miércoles, 1 de septiembre de 2010

Bajando la cortina...

Durante el fin de semana, charlando con buenos y queridos amigos, me di cuenta del abandono tremendo en que tengo este espacio de reflexión —y a veces de confrontación conmigo mismo—. Un abandono que no deriva de la falta de cosas por decir. Al contrario, se han acumulado tantas experiencias y sensaciones que me ha hecho muchísima falta contar con un espacio para liberar, para dejar fluir, para dialogar, para explorar… simplemente para poner en blanco y negro alguna palabra que ayude a seguir completando el rompecabezas.

Y pese a tanta necesidad, nuevamente acabó un mes en el que apenas vine a decir un par de cosas. ¿Por qué tanto silencio si las palabras han estado por ahí, esperando con ansiedad ser arrojadas al mundo?

El abandono de mi “vida pública” en la red se ha visto equilibrado por un constante desahogo en la Moleskine y en la aplicación de notas del teléfono móvil. Anotaciones sin ton ni son, en las que he procurado dejar algún rastro que más adelante me permita reconstruir las transformaciones que estoy atravesando. Pero aunque esas notas me vienen bien, cierto es que echo de menos la extraña experiencia de exponerme. Quizá por ello he comenzado a buscar hacerlo por algunas vías paralelas, dejando este espacio en blanco por semanas.

Una de las personas a quienes vi el fin de semana suele leerme aquí con regularidad. Y a ella le decía yo que quizá el abandono del blog se produzca porque éste empieza a quedar sin sentido. No me refiero a los blogs en general, sino a éste en particular. Y lo compruebo mientras escribo esta nota. Por alguna extraña circunstancia siento que este lugar ha cumplido su función y agotado sus posibilidades. Como si perteneciera a un pasado entrañable pero carente ya de sentido.

Aparece entonces un deseo de comenzar de nuevo. Bajar otra vez la cortina y empezar a escribir una nueva página. De hecho es algo que paulatinamente ha ido sucediendo: ciertas huellas de los últimos meses han quedado plasmadas ya en playas paralelas. Y quizá esa sea la ruta a seguir: formalizar el final de ernesto-bcn como en su momento sucedió con su antecesor ernestoenbarcelona. No sé si el nuevo sucesor serán las Palabras liberadas que empecé a arrojar hace unos meses o si vendrá una nueva plataforma para compartir mis pequeñas soledades. Tampoco tengo claro si ese nuevo inicio llegará pronto o si tardará en darse, ni si el cierre de la cortina aquí sea definitivo o si se conservará esta arena para algunas divagaciones posteriores. Según sea, es probable que los más cercanos a este espacio lo sepan a tiempo y, si así lo deciden, me sigan acompañando un rato más.

martes, 31 de agosto de 2010

Ir y venir

Fui y vine en cuestión casi de horas. Hace ya más de una semana de esto, pero no había tenido el espacio para venir a decir algo al respecto. En mi ruta del Bajío al norte del estado de Nueva York y de regreso, tuve oportunidad de parar unas horas en la gran manzana por segunda vez durante este año.

El motivo de ir y venir tan lejos en un abrir y cerrar de ojos fue la oportunidad de acompañar a una pareja de amigos que decidieron registrar su amor en las bitácoras eclesiásticas. Lo hicieron y lo hicieron con todo, incluyendo una buena dosis de amor, que esperamos opere su mágico poder sobre ellos por muchos años y, en una de esas, para toda la vida.

No pretendo restarle importancia al acontecimiento que me hizo recorrer miles de kilómetros en cuestión de horas, pero como sucede siempre, lo trascendente estuvo en el camino, no en la meta. Un camino que recorrí un poco saturado de pendientes y otro tanto de inquietudes que me han ido sacudiendo las entrañas y el alma al alimón. Una nube a través de la ventanilla. Una ardilla en Central Park. Alguna mirada perdida en la estación del tren. Una canción arrojada sin anticipación desde el reproductor de MP3. Y de pronto la mente empieza a encontrar fragmentos de la inspiración perdida o a quitar un poco de polvo a las dudas enterradas tiempo atrás. No es fácil enfrentarse a uno mismo. Pero viajar siempre ha sido para mí una extraordinaria forma de hacerlo. Durante uno de los trayectos del viaje, saqué el ordenador portátil y escribí algunas líneas...

Viernes 20 de agosto

Quizá porque la vida en sí misma es un viaje, salir y recorrer largas distancias me resulta tan apasionante. Y cuando uso la palabra apasionante no estoy seguro de si sea la palabra correcta. Me viene a la mente simplemente porque asocio la pasión con compromiso, con entrega, con emociones. La pasión puede manifestarse a través de las más sutiles expresiones, aunque entiendo que sea más sencillo asociarla con reacciones explosivas, de grandes dimensiones.

Voy a bordo de un tren, dejando atrás Penn Station en Manhathan, rumbo a un lugar llamado Albany. Origen y destino son, en este caso como en tantos otros, irrelevantes. Son un punto de referencia para dar sentido formal a la idea de viajar en tren, idea de la que estoy partiendo. Pero digo que es irrelevante porque lo que cruza mi mente va más allá de Nueva York o del propósito que me ha conducido hoy a recorrer el citado trayecto. No sólo va más allá. Diría que nada tiene que ver.

Decía, pues, que voy a bordo de un tren. Los trenes, como los aviones, producen un sentido muy peculiar en mí. Seguro éste es producto de la acumulación de experiencias personales mezcladas con las millones de imágenes que seguramente mi mente inconsciente ha acumulado con el paso de los años a través de películas, libros y programas de televisión. (Esto podría explicar por que los viajes en autobús, si bien tienen su componente atractivo y aportan cierta dosis de inspiración, nunca podrían compararse con un viaje en tren o en avión... O en barco.)

Claro, se supone que tendría que estar escribiendo los libros que tengo que enviar este fin de semana. O revisando los avances de tesis de mis alumnos de maestría. O ya de plano preparando algunas de las cosas que tendría que tener listas para el colegio esta semana. Pero no. Estoy escribiendo sobre mí otra vez. Estoy una vez más evadiendo la realidad que me he impuesto a lo largo de no sé cuántos años, intentando emigrar hacia esa otra realidad que abandoné en algún momento de mi vida, haciendo que los pocos rastros de ella que hoy sobreviven sean acaso pinceladas de una fantasía, convirtiendo ese otro mundo en una auténtica ficción.

Vuelvo a hoy, martes 31 de agosto. Cerrando una entrada que empecé a escribir el viernes 27. Tengo ya en fila una nota que escribí anoche. De una vez la dejo programada para mañana en la tarde. Anticipo por lo pronto que se trata de una entrada que puede resultar inesperada. O quizá no tanto. (Ya ves, nomás ganas de intrigar un poquito.)

jueves, 5 de agosto de 2010

El libro de las contradicciones

Después de semanas y semanas de andarlo anticipando —y un poco forzado ante el colapso de Twitter que no deja de desplegarme a su ballenita— me decido a hablar por fin sobre el mentado libro de las contradicciones.

Hace algunos meses una querida amiga y ex-compañera de trabajo, me invitó a colaborar en un proyecto editorial: elaborar una serie de cuadernos de trabajo para la asignatura de Orientación y Tutoría que se imparte en secundaria.

Juro que me resistí. De veras. Esta vez no dije que sí a la primera, como suele ser mi costumbre. Sí, lo admito, soy un fácil, pero esta vez estaba decidido a cambiar. Y no lo conseguí. En cambio, acepté asumir la autoría de uno de los tres textos.

La empresa nos dio un margen muy amplio para definir los contenidos de la obra y marcó (al menos al inicio) pocos criterios editoriales. Eso es bueno y malo. Bueno porque uno no tiene que someterse como suele suceder a un plan de obra que casi te dice lo que debes pensar. Malo porque nos dejaban una libertad de esas tan amplias que uno no sabe qué hacer con ella. Después de revisar muchos materiales, terminé armando mi índice tentativo: mis cinco bloques con seis temas cada uno. El siguiente paso sería escribir y escribir sobre aquello.

Después del típico reto de vencer a la página en blanco, las primeras lecciones fluyeron más o menos. Sin embargo, muy pronto empezó a ser evidente algo que apenas había anticipado. Mejor dicho, algo que sabía pero me había negado a reconocer: estaba escribiendo un libro que, primero, habla de cuestiones que no creo que se puedan enseñar con libros y, segundo, intenta orientar sobre cuestiones en las que difícilmente podría yo considerarme un ejemplo a seguir. Muy por el contrario.

Me explico. ¿Qué puedo escribir yo sobre la importancia de aprender a manejar el estrés? ¿Qué tipo de consejo puedo ofrecer acerca de la organización del tiempo? ¿Con qué cara puedo hablarle a alguien sobre la importancia de saber decir que no, o sugerir algo con respecto a la forma de manejar adecuadamente las emociones en nuestras relaciones interpersonales?

Llevo ya semanas y semanas escribiendo sobre todo esto. No niego la importancia de tales temas. Es solo que me siento la persona menos indicada para hacerlo. ¿Quién es uno para decirle a los chavitos lo que es mejor para ellos? Claro, he procurado evitar cualquier tipo de adoctrinamiento, pero los temas en sí encierran una cierta tendencia a promover los dichosos valores democráticos y las virtudes de la convivencia. Sí, creo en todo ello en su sentido más general. Pero, más allá de mi propia incapacidad para hacer de eso una realidad, cada día tengo más dudas respecto a todo esto que nos empeñamos en enseñarle a los más jóvenes.

Lo sé. Sueno exagerado. Demasiado radical, quizá. Pero confieso que cada vez que debo sentarme a escribir una página más del dichoso libro, no puedo evitar pensar que se trata de la encarnación de mis más grandes contradicciones: decir una cosa, pensar otra y terminar haciendo una tercera. La historia de mi vida.

PD. La buena noticia es que ayer envié el cuarto bloque. Faltan un bloque, los anexos y las correcciones de los bloques anteriores. Con todo y eso, ya voy de salida.

domingo, 1 de agosto de 2010

Julio

Se escapó julio. Apenas en tres ocasiones tuve oportunidad de venir aquí e intentar compartir algo en este ajetreado mes. Motivos para venir y volcarme no hicieron falta. Sí, en cambio, un poco de voluntad, sobre todo en la primera parte del mes. Al final, un vuelco. O varios. Y muchas ganas de empezar a transformar el mundo. Mi mundo, para ser más preciso.

Sonará extraño pensar que Las Vegas es un lugar para encontrar inspiración. Pero lo fue, al menos en mi caso. La última semana del mes escapé a la ciudad del pecado, la capital del juego. Y los destellos no llegaron de la mano del primero ni del segundo. Aparecieron en los momentos más inesperados, así, de repente.

Cierto, no fue la ciudad. Ésta fue acaso el escenario para que cayeran algunos veintes que venían rondando la cabeza desde hacía semanas. Fue necesario alejarse de todo lo ordinario para que en cuestión de segundos empezaran a acomodarse algunas ideas. Suena bien. Suena fácil. Y en el momento así es. Toca ahora pasar a la acción. Veremos.

martes, 20 de julio de 2010

Aunque suene mal

Comencé el día leyendo un texto cuyas ideas me han quedado dando vueltas en la cabeza. Me refiero a la entrada más reciente de Ángeles Mastretta en su blog. Tomando prestado el primer verso de un poema de José Emilio Pacheco, Mastretta titula su entrada "No amo a mi patria". Inicia citando los tristes acontecimientos del fin de semana en Torreón, una gota más en ese vaso de a violencia que se nos derramó hace tiempo. En un tono poco optimista la escritora reconoce que nadie sabe qué hacer ante el negro panorama. Yo por lo pronto, paulatinamente he abandonado ya mi deber cívico de escuchar noticias en la radio o leerlas en los diarios. (En la televisión nunca las he visto, así que eso no cuenta.) Y sé que no resuelvo nada, pero me frustra un poco menos. Y, como dice Ángeles en su reflexión, uno no sabe cómo reaccionar.
«Por más que nos la espantemos, por más que ande uno cantando al subir las escaleras o riéndose porque la vieja perra se planta en la puerta del estudio para no dejarnos salir, por más que menos, nos da tristeza ir sabiendo, todos los días, que no sabemos cómo hacerle. Y que contra esta novedad que es el terrorismo de las bandas, no tenemos ni idea. No sabemos nada. Nosotros menos que nadie. Nosotros querríamos leer a Sor Juana, oír a Beethoven, ver la puesta del sol. Nosotros queremos dormir en paz, que los nuestros no tengan pesadillas y que nuestros sean todos los hombres y mujeres de bien que hay en este país. ¿Qué más?»
El poema de Pacheco de donde se desprende esa provocadora línea que Mastretta usa como título, se llama "Alta traición". Es éste:
No amo a mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
-y tres o cuatro ríos.
Lo leo y vienen a mi mente las imágenes de esos lugares de mi patria por lo que (aunque suene mal) daría la vida. Pienso en el azul del cielo que me acompañó ayer en la carretera. Pienso en las primeras e incomprensibles palabras de mi sobrino. Pienso en esa cierta gente que quiero y que es mucha. En esos tres o cuatro ríos.