nos sentimos cerca desde hace cuatro años. Sí, gracias a Amaya.


Muchas cosas han pasado por mi cabeza en estos días. Y descubro que solo viniendo a escribirlas consigo darme un poco de claridad. Se me ocurre así que al compartir lo que voy escribiendo, pueda completar significados o, ¿por qué no?, ayudar incluso a otros a construir los propios.


En las historias de César y Amaya hay mucho en común, a pesar de que en uno caso la partida haya sido brutalmente inesperada y en el otro haya sido resultado de un doloroso proceso que en el fondo todos sabíamos tenía cerca su final. De nuevo, no sé si éste sea un lugar para hablar sobre todo esto. Lo cierto es que la ausencia de ambos es irreparable y, si bien reconozco que ambos gozan hoy de una vida distinta y admito que los que acá andamos encontraremos tarde o temprano la manera de confortar nuestras almas, todos sabemos que no es tarea fácil.

Es evidente que el consuelo no se encuentra siempre a la misma velocidad, que cada ser humano vive sus duelos a su manera y que las almas se reconfortan siguiendo muchas veces rutas que para algunos serán incomprensibles. Aquí sí, todo se vale. Aunque para mí ese todo es mejor si el camino que buscamos nos conduce a vivir el presente con la plenitud que merecemos, con el sentido al que tenemos legítimo derecho. En estos días escribí en alguna otra parte que, en estas circunstancias, a los que aquí seguimos nos toca estar a la altura y ser testimonio vivo del amor y la alegría que los que hoy no están nos predicaron con sus acciones. Lo reitero: nos toca vivir, y viviendo honrar a quienes nos acompañaron en parte de este andar.

Ayer, pensando en todo esto, recordé un pequeño texto que escribí hace poco más de tres años, intentando que fuera un cuento. En ese entonces lo compartí solo con una persona, pues el texto cumplía un objetivo que poco tiene que ver con lo que hoy me trae aquí. Y, sin embargo, al leerlo en estas horas, encontré ahí un mensaje que me ayudaba a dar sentido a la ausencia. Se me ocurrió entonces soltarlo por primera vez al resto del mundo. En las horas siguientes se dieron reacciones de todo tipo, varias completamente insospechadas para mí.

El fin de semana, cada vez que me descubría llorando —lo cual sucedía sobre todo con cada abrazo—, pensaba para mis adentros: "Lloramos por nosotros. Lloro por mí. Ellos están bien. Mi llanto no suma ni resta para ellos. Estas lágrimas son mías, porque me hacen falta." Sí, mucho de egoísmo hay en nuestras reacciones cuando alguien nos deja. Supongo que es un egoísmo natural, parte de nuestra naturaleza. Y ahí las lágrimas están bien. Lo que sigue es encontrar en el fondo de nuestra tristeza la fortaleza para seguir adelante. En ese camino andamos.

sábado, 27 de agosto de 2011

Veinte años

1. EXT. TARDE - JARDINES DEL TEC DE MONTERREY CCM. ÉPOCA ACTUAL.

ERNESTO atraviesa los jardines del Campus, desde el estacionamiento techado hacia los Salones de Congresos. Pasa a un costado de la Biblioteca. La mirada se detiene unos segundos en la escultura del Rey del Ajadrez Cervantino diseñado por el maestro Miguel Peraza. Continua la marcha alrededor del "cenote sagrado" al centro de la explanada. Llega al edificio del Centro Estudiantil.

ERNESTO (V.O.)
Mi amor por el Tec no es un amor ciego.
Mucho menos un amor rosa.
Tampoco se trata del amor filial o
fraternal, aunque sin duda comparte
con éstos algunos elementos.
Mi amor por el Tec se parece
más al amor que siento por mis amigos,
aunque tampoco es idéntico.
En todo caso, diría que es un amor crítico.
Que se resiste a la tentación de idealizar
el objeto de su afecto, pero lo defenderá
siempre como propio sin serlo.
Un amor agradecido siempre.
Un amor que busca la manera de devolver
lo recibido aún cuando el ser amado se
resiste a ello. Un amor que aspira a construir.
Un día lejos. Otro, quizá más cerca.


2. INT. TARDE - VESTÍBULO DE LOS SALONES DE CONGRESOS DEL TEC CCM.

ERNESTO ingresa al vestíbulo, decorado con una alfombra roja a la usanza de los festivales de cine. Una mampara anuncia "XX Aniversario Licenciatura en Comunicación"; con ella de fondo, un grupo de personas posa para una serie de fotografías; entre ellos: JESÚS MEZA, ARMÍN GÓMEZ, MIGUEL NÁJERA, ENRIQUE TAMÉS, ANA LUISA FONTES, JOSÉ ANTONIO UGALDE. ERNESTO se detiene y contempla un momento esa escena. Reconoce los rostros de los que son fotografiados y sonríe.

ERNESTO (V.O.)
Difícil resistirse a los clichés cuando
contamos con tantos para describir
momentos como éste.
Un "Parece que fue ayer", me viene a la
mente por más que le cierre la puerta
del pensamiento. Y es que así es.
La única evidencia contundente de que
han pasado más de quince años es el
cúmulo de experiencias vividas
desde entonces. Porque ni las arrugas
ni las canas por sí mismas son prueba
de nada que no sea pura biología.
Es lo que nos ha pasado y hemos sido
lo que no deja lugar a dudas...
Ha pasado un tiempo.


3. INT. NOCHE - SALÓN DE CONGRESOS I DEL TEC CCM.

Veinte mesas arregladas para una cena de gala. Ocupadas todas por entre 6 y 8 personas cada una. Un escenario tiene como fondo el mural "El hombre, la palabra y la técnica", pintado por Raúl Anguiano a finales de los años 1990 para el propio campus. A un costado una pantalla donde se proyecta una semblanza de 30 cortometrajes.

ERNESTO está sentado en una mesa acompañado de ALBA (LCC98) y FERNANDO (LCC99). También están a la mesa un EGRESADO JOVEN (LCC07)acompañado de dos jóvenes más. Al finalizar la proyección, conversan.

ERNESTO (a ALBA y FERNANDO)
¿Se imaginan cómo sería estudiar hoy LCC?
La mitad de mi carrera edité trabajitos
con dos videocaseteras VHS. Suena a viejito
pero "en nuestros tiempos" todavía
revelábamos e imprimíamos nuestras fotos
en el Laboratorio, ¿se acuerdan?

EGRESADO JOVEN
Algunos todavía llevan Foto Artesanal.

ERNESTO
¿Foto Artesanal?
¿Así le llaman ahora a eso?

(Ríen)

Podría seguir y casi reproducir línea por línea lo vivido anoche. Un recordatorio de tantas cosas. Más allá de las anécdotas del mundo digital contra el analógico que separa a algunas de nuestras generaciones, se trató de una renovación de mi declaración de amor por mi alma máter, en esa relación crítica que nos ha caracterizado estos 17 años, contando a partir de mi entrada a sus aulas. (Relación sobre la que hace un año algo escribí aquí, a raíz de la salida del Dr. Rafael Rangel.)

De todas las emociones de anoche, subrayo ahora dos. La primera: ver los rostros de maestros que significan tanto en mi biografía, muchos de ellos seguro sin saberlo. Eran pocos quizá, pero de alguna manera verlos fue contemplar también las miradas de muchos otros.

La segunda: ser testigo de una excelente muestra de producción de cortometrajes producidos en el campus a lo largo de dos décadas. Han sido sin duda cientos de cortos en esta historia. 30 fueron enviados para participar en una premiación "a lo mejor de la cinematografía" de 20 años de la licenciatura. La pequeña pero significativa semblanza permite identificar una importante curva de aprendizaje en el área de cine del campus. Como es natural, el lenguaje y las técnicas evolucionan. Pero al final, viendo tres cortos producidos en semestres recientes, queda claro que las inquietudes y el interés por explorar diferentes dimensiones de nuestra condición humana, las ganas de contar historias, son tan poderosas hoy como ayer.

Sin duda me hubiese gustado que el encuentro fuera más amplio y durara más tiempo. Pero a pesar de esos límites, se trató de una noche para el recuerdo. Y para el presente.

sábado, 30 de abril de 2011

Hasta siempre, tocayo

Dicen que la primera página de un libro es pieza clave para que el lector decida el tipo de relación con lo que vendrá después. Sabato debía tenerlo tan claro que no se arriesgaba a que el lector acabara la primera página: bastaba el primer párrafo, a veces la primera frase, para saber que el texto que uno tenía entre manos valdría la pena.
«Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona.»
Así inicia el relato de El túnel, novela que mostró al mundo la genialidad de su pluma cuando el siglo XX casi completaba su primera mitad. No puedo ser objetivo al referirme a esta obra: quienes mejor me conocen saben bien que es mi novela de cabecera y que de cuando en cuando vuelvo a ella para recordarme el significado de vivir atravesando mi propio túnel.

Es de sobra conocido el reconocimiento público de Albert Camus a esa primer novela de Sabato. No es gratuito que el autor de El extranjero y La peste reconociera de inmediato el angustioso existencialismo contenido en el relato del argentino. En la novela y en el ensayo, Sabato supo explorar la condición humana como pocos: con claridad, profundidad, contundencia y belleza.
«Las primeras investigaciones revelaron que el antiguo Mirador que servía de dormitorio a Alejandra fue cerrado con llave desde dentro por la propia Alejandra. Luego (aunque, lógicamente, no se puede precisar el lapso transcurrido) mató a su padre de cuatro balazos con una pistola calibre 32. Finalmente, echó nafta y prendió fuego.»
Así inicia Sobre héroes y tumbas, una novela que en muchos aspectos no podría ser más distinta a El túnel y, sin embargo, refleja las mismas inquietudes universales ligadas a la existencia del hombre.

El pesimismo que algunos descubren en su narrativa, suele compensarse con el optimismo de muchos de sus ensayos. Como evidencia de ello, baste citar el bellísimo párrafo que abre La resistencia, publicado en 2000:
«Hay días en que me levanto con una esperanza demencial, momentos en los que siento que las posibilidades de una vida más humana están al alcance de nuestras manos. Éste es uno de esos días.»
Líneas más adelante escribe una de las frases más sencillas y poderosas que he leído jamás:
«Nos pido ese coraje que nos sitúa en la verdadera dimensión del hombre.»
Suelo usar esas primeras páginas de La resistencia en mis clases, igual con chicos de secundaria o bachillerato como con estudiantes de maestría. El llamado de esas palabras me resulta siempre tan urgente.

El 19 de septiembre de 2008 publiqué en mi primer blog un texto titulado "Valentía y Resistencia". Hoy lo releo y trato de buscarle nuevo sentido en medio del dolor que sigue —en muchos modos con más fuerza— aquejando a mi País. [Y mientras recupero la urgencia de esa capacidad para resistir y crear encuentro la nota que entonces dejó Jake en mi entrada, relatando el envidiable mensaje mecanografiado que recibió de Sabato ante la declaración de "amor intelectual" que ella le había enviado previamente.]

Otro ejemplo de la urgencia de ese llamado contenido en La resistencia: el 24 de junio de 2009, cuando Sabato cumplía 98 años, tomé un fragmento de su ensayo como núcleo de mi mensaje de graduación a la generación que terminaba la preparatoria en el colegio donde trabajaba entonces.
«Cada hora del hombre es un lugar vivo de nuestra existencia que ocurre una sola vez, irremplazable para siempre. Aquí reside la tensión de la vida, su grandeza, la posibilidad de que la inasible fugacidad del tiempo se colme de instantes absolutos...»
En una de esas horas de esta madrugada murió Sabato a los 99 años. Hacía unos cuantos que esa muerte se volvía cada vez más impostergable y él lo sabía. Se reconocía decepcionado del mundo que le rodeaba y en su hogar, en Santos Lugares, se dedicaba a pintar. Santos Lugares. No se me ocurre mejor nombre de un lugar para morir. Poco debe sorprender una muerte a los 99 años. Y aún así, la muerte aunque no sorprenda siempre duele.

Tocayo, se te echará de menos.

sábado, 2 de abril de 2011

Volver al Circo

When I grow up, I will run away and join the circus.

Una peculiar curiosidad aderezada de entusiasmo se adueñó de mí hace unas semanas cuando, sobre una de las principales avenidas de esta ciudad, vi que se anunciaba el inicio de una “corta temporada” del Circo Atayde. Al instante consideré que debería darme oportunidad de ir. Compartí mi propósito con algunos pero debieron pensar que no hablaba en serio. Terminé desistiendo de divulgar mis intenciones, que pese a ellos permanecieron intactas en mi interior.

Hace poco más de una semana ese deseo de aceleró de repente cuando al pasar por el terreno donde el mítico circo se había instalado vi la lona que sentenciaba: “Lunes, última función”. ¡Diablos! ¡Y justo es fin de semana estaba lleno de compromisos en la agenda! Me resigné y me prometí que la próxima vez no lo pensaría tanto.

El domingo pasado, sin embargo, después de un gran fin de semana, cuando ya mis compromisos estaban cubiertos, pasé por la avenida en cuestión y vi en el otro lado de la calle a la gente que ya hacía fila para entrar a la última función del día —y una de las últimas en la visita de los Atayde en la ciudad—. ¿Y si lo intentaba? La función era a las 7:30 de la tarde y en ese momento eran… ¡las 7:30 de la tarde! Tardé en dar vuelta sobre el bulevar y, justo cuando ingresaba al terreno que funcionaba como estacionamiento, caí en cuenta de que solo llevaba 150 pesos en efectivo. ¿Cuánto costaría la entrada? ¿Aceptarían tarjetas de crédito?

Me estacioné y mientras la fila de gente ingresaba a la carpa por una pequeña división en los tráilers que hacen las veces de fachada, me dirigí hacia la ventanilla de la taquilla. Mientras caminaba, sentía que me hacía más joven. Vi el cartel que anunciaba los precios: 400, 300, 200 y 100 pesos. “¿Acepta tarjeta?”, pregunté a la mujer tras la rejilla. Nada, solo efectivo. “Me da entonces uno de 100 pesos, por favor”. A cambio de mi dinero recibí un pequeño boleto de cartón, de esos que solían usarse también en el cine hace años y que aún se utilizan en los juegos de algunas ferias.

Fui de los últimos en ingresar a la carpa. El cartoncito me daba acceso a la sección de luneta general. Subí una pequeña escalera y… ¡ya estaba ahí! ¡La pista, los pequeños palcos a su alrededor, los trapecios en lo alto, la cortina al fondo anticipando la entrada de los artistas! A esas alturas yo ya tendría unas 7 u 8 años. Y, aunque la carpa me parecía enorme, la pista estaba a solo unos metros, la visibilidad era perfecta. Agradecí que los cien pesos hubieran valido lo mismo que cuatro veces eso. Pasó un chico ofreciendo golosinas y gasté el poco dinero que me quedaba en unas palomitas y una botella de agua. (Creo que esa botella evidenciaba que aunque me sentía de siete años tenía en realidad cinco veces esa cantidad.)

Mi entusiasmo no tenía límites. Ansiaba el inicio de la función. Solo una cosa lamentaba: la poca cantidad de espectadores que me acompañaban. Acaso la cuarta parte de las butacas estaban ocupadas. Y, sin embargo, la gente que estaba se veía igual de emocionada que yo. Sobre todo, por supuesto, los niños. Pero había también parejas y algunos grupos de jóvenes que habían caído en la tentación de pasar el ocaso del domingo contemplando las gracias y piruetas de los cirqueros. ¿Acaso somos solo unos cuantos nostálgicos los que nos aferramos todavía a una tradición que se aferra a la vida después de haber sido testigo de dos cambios de siglo?

Mientras divagaba en estas ideas, se apagaron las luces y la música anunció el inicio de una presentación que resultó mágica, inesperadamente inolvidable.

Difícil, si no imposible, transmitir con palabras lo que viví. Las risas acompañando a un músico payaso que fue nuestro guía durante la noche; las miradas expectantes ante las hazañas de malabaristas y acróbatas que con un ritmo imparable iban llenando la carpa con sus aros, sus bolos, sus trapecios, sus trampolines, sus piruetas, sus contorsiones; los rostros incrédulos que siguieron paso a paso la rutina de los mentalistas, intentando descifrar su truco en algún momento; la fascinación ante caballos y elefantes realizando suertes y bailes con inmejorable precisión… Al final, el inevitable desfile de todos los artistas hasta llenar el círculo en torno al cual los espectadores volcamos nuestras risas y aplausos —y, al menos en mi caso, alguna lágrima—.

Salí con una sonrisa que tardó varios días en disolverse. Mientras me alejaba del lugar, recuperaba mis años, pero conservaba intocable el espíritu de ese pequeño de 7 u 8 años que fui durante dos horas gracias a los 100 pesos mejor invertido en mucho tiempo.

El martes por la tarde recorrí la avenida donde se había instalado la carpa. Cuando vi el terreno baldío nuevamente vacío resultó inevitable un profundo suspiro.

viernes, 18 de junio de 2010

Saramago

«... decimos a los abúlicos, Querer es poder, como si las realidades atroces del mundo no se divirtiesen invirtiendo todos los días la posición relativa de los verbos...»
Haber leído unos cuantos de sus libros me basta para afirmar que la historia de la transición al siglo que corre difícilmente podría contarse sin hacer referencia a José Saramago. Lo he dicho en repetidas ocasiones: no soy ni pretendo ostentarme como un experto literario; sin embargo, tal mérito no es necesario para opinar sobre la obra de quien, como Saramago, supo devolverme el sentido del asombro ante las letras y, en cierto modo, las ganas de expresarme a través de ellas.

No estoy seguro del año, pero debió ser hace una década al menos cuando leí Ensayo sobre la ceguera. Como para muchos, fue mi primer contacto directo con el escritor portugués. El libro llegó a mis manos, como tantos, un poco por accidente. Fue cuestión de horas durante un fin de semana para devorarlo. No tardé en empezar a comprar uno que otro título para ponerlo en la interminable fila de mis lecturas pendientes. Sin embargo, y pese a la fascinación que me provocó la escritura de este hombre, tuvieron que pasar algunos años para que me animara con alguna otra de sus obras. Debió ser —estoy casi seguro— el entonces recién editado Ensayo sobre la lucidez. Los volúmenes de Saramago siguieron acumulándose en la repisa y apenas el año pasado me puse a mano con La Caverna y Las pequeñas memorias. (A raíz de este último escribí algo por aquí hace poco más de un año.) En algún librero en el DF me esperan piezas fundamentales como El Evangelio según Jesucristo o El hombre duplicado. Pero en particular quisiera acercarme por fin a Las intermitencias de la muerte, un libro que quise leer hace unos años, sin conseguir atreverme por diversas razones.

Si bien he sido un lector apasionado pero muy esporádico e inconsistente de la obra narrativa de Saramago, me convertí en seguidor asiduo de su blog desde que éste iniciaba y hasta que el mismo José declaró su cierre, conduciendo a la publicación de sus entradas en papel a través de la edición impresa del Cuaderno. Regresó el portugués al blog en un puñado de ocasiones, incluso todavía a inicios de este 2010, para hablar de Haití o del Juez Garzón. En estas apariciones, como en las entrevistas que solía dar a los medios de comunicación, Saramago siempre dejó ver la claridad de su pensamiento, consolidando su papel como actor indispensable de cualquier diálogo que pretendiera usarse para comprender a la humanidad en su arribo al tercer milenio de la era.

Hace exactamente un mes, la Fundación José Saramago tomó control del blog del premio Nobel y, bajo el título de Otros cuadernos de Saramago, publica fragmentos de sus obras. Una forma posmoderna —a ratos y en pedazos— pero no menos legítima, de acercarse y seguir leyendo al inmortal portugués.

Anoche publiqué en mi muro de Facebook una liga hacia la entrada Pensar, pensar, publicada en el referido blog cuando amanecía en Portugal. Publiqué ese vínculo porque la frase me parecía de una urgencia absoluta. Desperté esta mañana con la noticia del fallecimiento del gran José Saramago. Y sentí ese vacío que se suele sentir cuando uno sabe que un genio ya no está entre nosotros. Nos quedan sus palabras, que son muchas para fortuna nuestra.

Al pie. Decía al inicio que Saramago en cierto modo me devolvió también la pluma. Desde la primera vez que lo leí, me di cuenta lo necesario que era reinventar la escritura para uno mismo, al margen de los demás. Con cada acercamiento que he tenido a su obra, esta necesidad se ha reforzado y ha operado siempre como un catalizador para abrir la llave de la inspiración. Tal y como sucede en este momento.

miércoles, 9 de junio de 2010

Doce años (II)

Busco la forma de poner por escrito lo que me habita desde hace unos días. Pero me sucede lo que ha venido ocurriéndome desde hace meses: no encuentro forma de traducir los pensamientos en palabras. No pretendo aquí ponerme a divagar sobre esa nueva discapacidad que ya ha empezado a pasarme factura en diferentes ámbitos. Intentaré, en cambio, compartir un poco de lo que el pasado fin de semana dejó en mí.

Gracias a la mágica convocatoria de una entrañable amiga de los días de universitarios, se desencadenó un extraordinario encuentro con personas que hace doce años formábamos parte de un proyecto que transformó mi vida. La última vez que los miembros de ese equipo estuvimos juntos fue en el verano de 1998. Desde entonces, a algunos los había visto un par de veces en diferentes circunstancias. Con algunos me había escrito en alguna ocasión o habíamos hablado por teléfono hace siglos. Pero en sentido estricto, con alguna excepción, era como si nuestras vidas hubieran tomado cauces opuestos y prácticamente no sabía nada de ellos.

En los últimos meses empezaron a generarse chispas que, hoy lo veo, fueron configurando la posibilidad de reencontrarnos. De pronto alguien apareció en Facebook y tímidamente se abrió un vaso comunicante. Alguien más abrió una cuenta en Twitter, produciéndose un casual e inesperado pero maravilloso cruce de caminos. Alguien se topo con otro al salir de un restaurante, sembrando en ese otro el morbo de ponerse en contacto telefónico con un tercero. Y así se fue construyendo la ruta que nos condujo al sábado pasado.

¿Qué teníamos en común los que nos reencontramos? La más evidente, estudiamos una misma carrera en cierta universidad. Algunos de los que ahí estuvimos compartimos un par de proyectos que, como decía antes, marcaron mi vida para siempre.

Como sucede siempre en este tipo de reuniones, uno tiende a hablar mucho del pasado. Uno revive una y otra vez un sinfín de anécdotas. Está también el espacio para narrar una síntesis de lo que ha sucedido en los años que uno se alejó de la existencia del otro, ligándose siempre a un selectivo resumen del estado presente de las cosas. Y se vuelve al pasado.

Y esa vuelta al pasado puede conducirnos más allá de las palabras. Al menos así me sucedió esa tarde. Sin darme cuenta, llegó un momento en que la magia que nos unía hace más de una década estaba presente sobre la mesa. Y sentí una tremenda nostalgia por mí mismo. A eso intentaba referirme en la entrada anterior cuando hablaba de entablar un diálogo con el que era yo hace unos años. Mientras reíamos y nos mirábamos con entusiasmo, una parte de mí de se desprendía e intentaba mirarme desde fuera, alegrándose de verme con tal entusiasmo pero, a la vez, preguntándose dónde habían quedado tantas cosas de ese que yo era, ese que solía soñar, ese que se apasionaba locamente con un sinfín de proyectos.

No quiero seguir extendiéndome en esto. Siento que terminaré dando vueltas en un mismo sitio. Baste decir por ahora que la química desatada nuevamente hace unos días me obliga a replantearme muchas cosas. Dependiendo cómo vaya todo, ya estaré por acá dando cuenta de ello.

[Al pie. De quienes formamos parte de esos proyectos, faltó un amigo fundamental que hoy vive en su natal Oaxaca. Con él me topé en esas tierras hace un par de años. Lo echamos de menos sin duda la tarde del sábado, pero su presencia nos acompañó y sé que no pasará mucho tiempo para que podamos sumarlo a algún encuentro.]

domingo, 6 de junio de 2010

Doce años

Y de pronto, sin mayor aviso, simplemente sucedió. Doce años después ahí estábamos de nuevo. Como sucede siempre en ese tipo de reencuentros, varias charlas giraron en torno a evocaciones de los días que compartimos. A ratos los recuerdos tendían puentes para reconstruir fragmentos del presente, tanto el propio como el de aquellos con quienes solíamos convivir de forma más o menos cercana. Y hubo momentos también, afortunadamente, para mirar —o al menos intentar mirar— hacia adelante.

Correré el riesgo de sonar atorado en la melancolía, pero debo decir que pese a las huellas producidas por doce años de camino, no tardé en entrar en un profundo diálogo con el que era yo mismo en aquel entonces. De pronto desconocí al que deambula en estos días y empecé a recuperar algo de mí que tenía olvidado. Quizá por eso el momento se alargó tanto. Prácticamente diez horas de un encuentro que ahora me parece fue solo un instante y que parece haber sucedido al día siguiente de la última vez que estuvimos todos juntos —doce años atrás— en ese mismo lugar.

No sé qué sigue. Pero algo está claro: no puedo seguir adelante como si lo de esta tarde no hubiese sucedido.

[Sé que estoy siendo otra vez confuso, críptico. Y quisiera explicarme mejor. Pero es tarde, estoy cansado y mañana debo levantarme temprano para empezar nuevamente a desahogar pendientes. Tengo ya la deuda del 8 1/2. Sumo ahora el compromiso de volver sobre el mágico reencuentro de esta tarde.]

sábado, 29 de mayo de 2010

De nuevo...


«Y pensé en esa imagen ante la que me rendí a las pocas semanas de mi llegada a este país... la imagen del sol en la montaña... Ahí, en Montserrat, viví una de las místicas experiencias con las que iniciaría esta travesía. Ahí, hice un resumen de mí mismo y agradecí a Dios (mirándolo de frente bajo ese resplandeciente sol) el sinfín de bendiciones que ha puesto en mi camino a lo largo de toda mi vida. Aquellas que he comprendido a tiempo y también las que no he sido capaz de reconocer en su momento. Aquellas que habrían de venir (y han seguido llegando) y las que seguro están todavía en el camino.

En general, toda mi vida he intentado tener presente ese sentido de agradecimiento. Seguro que hay días en que el ajetreo me hace pasarlo por alto. Pero siempre es buen momento para hacer una pausa, echar un vistazo atrás, agradecer... y continuar.»

Fragmento de "Agradecimiento" en Ernesto en Barcelona, el 26 de junio de 2008.