Después del acto cívico que organizamos en el colegio cada año para conmemorar el 16 de septiembre, mientras decenas de niños corren por el patio, se me acerca sonriente Emilio, que cursa segundo de Primaria.
"Me gustó mucho cómo diste el grito."
"¡Gracias!" respondo, entre sorprendido y emocionado. "Es que me motiva verlos tan entusiasmados."
Con los ojos brillando —con la misma intensidad con la que brillaban minutos antes los de la mayoría de sus compañeros mientras respondían a mi arenga con sus "¡Viva!"— sonríe todavía más y me pregunta: "¿Te inspiramos?"
Trato de responder con un claro: "Sí, me inspiran", pero me traiciona la misma lágrima que ahora, mientras lo escribo. Alcanzo a pronunciar el "Sí" y sonriendo le sacudo el cabello, como hago con los pequeños cuando quiero acompañar un gesto de afecto.
Emilio vuelve al patio a jugar. Y yo me quedo con ese "Sí, me inspiran" y lo completo con un: "Me inquieta pensar en lo que les estamos legando, pero al mismo tiempo me llenan de esperanza."
Camino de vuelta a mi oficina pensando en esa macabra tentación que ronda las aulas de cualquier escuela: dejarles el futuro a ellos, como si el presente resultara irremediable.
viernes, 14 de septiembre de 2012
lunes, 10 de septiembre de 2012
Quienes amamos la delicada experiencia de perderse en las letras... quienes estamos dispuestos a todo en la travesía irrepetible que significa perseguir la palabra justa —esa que tan pocas veces se deja atrapar—... quienes ansiamos en cada conversación —por trivial que parezca— la irrupción de algún vocablo perdido, un vocablo capaz de arrojarnos al abrasador abismo donde el alfabeto construye mundos infinitos a nuestras espaldas. Nosotros, todos, lo echaremos mucho de menos, Don Ernesto.
viernes, 24 de agosto de 2012
Buscando palabras
Sin palabras. Así ando. ¿Existe una palabra para describir esta condición? No, no una frase: una palabra. Busco un adjetivo, está claro. Y no dudo que exista, pero en congruencia con el estado que lamento, no la encuentro. Como tampoco encuentro las que necesito para contar tantas cosas. Pasa esto, pasa aquello, y me digo siempre: "Voy a escribir algo acerca de esto" o "de aquello". Pero cuando el momento llega... nada: las palabras se escabullen y me dejan ahí, solo, perdido, abandonado (evocando a Manon Lescaut, quizá justamente porque no encuentro palabras mías).
Cierto: he tenido mucho trabajo. O me lo he inventado y me lo he creído. Da lo mismo. El hecho es que mi cuerpo y mi espíritu terminan cada jornada en un estado de agotamiento que no alcanzo siquiera a pensar con claridad. Trazo algunos garabatos, leo lo que otros comentan por aquí o por allá, y me quedo dormido para despertar cinco horas después a reiniciar el bucle en el que llevo atrapado varios días. (Con dignas excepciones los fines de semana, es verdad. Pero son excepciones tan intensas que termino refugiándome en ellas igual que en el trabajo, dejando de lado eso que palpita en un rincón intangible de mi alma.)
En fin. Son tantos los temas que he querido compartir acá (o en alguna otra libreta, de papel o digital), que pronto los he ido olvidando. Regresan a veces, a recriminarme que no les haya dedicado siquiera un par de párrafos. Están ahí muchas lecturas (en particular dos libros de Guadalupe Nettel), muchas películas (destacando las más recientes de Woody Allen y Christopher Nolan), mucho teatro (de todo género), mucha música (aquí la lista parece infinita...). Está, por supuesto, la impresionante función de ópera, el pasado domingo, en mi refugio espiritual de esta ciudad zapatera. Y hay tanto que decir de esa bohemia, que sin las palabras que me parece incluso indigno mencionarla en este soliloquio que parece trasnochado y que escribo en este paréntesis que he abierto antes del ocaso... Porque con la oscuridad llegan las ansias de escribir, pero se acentúa la ausencia de palabras. Y no tarda en anochecer.
Espero, pues, volver pronto. Recuperar las palabras. Recuperar lo que prometí al inicio de este año. Porque esa promesa es una deuda conmigo que se vuelve implacable cada vez con más frecuencia. Cada vez con más fuerza.
Cierto: he tenido mucho trabajo. O me lo he inventado y me lo he creído. Da lo mismo. El hecho es que mi cuerpo y mi espíritu terminan cada jornada en un estado de agotamiento que no alcanzo siquiera a pensar con claridad. Trazo algunos garabatos, leo lo que otros comentan por aquí o por allá, y me quedo dormido para despertar cinco horas después a reiniciar el bucle en el que llevo atrapado varios días. (Con dignas excepciones los fines de semana, es verdad. Pero son excepciones tan intensas que termino refugiándome en ellas igual que en el trabajo, dejando de lado eso que palpita en un rincón intangible de mi alma.)
En fin. Son tantos los temas que he querido compartir acá (o en alguna otra libreta, de papel o digital), que pronto los he ido olvidando. Regresan a veces, a recriminarme que no les haya dedicado siquiera un par de párrafos. Están ahí muchas lecturas (en particular dos libros de Guadalupe Nettel), muchas películas (destacando las más recientes de Woody Allen y Christopher Nolan), mucho teatro (de todo género), mucha música (aquí la lista parece infinita...). Está, por supuesto, la impresionante función de ópera, el pasado domingo, en mi refugio espiritual de esta ciudad zapatera. Y hay tanto que decir de esa bohemia, que sin las palabras que me parece incluso indigno mencionarla en este soliloquio que parece trasnochado y que escribo en este paréntesis que he abierto antes del ocaso... Porque con la oscuridad llegan las ansias de escribir, pero se acentúa la ausencia de palabras. Y no tarda en anochecer.
Espero, pues, volver pronto. Recuperar las palabras. Recuperar lo que prometí al inicio de este año. Porque esa promesa es una deuda conmigo que se vuelve implacable cada vez con más frecuencia. Cada vez con más fuerza.
miércoles, 1 de agosto de 2012
El "error" de Elenita
Aquí sigo. Lidiando con largas jornadas y viendo cómo se acumulan numerosos temas e ideas que me gustaría compartir en alguna de mis libretas digitales. Ya ando preparando varias cosas para actualizar la mayoría de ellas. Pero mientras eso sucede, me topo con un tuit sobre el más reciente traspié de Elenita, como le dicen a la Poniatowska. Quise responder en uno o dos trinos, pero me di cuenta que el límite de caracteres no me permitía desarrollar con claridad mi argumento. Así que aprovecho la pausa de comida para acudir a esta plataforma.
Entiendo que la octogenaria señora Poniatowska no cuente ya con la lucidez que pudo caracterizarle siendo más joven, pero no veo de qué modo eso pueda justificar que sucediera lo que sucedió. La anécdota en un par de líneas: en un texto dedicado a la vida y obra de Jorge Luis Borges, la mexicana atribuyó al argentino un texto que hace años circula en correos electrónicos como si hubiese sido escrito por éste. El comentario de Poniatowska, por lo que entiendo, logró librar algunos filtros pues el libro en cuestión se editó y llegó a las librerías pasando por alto esta torpeza.
Leí por primera vez el texto "Instantes" hace por lo menos década y media. Fue uno de los primeros llamados "forward" que saturaron mis tempranas cuentas de correo electrónico. En aquellos días un profesor de literatura en la universidad compartió con nosotros, sus alumnos, los motivos por lo que costaría trabajo creer que ese texto podría haber sido escrito por el célebre poeta argentino.
Hace tiempo se insiste en el carácter apócrifo del material en cuestión —bastante cursi, si me permiten un juicio personal al respecto—. Se supone es traducción de un texto de la estadounidense Nadine Stair —cosa que tampoco me consta, pues no conozco el original—. Ni en forma ni en contenido habría motivo para justificar la creencia de que Borges pudiera haber escrito esas líneas. Tan absurdo creerlo como aceptar que Gabriel García Márquez hubiese escrito aquel tristemente célebre "poema" del comediante Johnny Welch que durante años se ha adjudicado al Nobel colombiano, en otro de esos correos que hace años nos dejaron ver el potencial viral de las plataformas digitales —y que todavía circula por ahí, no tengo duda.
Leo más notas sobre el "error" de Elenita y más me enfurece. No fue una declaración casual. Tampoco un texto redactado con alguna presión editorial. Se trata, según parece, de la revisión de una entrevista que ya antes había sido divulgada. Es decir: la escritora "corrigió" su texto incorporando falacias. Eso es más que una confusión: es mentir y manchar un documento que de suyo poseía un determinado valor histórico y periodístico.
Sin afán de hacer de éste un asunto político, no puedo evitar reírme de quienes insistían en querer convencerme de lo acertada que era la propuesta del candidato de las izquierdas al proponer a Elenita como parte de su gabinete, para dirigir los esfuerzos culturales del posible gobierno. En mucho coincido con la plataforma de la izquierda, pero no somos pocos los que siempre señalamos lo ridículo que resultaba aquel planteamiento, por más homenaje que quisiera simbolizar ese gesto.
Entiendo que la octogenaria señora Poniatowska no cuente ya con la lucidez que pudo caracterizarle siendo más joven, pero no veo de qué modo eso pueda justificar que sucediera lo que sucedió. La anécdota en un par de líneas: en un texto dedicado a la vida y obra de Jorge Luis Borges, la mexicana atribuyó al argentino un texto que hace años circula en correos electrónicos como si hubiese sido escrito por éste. El comentario de Poniatowska, por lo que entiendo, logró librar algunos filtros pues el libro en cuestión se editó y llegó a las librerías pasando por alto esta torpeza.
Leí por primera vez el texto "Instantes" hace por lo menos década y media. Fue uno de los primeros llamados "forward" que saturaron mis tempranas cuentas de correo electrónico. En aquellos días un profesor de literatura en la universidad compartió con nosotros, sus alumnos, los motivos por lo que costaría trabajo creer que ese texto podría haber sido escrito por el célebre poeta argentino.
Hace tiempo se insiste en el carácter apócrifo del material en cuestión —bastante cursi, si me permiten un juicio personal al respecto—. Se supone es traducción de un texto de la estadounidense Nadine Stair —cosa que tampoco me consta, pues no conozco el original—. Ni en forma ni en contenido habría motivo para justificar la creencia de que Borges pudiera haber escrito esas líneas. Tan absurdo creerlo como aceptar que Gabriel García Márquez hubiese escrito aquel tristemente célebre "poema" del comediante Johnny Welch que durante años se ha adjudicado al Nobel colombiano, en otro de esos correos que hace años nos dejaron ver el potencial viral de las plataformas digitales —y que todavía circula por ahí, no tengo duda.
Leo más notas sobre el "error" de Elenita y más me enfurece. No fue una declaración casual. Tampoco un texto redactado con alguna presión editorial. Se trata, según parece, de la revisión de una entrevista que ya antes había sido divulgada. Es decir: la escritora "corrigió" su texto incorporando falacias. Eso es más que una confusión: es mentir y manchar un documento que de suyo poseía un determinado valor histórico y periodístico.
Sin afán de hacer de éste un asunto político, no puedo evitar reírme de quienes insistían en querer convencerme de lo acertada que era la propuesta del candidato de las izquierdas al proponer a Elenita como parte de su gabinete, para dirigir los esfuerzos culturales del posible gobierno. En mucho coincido con la plataforma de la izquierda, pero no somos pocos los que siempre señalamos lo ridículo que resultaba aquel planteamiento, por más homenaje que quisiera simbolizar ese gesto.
miércoles, 27 de junio de 2012
Cinco sugerencias para este domingo
Una serie de circunstancias que si no se tratara de mi vida calificaría de azarosas, condujeron a que el jueves pasado recibiera una llamada de la Capacitadora-Asistente Electoral de mi sección (electoral, disculpando la cacofonía) anunciándome que tenía un nombramiento para mí. Horas más tarde estaba yo recibiendo la correspondiente capacitación para fungir como funcionario de casilla en la jornada electoral del próximo domingo. Mi formación fue completada con diversos materiales (manual, cuaderno de trabajo, formatos para prácticas) y un simulacro con otros funcionarios el fin de semana.
Sin duda me siento honrado de participar de este modo en un proceso electoral que ha sido cuestionado por algunos desde los cuatro costados. Considero una gran oportunidad vivir por primera vez el proceso desde esta trinchera. Sin embargo, como anticipaba hace unos días, me inquieta la fragilidad de un proceso semejante en manos de ciudadanos mayoritariamente bien intencionados, pero bajo la lupa de quienes acechan con intereses particulares dispuestos a cuestionar cuanto sea necesario para que al final la voluntad popular –acertada o suicida, razonada o visceral, informada o banal– sea marginada y manipulada con absoluto desdén hacia el ciudadano de a pie.
El proceso electoral es claro pero está lleno de minucias. Y es en esos detalles donde los operadores electorales –de todos los colores, no tengo duda– estarán buscando el modo de dar vuelta a los resultados que nos les favorezcan.
Pensando en ello, y consciente de que el número de observadores electorales registrados es menor a lo deseable, creo que nos toca a los ciudadanos comunes y corrientes actuar sensatamente y promover una elección limpia y en la que el resultado –favorezca o no a nuestros gallos o gallinas– se respete.
Después de estudiar a conciencia los materiales de capacitación para funcionarios de casilla del IFE y las normas del proceso electoral federal, me gustaría compartir algunos consejos que pueden permitirnos a los electores aportar certeza a los resultados de sus casillas. Actuar local, pensando en incidir a gran escala.
Van pues algunos las sugerencias que se me ocurren. Si alguno considera oportuno agregar algo, ahí tiene la opción de comentar para sumar.
1. Inicio de la votación. Si bien se anuncia que la jornada inicia a las 8:00, en realidad a esta hora nadie podrá votar. Las reglas marcan que no puede iniciarse la instalación de la casilla antes de las 8 de la mañana. Incumplir esta norma puede conducir a anular los resultados de toda la casilla, así que pase lo que pase, los funcionarios debemos cuidar este punto. Los electores madrugadores, tengan paciencia. Tomen en cuenta que hay una tolerancia de 1 minutos para iniciar la instalación, y que el proceso de armado y llenado de actas iniciales difícilmente toma menos de 15 minutos. Así, consideren que en promedio la votación iniciará pasadas las 8:30. Si llegan antes de iniciar la votación, echen la mano no presionando a los funcionarios. Con calma, todo arrancará como debe ser.
2. Cierre de la votación. Las reglas son claras: a las 6 de la tarde se cierra la casilla. Si hubiera electores en la fila, solo los que estén formados a las 6 en punto podrán votar. Cada casilla tendrá, en función del espacio, el modo de declarar ese cierre y deja claro que ya nadie puede formarse después de las 6, por más que insista y por más argumentos que esgrima. De nuevo, incumplir esto pone en riesgo la elección de la casilla entera. La manera de ayudar es clara: organizar la agenda para llegar a votar temprano. Ponerse como límite las 5 puede ayudar: si algo se te complica, tendrás un margen. No apuestes al límite por favor.
3. Claridad en la intención del voto. La forma en que aparecen las coaliciones en esta ocasión, puede confundir a los electores. Hay muchas maneras válidas de votar, pero esa variedad implica riesgos. Mi consejo es concreto: elijan de preferencia un solo recuadro. Si deciden votar por un candidato en coalición, elijan, de los partidos que lo postulan, al que consideren conveniente apoyar. Recuerden: al marcar a ese partido suman en favor de su porcentaje de votación, con todo lo que ello implica (presupuesto federal incluido). Otra sugerencia: marquen de la manera más sencilla posible. Sugiero la tradicional X o, si les parece más positivo, una palomita. Eviten textos o anotaciones que puedan confundir a los funcionarios al momento de contar los votos
4. Promover el orden. Quizá suena hasta ridículo decirlo, pero todos podemos contribuir a ello. Una casilla cuya jornada se desarrolle sin incidentes, tendrá naturalmente resultados respaldados por una mayor certeza jurídica. Todos podemos contribuir a que la elección en nuestra casilla transcurra sin pormenores. Suena a cliché, pero es posible hacer de la jornada electoral una fiesta ciudadana. Hagamos pues que sea una fiesta en paz, promoviendo la armonía, sumando y multiplicando cuando en nuestro entorno algo pudiera manifestarse con intención de restar o dividir.
5. Denunciar irregularidades. Dentro de las casillas, los ciudadanos que actuamos como funcionarios tenemos obligación de vigilar que se cumplan las leyes, que el voto se emita en secreto y libremente, que no se promueva ni se ataque a candidato o partido alguno... Pero fuera de la casilla, el resto de la ciudadanía tiene la obligación de vigilar y cuidar esos mismos principios. Por eso, es importante denuncia ante la FEPADE aquellas conductas que puedan tipificarse como delitos electorales. El voto, subrayo, es libre y secreto. Cualquier conducta que contravenga este principio, debe rechazarse y, en su caso, denunciarse.
No tengo idea de cuál vaya a ser el resultado de la elección que se avecina. Pero sí tengo certeza de algo: lo que suceda esa noche o al día siguiente, será responsabilidad de todos. Todos jugamos alguna parte. Este país es NUESTRO país. Y cuando un país pertenece a tantos y tan diversos, el reto de la convivencia no es poca cosa. Tengo fe en que estaremos a la altura.
Sin duda me siento honrado de participar de este modo en un proceso electoral que ha sido cuestionado por algunos desde los cuatro costados. Considero una gran oportunidad vivir por primera vez el proceso desde esta trinchera. Sin embargo, como anticipaba hace unos días, me inquieta la fragilidad de un proceso semejante en manos de ciudadanos mayoritariamente bien intencionados, pero bajo la lupa de quienes acechan con intereses particulares dispuestos a cuestionar cuanto sea necesario para que al final la voluntad popular –acertada o suicida, razonada o visceral, informada o banal– sea marginada y manipulada con absoluto desdén hacia el ciudadano de a pie.
El proceso electoral es claro pero está lleno de minucias. Y es en esos detalles donde los operadores electorales –de todos los colores, no tengo duda– estarán buscando el modo de dar vuelta a los resultados que nos les favorezcan.
Pensando en ello, y consciente de que el número de observadores electorales registrados es menor a lo deseable, creo que nos toca a los ciudadanos comunes y corrientes actuar sensatamente y promover una elección limpia y en la que el resultado –favorezca o no a nuestros gallos o gallinas– se respete.
Después de estudiar a conciencia los materiales de capacitación para funcionarios de casilla del IFE y las normas del proceso electoral federal, me gustaría compartir algunos consejos que pueden permitirnos a los electores aportar certeza a los resultados de sus casillas. Actuar local, pensando en incidir a gran escala.
Van pues algunos las sugerencias que se me ocurren. Si alguno considera oportuno agregar algo, ahí tiene la opción de comentar para sumar.
1. Inicio de la votación. Si bien se anuncia que la jornada inicia a las 8:00, en realidad a esta hora nadie podrá votar. Las reglas marcan que no puede iniciarse la instalación de la casilla antes de las 8 de la mañana. Incumplir esta norma puede conducir a anular los resultados de toda la casilla, así que pase lo que pase, los funcionarios debemos cuidar este punto. Los electores madrugadores, tengan paciencia. Tomen en cuenta que hay una tolerancia de 1 minutos para iniciar la instalación, y que el proceso de armado y llenado de actas iniciales difícilmente toma menos de 15 minutos. Así, consideren que en promedio la votación iniciará pasadas las 8:30. Si llegan antes de iniciar la votación, echen la mano no presionando a los funcionarios. Con calma, todo arrancará como debe ser.
2. Cierre de la votación. Las reglas son claras: a las 6 de la tarde se cierra la casilla. Si hubiera electores en la fila, solo los que estén formados a las 6 en punto podrán votar. Cada casilla tendrá, en función del espacio, el modo de declarar ese cierre y deja claro que ya nadie puede formarse después de las 6, por más que insista y por más argumentos que esgrima. De nuevo, incumplir esto pone en riesgo la elección de la casilla entera. La manera de ayudar es clara: organizar la agenda para llegar a votar temprano. Ponerse como límite las 5 puede ayudar: si algo se te complica, tendrás un margen. No apuestes al límite por favor.
3. Claridad en la intención del voto. La forma en que aparecen las coaliciones en esta ocasión, puede confundir a los electores. Hay muchas maneras válidas de votar, pero esa variedad implica riesgos. Mi consejo es concreto: elijan de preferencia un solo recuadro. Si deciden votar por un candidato en coalición, elijan, de los partidos que lo postulan, al que consideren conveniente apoyar. Recuerden: al marcar a ese partido suman en favor de su porcentaje de votación, con todo lo que ello implica (presupuesto federal incluido). Otra sugerencia: marquen de la manera más sencilla posible. Sugiero la tradicional X o, si les parece más positivo, una palomita. Eviten textos o anotaciones que puedan confundir a los funcionarios al momento de contar los votos
4. Promover el orden. Quizá suena hasta ridículo decirlo, pero todos podemos contribuir a ello. Una casilla cuya jornada se desarrolle sin incidentes, tendrá naturalmente resultados respaldados por una mayor certeza jurídica. Todos podemos contribuir a que la elección en nuestra casilla transcurra sin pormenores. Suena a cliché, pero es posible hacer de la jornada electoral una fiesta ciudadana. Hagamos pues que sea una fiesta en paz, promoviendo la armonía, sumando y multiplicando cuando en nuestro entorno algo pudiera manifestarse con intención de restar o dividir.
5. Denunciar irregularidades. Dentro de las casillas, los ciudadanos que actuamos como funcionarios tenemos obligación de vigilar que se cumplan las leyes, que el voto se emita en secreto y libremente, que no se promueva ni se ataque a candidato o partido alguno... Pero fuera de la casilla, el resto de la ciudadanía tiene la obligación de vigilar y cuidar esos mismos principios. Por eso, es importante denuncia ante la FEPADE aquellas conductas que puedan tipificarse como delitos electorales. El voto, subrayo, es libre y secreto. Cualquier conducta que contravenga este principio, debe rechazarse y, en su caso, denunciarse.
No tengo idea de cuál vaya a ser el resultado de la elección que se avecina. Pero sí tengo certeza de algo: lo que suceda esa noche o al día siguiente, será responsabilidad de todos. Todos jugamos alguna parte. Este país es NUESTRO país. Y cuando un país pertenece a tantos y tan diversos, el reto de la convivencia no es poca cosa. Tengo fe en que estaremos a la altura.
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