viernes, 26 de octubre de 2012

Quisiera escribir

Una hora. Sí, parece que tengo disponible una hora. ¿Para qué? Para mí. Y lo primero que pienso es en escribir. No porque no tenga otras alternativas (comer, por ejemplo, para evitar andar con un sándwich en el estómago, como ayer), sino porque el cúmulo de palabras acumuladas es inmenso y ya se se parece a una jaqueca. Más aún: a un ataque de migraña. 

Abro esta página y comienzo. O, mejor dicho, simulo que comienzo. Porque en realidad no digo nada. O al menos nada de lo que quisiera decir. Nada de eso que parece ya cortar las pocas sinapsis que operan con normalidad en mi sistema nervioso. ¿Qué escribo entonces? Esto. Escribo que quisiera escribir reflexiones surgidas de sonidos, imágenes, encuentros. Escribo que quisiera escribir sobre los pasos que caminamos —¡hace ya casi un mes!— sobre la delgada isla de los rascacielos que insisten en desafiar al cielo —y a los hombres— como si Babel ni siquiera una fábula —porque a los que mandan construir rascacielos las moralejas les dicen poco o, más probablemente, les resultan incomprensibles—. Escribo que quisiera escribir sobre la enorme y poderosa dosis de alimento que tuve la oportunidad de dar a mi espíritu en una nueva edición del Festival Internacional Cervantino —la cuadragésima en su historia, la cuarta consecutiva en mi biografía— y de la cual deriva una larga cadena de sentires que merecerían cada uno un par de las horas que ahora mismo consumo escribiendo que quisiera escribir sobre ello. Escribo también que quisiera escribir sobre las crisis pedagógicas que han acompañado mis pasos con particular énfasis en los meses recientes, crisis que han sido aderezadas por pequeñas pero significativas provocaciones que me mueven a un intento de diálogo que invariablemente se frustra ante la ausencia de un interlocutor que coincida conmigo en el mínimo necesario de tiempo y espacio para que que pueda materializarse. 

Escribo que quisiera escribir sobre tantas cosas, pero los sesenta minutos de los que disponía cuando comencé a escribir esto, han sido interrumpidos una y otra vez. No han sido míos como ingenuamente anhele a llegar el primero. Y así, es hora de moverme de aquí. Hay, sin embargo, una luz. Una luz que dice que vendrán pronto algunos periodos semejantes a este que ahora termina de consumirse. Hay, pues, esperanza de venir a escribir sobre todo ello.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Inspiración

Después del acto cívico que organizamos en el colegio cada año para conmemorar el 16 de septiembre, mientras decenas de niños corren por el patio, se me acerca sonriente Emilio, que cursa segundo de Primaria.

"Me gustó mucho cómo diste el grito."

"¡Gracias!" respondo, entre sorprendido y emocionado. "Es que me motiva verlos tan entusiasmados."

Con los ojos brillando —con la misma intensidad con la que brillaban minutos antes los de la mayoría de sus compañeros mientras respondían a mi arenga con sus "¡Viva!"— sonríe todavía más y me pregunta: "¿Te inspiramos?"

Trato de responder con un claro: "Sí, me inspiran", pero me traiciona la misma lágrima que ahora, mientras lo escribo. Alcanzo a pronunciar el "Sí" y sonriendo le sacudo el cabello, como hago con los pequeños cuando quiero acompañar un gesto de afecto.

Emilio vuelve al patio a jugar. Y yo me quedo con ese "Sí, me inspiran" y lo completo con un: "Me inquieta pensar en lo que les estamos legando, pero al mismo tiempo me llenan de esperanza."

Camino de vuelta a mi oficina pensando en esa macabra tentación que ronda las aulas de cualquier escuela: dejarles el futuro a ellos, como si el presente resultara irremediable.





lunes, 10 de septiembre de 2012

Quienes amamos la delicada experiencia de perderse en las letras... quienes estamos dispuestos a todo en la travesía irrepetible que significa perseguir la palabra justa —esa que tan pocas veces se deja atrapar—... quienes ansiamos en cada conversación —por trivial que parezca— la irrupción de algún vocablo perdido, un vocablo capaz de arrojarnos al abrasador abismo donde el alfabeto construye mundos infinitos a nuestras espaldas. Nosotros, todos, lo echaremos mucho de menos, Don Ernesto.



viernes, 24 de agosto de 2012

Buscando palabras

Sin palabras. Así ando. ¿Existe una palabra para describir esta condición? No, no una frase: una palabra. Busco un adjetivo, está claro. Y no dudo que exista, pero en congruencia con el estado que lamento, no la encuentro. Como tampoco encuentro las que necesito para contar tantas cosas. Pasa esto, pasa aquello, y me digo siempre: "Voy a escribir algo acerca de esto" o "de aquello". Pero cuando el momento llega... nada: las palabras se escabullen y me dejan ahí, solo, perdido, abandonado (evocando a Manon Lescaut, quizá justamente porque no encuentro palabras mías).

Cierto: he tenido mucho trabajo. O me lo he inventado y me lo he creído. Da lo mismo. El hecho es que mi cuerpo y mi espíritu terminan cada jornada en un estado de agotamiento que no alcanzo siquiera a pensar con claridad. Trazo algunos garabatos, leo lo que otros comentan por aquí o por allá, y me quedo dormido para despertar cinco horas después a reiniciar el bucle en el que llevo atrapado varios días. (Con dignas excepciones los fines de semana, es verdad. Pero son excepciones tan intensas que termino refugiándome en ellas igual que en el trabajo, dejando de lado eso que palpita en un rincón intangible de mi alma.)

En fin. Son tantos los temas que he querido compartir acá (o en alguna otra libreta, de papel o digital), que pronto los he ido olvidando. Regresan a veces, a recriminarme que no les haya dedicado siquiera un par de párrafos. Están ahí muchas lecturas (en particular dos libros de Guadalupe Nettel), muchas películas (destacando las más recientes de Woody Allen y Christopher Nolan), mucho teatro (de todo género), mucha música (aquí la lista parece infinita...). Está, por supuesto, la impresionante función de ópera, el pasado domingo, en mi refugio espiritual de esta ciudad zapatera. Y hay tanto que decir de esa bohemia, que sin las palabras que me parece incluso indigno mencionarla en este soliloquio que parece trasnochado y que escribo en este paréntesis que he abierto antes del ocaso... Porque con la oscuridad llegan las ansias de escribir, pero se acentúa la ausencia de palabras. Y no tarda en anochecer.

Espero, pues, volver pronto. Recuperar las palabras. Recuperar lo que prometí al inicio de este año. Porque esa promesa es una deuda conmigo que se vuelve implacable cada vez con más frecuencia. Cada vez con más fuerza.

miércoles, 1 de agosto de 2012

El "error" de Elenita

Aquí sigo. Lidiando con largas jornadas y viendo cómo se acumulan numerosos temas e ideas que me gustaría compartir en alguna de mis libretas digitales. Ya ando preparando varias cosas para actualizar la mayoría de ellas. Pero mientras eso sucede, me topo con un tuit sobre el más reciente traspié de Elenita, como le dicen a la Poniatowska. Quise responder en uno o dos trinos, pero me di cuenta que el límite de caracteres no me permitía desarrollar con claridad mi argumento. Así que aprovecho la pausa de comida para acudir a esta plataforma.

Entiendo que la octogenaria señora Poniatowska no cuente ya con la lucidez que pudo caracterizarle siendo más joven, pero no veo de qué modo eso pueda justificar que sucediera lo que sucedió. La anécdota en un par de líneas: en un texto dedicado a la vida y obra de Jorge Luis Borges, la mexicana atribuyó al argentino un texto que hace años circula en correos electrónicos como si hubiese sido escrito por éste. El comentario de Poniatowska, por lo que entiendo, logró librar algunos filtros pues el libro en cuestión se editó y llegó a las librerías pasando por alto esta torpeza.

Leí por primera vez el texto "Instantes" hace por lo menos década y media. Fue uno de los primeros llamados "forward" que saturaron mis tempranas cuentas de correo electrónico. En aquellos días un profesor de literatura en la universidad compartió con nosotros, sus alumnos, los motivos por lo que costaría trabajo creer que ese texto podría haber sido escrito por el célebre poeta argentino.

Hace tiempo se insiste en el carácter apócrifo del material en cuestión —bastante cursi, si me permiten un juicio personal al respecto—. Se supone es traducción de un texto de la estadounidense Nadine Stair —cosa que tampoco me consta, pues no conozco el original—. Ni en forma ni en contenido habría motivo para justificar la creencia de que Borges pudiera haber escrito esas líneas. Tan absurdo creerlo como aceptar que Gabriel García Márquez hubiese escrito aquel tristemente célebre "poema" del comediante Johnny Welch que durante años se ha adjudicado al Nobel colombiano, en otro de esos correos que hace años nos dejaron ver el potencial viral de las plataformas digitales —y que todavía circula por ahí, no tengo duda.

Leo más notas sobre el "error" de Elenita y más me enfurece. No fue una declaración casual. Tampoco un texto redactado con alguna presión editorial. Se trata, según parece, de la revisión de una entrevista que ya antes había sido divulgada. Es decir: la escritora "corrigió" su texto incorporando falacias. Eso es más que una confusión: es mentir y manchar un documento que de suyo poseía un determinado valor histórico y periodístico.

Sin afán de hacer de éste un asunto político, no puedo evitar reírme de quienes insistían en querer convencerme de lo acertada que era la propuesta del candidato de las izquierdas al proponer a Elenita como parte de su gabinete, para dirigir los esfuerzos culturales del posible gobierno. En mucho coincido con la plataforma de la izquierda, pero no somos pocos los que siempre señalamos lo ridículo que resultaba aquel planteamiento, por más homenaje que quisiera simbolizar ese gesto.