miércoles, 1 de agosto de 2012

El "error" de Elenita

Aquí sigo. Lidiando con largas jornadas y viendo cómo se acumulan numerosos temas e ideas que me gustaría compartir en alguna de mis libretas digitales. Ya ando preparando varias cosas para actualizar la mayoría de ellas. Pero mientras eso sucede, me topo con un tuit sobre el más reciente traspié de Elenita, como le dicen a la Poniatowska. Quise responder en uno o dos trinos, pero me di cuenta que el límite de caracteres no me permitía desarrollar con claridad mi argumento. Así que aprovecho la pausa de comida para acudir a esta plataforma.

Entiendo que la octogenaria señora Poniatowska no cuente ya con la lucidez que pudo caracterizarle siendo más joven, pero no veo de qué modo eso pueda justificar que sucediera lo que sucedió. La anécdota en un par de líneas: en un texto dedicado a la vida y obra de Jorge Luis Borges, la mexicana atribuyó al argentino un texto que hace años circula en correos electrónicos como si hubiese sido escrito por éste. El comentario de Poniatowska, por lo que entiendo, logró librar algunos filtros pues el libro en cuestión se editó y llegó a las librerías pasando por alto esta torpeza.

Leí por primera vez el texto "Instantes" hace por lo menos década y media. Fue uno de los primeros llamados "forward" que saturaron mis tempranas cuentas de correo electrónico. En aquellos días un profesor de literatura en la universidad compartió con nosotros, sus alumnos, los motivos por lo que costaría trabajo creer que ese texto podría haber sido escrito por el célebre poeta argentino.

Hace tiempo se insiste en el carácter apócrifo del material en cuestión —bastante cursi, si me permiten un juicio personal al respecto—. Se supone es traducción de un texto de la estadounidense Nadine Stair —cosa que tampoco me consta, pues no conozco el original—. Ni en forma ni en contenido habría motivo para justificar la creencia de que Borges pudiera haber escrito esas líneas. Tan absurdo creerlo como aceptar que Gabriel García Márquez hubiese escrito aquel tristemente célebre "poema" del comediante Johnny Welch que durante años se ha adjudicado al Nobel colombiano, en otro de esos correos que hace años nos dejaron ver el potencial viral de las plataformas digitales —y que todavía circula por ahí, no tengo duda.

Leo más notas sobre el "error" de Elenita y más me enfurece. No fue una declaración casual. Tampoco un texto redactado con alguna presión editorial. Se trata, según parece, de la revisión de una entrevista que ya antes había sido divulgada. Es decir: la escritora "corrigió" su texto incorporando falacias. Eso es más que una confusión: es mentir y manchar un documento que de suyo poseía un determinado valor histórico y periodístico.

Sin afán de hacer de éste un asunto político, no puedo evitar reírme de quienes insistían en querer convencerme de lo acertada que era la propuesta del candidato de las izquierdas al proponer a Elenita como parte de su gabinete, para dirigir los esfuerzos culturales del posible gobierno. En mucho coincido con la plataforma de la izquierda, pero no somos pocos los que siempre señalamos lo ridículo que resultaba aquel planteamiento, por más homenaje que quisiera simbolizar ese gesto.

miércoles, 27 de junio de 2012

Cinco sugerencias para este domingo

Una serie de circunstancias que si no se tratara de mi vida calificaría de azarosas, condujeron a que el jueves pasado recibiera una llamada de la Capacitadora-Asistente Electoral de mi sección (electoral, disculpando la cacofonía) anunciándome que tenía un nombramiento para mí. Horas más tarde estaba yo recibiendo la correspondiente capacitación para fungir como funcionario de casilla en la jornada electoral del próximo domingo. Mi formación fue completada con diversos materiales (manual, cuaderno de trabajo, formatos para prácticas) y un simulacro con otros funcionarios el fin de semana. 

Sin duda me siento honrado de participar de este modo en un proceso electoral que ha sido cuestionado por algunos desde los cuatro costados. Considero una gran oportunidad vivir por primera vez el proceso desde esta trinchera. Sin embargo, como anticipaba hace unos días, me inquieta la fragilidad de un proceso semejante en manos de ciudadanos mayoritariamente bien intencionados, pero bajo la lupa de quienes acechan con intereses particulares dispuestos a cuestionar cuanto sea necesario para que al final la voluntad popular –acertada o suicida, razonada o visceral, informada o banal– sea marginada y manipulada con absoluto desdén hacia el ciudadano de a pie.

El proceso electoral es claro pero está lleno de minucias. Y es en esos detalles donde los operadores electorales –de todos los colores, no tengo duda– estarán buscando el modo de dar vuelta a los resultados que nos les favorezcan.

Pensando en ello, y consciente de que el número de observadores electorales registrados es menor a lo deseable, creo que nos toca a los ciudadanos comunes y corrientes actuar sensatamente y promover una elección limpia y en la que el resultado –favorezca o no a nuestros gallos o gallinas– se respete.

Después de estudiar a conciencia los materiales de capacitación para funcionarios de casilla del IFE y las normas del proceso electoral federal, me gustaría compartir algunos consejos que pueden permitirnos a los electores aportar certeza a los resultados de sus casillas. Actuar local, pensando en incidir a gran escala. 

Van pues algunos las sugerencias que se me ocurren. Si alguno considera oportuno agregar algo, ahí tiene la opción de comentar para sumar. 

1. Inicio de la votación. Si bien se anuncia que la jornada inicia a las 8:00, en realidad a esta hora nadie podrá votar. Las reglas marcan que no puede iniciarse la instalación de la casilla antes de las 8 de la mañana. Incumplir esta norma puede conducir a anular los resultados de toda la casilla, así que pase lo que pase, los funcionarios debemos cuidar este punto. Los electores madrugadores, tengan paciencia. Tomen en cuenta que hay una tolerancia de 1 minutos para iniciar la instalación, y que el proceso de armado y llenado de actas iniciales difícilmente toma menos de 15 minutos. Así, consideren que en promedio la votación iniciará pasadas las 8:30. Si llegan antes de iniciar la votación, echen la mano no presionando a los funcionarios. Con calma, todo arrancará como debe ser.

2. Cierre de la votación. Las reglas son claras: a las 6 de la tarde se cierra la casilla. Si hubiera electores en la fila, solo los que estén formados a las 6 en punto podrán votar. Cada casilla tendrá, en función del espacio, el modo de declarar ese cierre y deja claro que ya nadie puede formarse después de las 6, por más que insista y por más argumentos que esgrima. De nuevo, incumplir esto pone en riesgo la elección de la casilla entera. La manera de ayudar es clara: organizar la agenda para llegar a votar temprano. Ponerse como límite las 5 puede ayudar: si algo se te complica, tendrás un margen. No apuestes al límite por favor.

3. Claridad en la intención del voto. La forma en que aparecen las coaliciones en esta ocasión, puede confundir a los electores. Hay muchas maneras válidas de votar, pero esa variedad implica riesgos. Mi consejo es concreto: elijan de preferencia un solo recuadro. Si deciden votar por un candidato en coalición, elijan, de los partidos que lo postulan, al que consideren conveniente apoyar. Recuerden: al marcar a ese partido suman en favor de su porcentaje de votación, con todo lo que ello implica (presupuesto federal incluido). Otra sugerencia: marquen de la manera más sencilla posible. Sugiero la tradicional X o, si les parece más positivo, una palomita. Eviten textos o anotaciones que puedan confundir a los funcionarios al momento de contar los votos

4. Promover el orden. Quizá suena hasta ridículo decirlo, pero todos podemos contribuir a ello. Una casilla cuya jornada se desarrolle sin incidentes, tendrá naturalmente resultados respaldados por una mayor certeza jurídica. Todos podemos contribuir a que la elección en nuestra casilla transcurra sin pormenores. Suena a cliché, pero es posible hacer de la jornada electoral una fiesta ciudadana. Hagamos pues que sea una fiesta en paz, promoviendo la armonía, sumando y multiplicando cuando en nuestro entorno algo pudiera manifestarse con intención de restar o dividir. 

5. Denunciar irregularidades. Dentro de las casillas, los ciudadanos que actuamos como funcionarios tenemos obligación de vigilar que se cumplan las leyes, que el voto se emita en secreto y libremente, que no se promueva ni se ataque a candidato o partido alguno... Pero fuera de la casilla, el resto de la ciudadanía tiene la obligación de vigilar y cuidar esos mismos principios. Por eso, es importante denuncia ante la FEPADE aquellas conductas que puedan tipificarse como delitos electorales. El voto, subrayo, es libre y secreto. Cualquier conducta que contravenga este principio, debe rechazarse y, en su caso, denunciarse.

No tengo idea de cuál vaya a ser el resultado de la elección que se avecina. Pero sí tengo certeza de algo: lo que suceda esa noche o al día siguiente, será responsabilidad de todos. Todos jugamos alguna parte. Este país es NUESTRO país. Y cuando un país pertenece a tantos y tan diversos, el reto de la convivencia no es poca cosa. Tengo fe en que estaremos a la altura.

viernes, 22 de junio de 2012

Emociones encontradas (y las respectivas reflexiones) ante mi primera vez

Las primeras veces siempre se producen rodeadas de emociones, aunque éstas pueden ser tantas y tan distintas que pretender identificar un patrón resulta por lo menos ingenuo, cuando no ridículo.

El 1 de julio tendrá lugar una de mis primeras veces: será mi primer participación como funcionario de casilla en un proceso electoral. Las circunstancias que han permitido que esto suceda son muchas y el simple hecho de narrarlas sería en sí mismo suficiente para escribir por lo menos un par de cuentos. Pero no son esas aventuras las que me traen hoy aquí, sino reflexiones que aunque resultan menos alegres, considero necesario compartir antes del día de la votación.

Este texto surge a partir de la capacitación que he recibido del IFE en preparación para la jornada. Ya saben, a mí cualquier cosa me deja pensando y mis divagaciones suelen de pronto llevarme quizá demasiado lejos. El caso es que tras la capacitación llegué a dos conclusiones iniciales. La primera: estoy convencido de que los procedimientos y el diseño en general de la jornada es muy claro, preciso y, estando en manos de ciudadanos bien intencionados –como son en lo general todos los funcionarios nombrados– ofrece condiciones más que suficientes para garantizar una elección limpia. Pero (siempre hay un pero, que en este caso corresponde a mi segunda conclusión), creo que esa misma calidad y precision del proceso, va ligada a una cierta fragilidad que los partidos políticos fácilmente pueden aprovechar para poner en riesgo la limpieza o la transparencia del proceso, operando a través de personas que no necesariamente tienen la neutralidad de la mayoría o que, más aún, trabajan movidos por incentivos e intereses particulares muy cuestionables.

Quizá, víctima de mi habitual paranoia, estoy alucinando de más, pero mientras recibía la capacitación para la jornada y al revisar a detalle mi manual de funcionario, no podía evitar pensar en cómo los partidos políticos pueden operar (y seguramente operarán) durante y después de la jornada, para que el trabajo de miles de ciudadanos y la votación emitida por millones más, se pongan en duda o se modifiquen en su favor. Y lo pienso no por unos u otros, lo afirmo exactamene igual para todos los partidos.

Mientras escuchaba y analizaba los procedimientos a seguir ese día, pensaba en miles y miles de funcionarios de casilla que trabajarán ese domingo en comunidades marginadas (urbanas y rurales) de nuestro País. Por más didáctico que sea el material (y vaya que sí lo es), por más claros y amigables que sean los formatos (y vaya que sí lo son), el peligro está ahí, latente. La buena voluntad de un funcionario de casilla puede dar pie al abuso de un representante de partido vestido con piel de oveja.

Si para un elector promedio puede resultar confuso el tema de marcar casillas cuando piensa votar por un candidato postulado en coalición, ¿podrán los miles de escrutadores aplicar adecuadamente los criterios para separar los votos y decidir cuáles han de anularse? El material de los funcionarios para clasificar los votos es casi a prueba de cualquier carencia neuronal, pero, ¿es eso suficiente? ¿No se pone en riesgo la imparcialidad de unos funcionarios cuando su falta de entereza les haga dudar y aceptar la ayuda del que amablemente les diga que sí sabe cómo y les sugiera amablemente alguna decisión en su favor?

Les confieso: la presencia de representantes en todas las casillas me parece cada día más un arma de dos filos. Ya veo a uno representante asignado a un distrito donde las encuestas no son favorables a su color: observa, deja pasar las irregularidades silenciosamente, quizá incluso proponga alguna acción que se desvíe del procedimiento oficial y, si no hay observadores neutrales y firmes o representantes de su color rival, insisto, deja pasar... Total, tiene cuatro días para impugnar y propiciar la anulación de la casilla.

Voy a un ejemplo extremo, quizá ridículo, pero perfectamente posible: los funcionarios de casilla se reúnen a las 7:45. Saben que la jornada inicia a las 8:00, pero una callada aspiración de parecerse a los ingleses les ha invitado a ser religiosamente puntuales. Están todos listos minutos antes de la hora. Pero no solo ellos: también hay electores a los que se les quedó tatuada aquella enseñanza de sus abuelas según la cual "al que madruga, Dios le ayuda". Un malicioso representante de partido completa el cuadro. A la gente le dijeron que la jornada iniciaba a las 8:00 y alguno de los votantes se sorpende de ver que los funcionarios no han armado ni sus mamparas. Ese votante ignora que el procedimiento marca que nadie mueve un dedo antes de la hora marcada; el ciudadano en cuestión se molesta pues quería ser el primero y tenía ya planes previstos para las 8:15 lejos de ahí. Se queja con los que van llegando y el representante de partido sugiere a los funcionarios que abran, total, faltan nada más tres minutos y, en cambio, ya hay gente haciendo fila. Los funcionarios de casilla no recibieron la puntual formación de parte de mi capacitadora y... se doblegan. A las 7:58 se comienza la instalación y así se asienta en el acta. Nadie dice nada y la vida sigue. La gente vota, los ciudadanos respetan el resto de los procedimientos y la jornada acaba felizmente con el conteo de sufragios y el llenado de actas. Todo bien, excepto la hora. Porque la jornada debía iniciar a las 8:00 (ni un minuto antes) con la instalación de la casilla. Y eso podría ser suficiente para que, tras formalizar su impugnación unos días después, los resultados de esa casilla pudieran cancelarse –anularse– con todo lo que ello implica.

¿Suena tonto? Quizà. Pero pienso que no lo es. Y es que como éste, un sinnúmero de detalles pueden ser causales de anulación de los resultados de una casilla. ¿Se imaginan el peligro que eso significa en una casilla donde los funcionarios sean gente sencilla, espantadiza, insegura, que se deje dominar por la seducción de gente con ganas de tener elementos para pedir la anulación en caso de que los resultados no sean favorables a sus intereses? A mí, me aterra. Me aterra porque un proceso bien diseñado, con reglas claras y materiales adecuados –pero también con muchas minucias– se puede manipular si no estamos atentos y solidarios los muchos que somos de buena fe... Esos muchos que somos, sin duda, más.

Todo esto me ha puesto a pensar pero me obliga también a actuar. No me importa por quién vayas a votar o qué pienses hacer dentro de la mampara con tu boleta electoral antes de convertirla en sufragio. Creo que al margen de lo que decidas en ese instante, todos estamos obligados a velar por la limpieza de la jornada y evitar que el voto de millones y la labor de miles de ciudadanos que fungirán como funcionarios de casilla, se eche por la borda.

Por mi parte, me propongo publicar acá en un par de días, una lista de sugerencias de cosas que electores, funcionarios y observadores electorales, convendría cuidemos ese día. Sí, serán consejos, y aconsejar no es lo mío, pero a veces creo que se vale. Se aceptan por supuesto objeciones, pues mis ninguna de mis palabras ha pretendido jamás ser la última. Ya tú decidirás si alguno de mis consejos merece ser difundido.

martes, 19 de junio de 2012

Yo confieso...

Después de semanas de leer con qué contundencia y tono de certeza se expresa sobre materia política –tanto en persona como en redes digitales– la mayoría de la gente que conozco, solo puedo llegar a una conclusión: soy un absoluto pendejo incapaz de formarme a cabalidad un juicio certero sobre estos asuntos; admiro la capacidad que tantos tienen para identificar y defender la verdad absoluta (aunque, a decir verdad, si junto sus verdades algo no me cuadra). Espero algún día alcanzar su nivel de iluminación; por ahora, solo puedo decir que mi concepción del mundo es cada día más confusa y mis pocas certezas más tentativas.

viernes, 25 de mayo de 2012

Pensando en voz alta

Para Amaya, que sigue estando aquí 

Mucho ajetreo y efervescencia en las dichosas "redes sociales" y en los medios de comunicación estos días. A ratos uno se satura y desearía renunciar a la condición de ciudadano, o al menos a calificar como un ciudadano involucrado en la dinámica de su comunidad. A ratos, también, uno encuentra provocaciones atractivas para sumarse a la vorágine de opiniones. Esta semana, tras acumular en la intimidad un sinfín de reflexiones, me sumo a ese cúmulo de reacciones y decido pensar un rato en voz alta. Lo hago animado por la convicción de que, si bien soy un sujeto autónomo cuyo andar por la vida transcurre como si fuese un ente individual, soy parte de un colectivo que se construye con los otros. Lo hago también —lo admito desde ahora— porque la "desaparición" imprevista de mi credencial de elector me impedirá cumplir el 1 de julio con mi deber de acudir a las urnas a hacer lo que me venga en gana con la boleta electoral a la que tendría derecho.

Decido pensar en voz alta porque estoy convencido de que poner nuestra palabras en diálogo es construir y eso me parece un deber moral, sobre todo en un entorno dominado por los diálogos de sordos o monólogos disfrazados de diálogo en que unos y otros tienden a asumirse como poseedores de verdades absolutas. No son pocos los que exigen o aseguran asumir una actitud democrática cuando sólo están dispuestos a reafirmar sus posiciones, cuando el diálogo auténtico implica estar dispuestos a poner nuestras verdades en duda, conscientes de que esa apertura podrá derivar en reforzar nuestras convicciones pero también en transformarlas. (Sobre esta falsa actitud de disposición al diálogo escribía aquí mismo hace un par de meses.)

Reconozco que me animo a pensar en voz alta motivado en cierta medida por las movilizaciones de jóvenes en los últimos días. No estoy seguro de compartir todas sus inquietudes pero me identifico al menos con varias de las que declaran como sustantivas. Sin imaginar lo que vendría después, el viernes 11 de mayo seguí a través de la transmisión en línea la visita de Enrique Peña Nieto a la Universidad Iberoamericana. Hice incluso notas sobre algunas de sus intervenciones, con la idea de analizarlas un poco aquí, pero postergué mis intenciones esperando un mejor momento que nunca llegó. Insisto: nunca imaginé que lo sucedido aquel día tendría repercusiones del nivel que hoy todos conocemos. 

Me atrevo a pensar el voz alta porque me inquieta observar a quienes hoy aspiran a gobernar mi País. Intentando dejar de lado la cuestión de las personalidades de cada uno, me inquieta aún más pensar en los partidos que postulan a estos aspirantes y lo que esos partidos representan. Pienso en la decisión de millones de jóvenes que por primera vez tienen la oportunidad de participar en la elección de su Presidente y me indigna que esas sean las opciones que podemos ofrecerles. Un pri que gobernó por décadas basado en prácticas corruptas, de espalda a la sociedad, alimentando la ambición de unos cuantos con absoluto cinismo, y que hoy se presenta con banalidad como un partido renovado que nos salvará de las tragedias que se gestaron bajo su sombra. Un pan que tras la euforia inicial desatada por la alternancia, ha renunciado en los hechos a los ideales que le dieron origen; partido, éste, que en la entidad donde vivo va en alianza con el que fundó la líder del sindicado de maestros, mientras en sus spots la candidata presidencial la acusa de pactar con el contrario. Un prd que ante la urgencia de crecer en rincones dominados por los oponentes, ha incorporado a sus filas a personajes de triste memoria, llegando al extremo de postular para el senado a quien como secretario de gobernación en 1988 declarara la caída del sistema en perjuicio de las izquierdas de entonces. Y un panal que... bueno, un panal. [Todas las mayúsculas que hagan falta y que en justicia gramatical correspondían en este párrafo, fueron omitidas intencionalmente.] 

Volviendo a mi intención de pensar en voz alta...

Lo que sucede hoy entre muchos jóvenes (y no tan jóvenes), en las calles y en medios sociales digitales, me interesa desde dos ángulos que propongo como interrogantes: ¿Qué nos dice este llamado "despertar" de los jóvenes mexicanos acerca de nuestro presente? ¿Puede un movimiento como éste aportar algo realmente trascendente a nuestra sociedad?


§

Hace exactamente un año me encontraba en Barcelona. Habían pasado solo unos días desde que miles de jóvenes españoles decidieran ocupar las plazas más representativas de sus ciudades. El domingo 22 de mayo de 2011 me dediqué a recorre la acampada de la Plaça Catalunya y publiqué aquí una crónica personal de aquella jornada. Recupero algo de lo que escribí entonces:
No es casual que los manifestaciones en las plazas de España hayan encontrado en el adjetivo de "indignados" su común denominador. La indignación ha sido siempre el motor de la resistencia, como señala Hessel en su alegato en contra de la indiferencia [...].
La indignación en el origen. Y no debería sonar extraño que la indignación es parte de la condición del ser joven. Desde que somos adolescentes, el mundo en que hemos crecido es sometido a un duro juicio: cuestionar lo establecido en esos momentos se vuelve parte de nuestra naturaleza. En octubre de 2011, National Geographic dedicó su artículo de portada a los cerebros adolescentes con un revelador subtítulo: "neurobiología de la rebeldía". La publicación afirma que la adolescencia es mucho más que un producto de la cultura, sino que tiene firmes bases biológicas.

Cultura o genética, lo cierto es que la inconformidad con el entorno es nota distintiva de quienes recién ingresan a la condición oficial de ciudadanos. Y cierto es también que en la escena política de México esa condición no había tenido a fechas recientes manifestaciones colectivas que nos lo recordaran. Quizá por ello los acontecimientos de estos días han suscitado entusiasmo en tantos de nosotros.

Si la juventud se asocia con rebeldía es porque también está caracterizada por los sueños, las aspiraciones. La indignación y la inconformidad surgen cuando lo que anhelamos no corresponde con la realidad que percibimos. Y si nuestra situación genética es favorable para desencadenar los mecanismos y procesos de adaptación necesarios, las condiciones están dadas.

A menudo asociamos juventud con inmadurez, pero por paradójico que suene me parece que es posible hablar de una juventud madura: una juventud que con todas las limitaciones y condicionantes que pueda imponer su fragilidad y su inexperiencia, se asume con consciencia de sí y de los demás, y actúa en consecuencia. Esa fue mi impresión cuando escuché a los jóvenes de la acampada de Barcelona: podían estar equivocados o no, podía uno compartir o no sus convicciones ideológicas, pero sus acciones se sustentaban en procesos de racionalidad crítica impecables.

Aprovechando las ventajas comunicativas que la tecnología pone hoy al alcance de nuestra sociedad, hoy tenemos oportunidad de escuchar a ese colectivo "juventud". No todos, naturalmente, se expresarán con la misma elocuencia, no todos actuarán en un marco de respeto definido en los mismos términos que las generaciones que les hemos precedido, pero ni una ni otra cosa son suficientes para descalificar su discurso.

¿Estamos ante un despertar? Quizá. Me gusta pensar que sí. Pero todos sabemos que despertar no es suficiente. Cuando recién abrimos los ojos y nos levantamos, las cosas se ven de un modo que puede traicionarnos con facilidad. Una vez despiertos, corresponde asumir con nosotros mismos el compromiso que ese ser y estar en el mundo nos exige.

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Y ahora, ¿qué? Demandar de los medios ciertas conductas, basados en nuestros anhelos e ideales, muy bien. Pero, ¿para qué? Formula la pregunta en los mismos términos en que suelo cuestionar el papel de las escuelas y de todo el sistema educativo —en el cual participo profesionalmente desde hace más de una década—. ¿Educación? Sí, muy bien, pero ¿para qué? ¿Qué tipo de sociedad queremos construir? ¿Qué nos mueve, qué nos orienta? ¿Podemos responder esto sin acudir a clichés o ideales vacíos o cuando mucho coyunturales?

Exigir democracia. Excelente. ¿Y para qué? ¿Tenemos claros los valores que orientan nuestra indignación? ¿O se trata solo de caprichos inmediatos?

Seguir despierto exige también dar continuidad a la lógica que nos ha puesto en vigilia. Y ahí las cosas se ponen difíciles. El movimiento de estudiantes que hoy recorren las calles en México, como el movimiento de los indignados españoles o el de los árabes que ha ido alcanzando la democratización en sus tierras, han surgido siguiendo una lógica muy distinta a las de las primaveras que vieron movilizarse a los jóvenes en el siglo XX.

Hoy la lógica de la electricidad materializada en las redes sociales provoca que los movimientos de esta naturaleza sean más horizontales, en la lógica de red los liderazgos se diluyen. Eso da una particular legitimidad a las expresiones pero la vez que complica su análisis. Esta ausencia de una cabeza fue una de las peculiaridades del movimiento 15-M en España. Para muchos de nosotros, acostumbrados a esperar identificar un rostro al frente —o detrás— de una movilización, puede parecer extraño o incluso imposible, pero los hechos parecen mostrar que sucede.

En México no habíamos vivido algo semejante. Por momentos, algunos creímos hace un año que el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad sería nuestro primer ejemplo. Hoy, sin embargo, es mejor conocido como el Movimiento de Javier Sicilia, lo cual ya nos dice algo al respecto. Es natural: se trata de un movimiento que opera con la lógica del siglo pasado y, como tal, pese al respaldo de muchos, ha tenido difícil que la juventud se vuelque a las calles para hacerlo suyo.

En mayo de 2011, a propósito de la Marcha Nacional convocada por ese movimiento, escribí en este mismo blog:

[...] me parece muy atrevido que un movimiento, por más que tenga un origen ciudadano, se pronuncie en nombre de la ciudadanía, como si ésta fuese una entidad concreta, con un rostro y una visión uniforme de la realidad. Hablar en nombre de la ciudadanía suena bien, pero no es poca cosa. El discurso de Sicilia tiene, no lo dudo, mucho de verdad. Al menos de una cierta verdad. Sin embargo, asumirlo como el llamado de la ciudadanía implica dejar fuera de ese conjunto a todo aquel que no se identifica con su contenido. [...] Insistir en que existe una “voz de la ciudadanía”, entendida como un discurso uniforme o un llamado surgido del consenso absoluto de los mexicanos, me parece no solo ingenuo, sino peligroso.
Hoy estamos ante un riesgo semejante, aunque reconozco y agradezco que los alumnos de la Iberoamericana que han tenido oportunidad de salir a los medios, han sabido pintar su raya intentando dejar claro que ellos no hablan por todos los jóvenes de México, ni siquiera a nombre de quienes simpatizan con sus ideas. 


El riesgo está latente. En su momento el movimiento de Sicilia dividió a muchos ciudadanos, pues su discurso se empezó a compartir en términos de "conmigo o contra mí", de modo que quien no estuviese de acuerdo con sus exigencias terminaba siendo visto por muchos como un "mal ciudadano". Del mismo modo, ¿qué pasa hoy con los jóvenes que, de manera legítima y racional, decidan votar y actuar en favor del candidato que provocó estas movilizaciones?

¿Qué traerá consigo este movimiento de estudiantes? Difícil de anticipar. Si bien en los países árabes el contexto favorecía que las manifestaciones condujeran a derrocar a gobiernos considerados antidemocráticos,  en España la indignación terminó ayudando indirectamente a que el Partido Popular —que nada tiene en común con los ideales de los indignados— regresara al poder.

¿Está en la naturaleza de estos movimientos ser coyunturales? Si su función es simplemente sacudir instituciones o proyectos delimitados, se entiende que a veces deriven en la caída de estos y otras en su fortalecimiento. ¿Será posible que uno de estos movimientos termine por gestar las bases de una civilización distinta? ¿Habrá posibilidad de que la lógica red genere una nueva racionalidad y deje de ser simplemente una lógica transitoria que termina regresándonos a la linealidad vertical y unidireccional? Me gusta pensar que sí.

§

P.S. Amaya, sigues estando aquí. Y mientras observo las imágenes de los estudiantes en las calles, te veo marchando con ellos. Y aunque extraño leer lo que sin duda tienes para decirnos de lo que piensas de todos esto, echo un vistazo a lo que nos dejaste y me atrevo a decir que sé lo que piensas. Sigues aquí, pero nos haces falta, ni cómo negarlo.