miércoles, 13 de enero de 2010

Claridad

"Claridad para este 2010." Esta entre muchas otras cosas escribió la tía Catarina en la tarjeta que me dio en Navidad. Claridad. La palabra aparacía también en los mensajes que envié por diversas vías a mis amigos. Quizá era evidente lo nublado que arrancaría el nuevo año. El hecho es que pese al entusiasmo que he intentado imprimir a mis movimientos en este arranque, las piernas han resultado más pesadas de lo que había calculado. Después de dos semanas de sentir cerca la energía de los 5 herman@s que somos, no tardé en echarles de menos y pensar que no supe aprovechar del todo la inercia de esos días y no supe quizá acumular el alimento suficiente de esa alineación planetaria poco frecuente. Pero estoy siendo muy severo. En todo caso, aunque estemos nuevamente repartidos en distintas coordenadas, estamos cerca. Mientras escribo me doy cuenta lo absurdo que resulta reaccionar viniendo aquí en primer lugar a hablar de mi falta de claridad o de lo mucho que los extraño. Apuro pues el final para enviarles directamente lo que estoy pensando. La benjamina de los cinco nos emocionó hasta las lágrimas la noche del 24 cuando, leyendo unas palabras que había escrito para la ocasión, nos hizo notar que si estábamos juntos nuevamente era quizá porque atravesábamos momentos en los que nos necesitábamos de un modo especial. Lo comprendí entonces, pero creo que apenas voy reaccionando.

lunes, 11 de enero de 2010

Recuentos 2009: Cancelación de último minuto

Así es. Decidí cancelar este año la ronda de recuentos musicales, literarios y cinematográficos. ¿La causa? Simplemente no consigo poner en orden mi cabeza. Un recuento exige hacer uso de la memoria. Y ésta me ha estado haciendo muy malas pasadas últimamente. Revisar el pasado exige también hacer valoraciones que en apariencia resultan inocentes. Pero sólo en apariencia. En el fondo, detrás de cada reflexión en busca de sentido —"cuando leí tal cosa recordé...", "al escuchar tal melodía me viene a la mente...", "ver tal escena despertó en mí..."— hay una potencial confrontación conmigo mismo que actualmente no creo estar en condiciones de superar.

Hace poco prometí que arrancaría los recuentos en cuanto acabara la novela que traía entre manos, misión que cumplí hace un rato. Y quizá sea justamente el haber concluido esa lectura lo que detona mi resistencia a elaborar mis reseñas. Hace meses, cuando supe de la existencia de Netherland, de Joseph O'Neill, me propuse a toda costa conseguirla; unos días después logré tal objetivo en la enésima librería a la que entré en el aeropuerto de Amsterdam Schiphol. Y la guardé. Hasta hace unas semanas en que decidí que sería ésta mi lectura del receso decembrino. Me atrapó de inmediato. Pero mi poca práctica leyendo inglés, aunada a mi creciente falta de concentración, hicieron que el avance fuera lento.

Por las razones que ya he citado, no haré aquí —al menos ahora— la reseña. Diré, sí, que estoy aún atrapado en la brillante narración del escritor irlandés. Igual y exagero. Igual y mi fascinación es producto de mi distanciamiento ante la lectura durante 2009. Pero da igual. Y sólo para justificarme a mí mismo, diré que si bien me enganché al relato desde el primer párrafo, fue ya avanzada la historia que se dio ese brutal colapso lector—protagonista que se da no muchas veces en la historia de uno, cuando Hans (el narrador) afirma: “Nobody understands better than I that this was a strange and irresponsible direction in which to take one’s life. But it is what happened.” Tal cual.

jueves, 7 de enero de 2010

Cruda realidad

Hoy pintaba como un buen día para retomar mis recuentos del 2009, pero una vez más las circunstancias me lo impiden. Esta vez dolorosamente. Y no sólo eso. Me provocan también la necesidad de violar una de las reglas-no-escritas que han regido buena parte de mi vida. Ante la impotencia, ante la frustración que me produce la injusticia, rompo el silencio.

Advierto: no quisiera cansar con una historia que, para ser completa, me obligaría a escribir varios tomos, así que arriesgando un poco la claridad intentaré ser breve. Pero no garantizo nada.

Cuando hace ya varios meses decidí renunciar a mi empleo anterior, lo hacía motivado por mi propio cansancio, mi desgaste y mi crisis vocacional, pero también decepcionado, fastidiado del hedor que desprendía la forma en que se tomaban ciertas decisiones a mi alrededor y pasando por alto mi supuesta jerarquía. El hartazgo pronto alcanzó otro nivel: mi impresión era que, al mantenerme en el sitio que ocupaba, era cómplice y responsable del maltrato, la humillación, que recibían determinadas personas, incluyendo, ¿por qué no decirlo?, aunque fuese de modo indirecto, quienes se suponía habían de beneficiarse de mi trabajo y el del equipo a mi cargo.

No quiero parecer ingenuo. Tras una década en el 'negocio' de la educación privada en nuestro país, tengo claro que lo último que mueve a ese aparato son las ganas de sacar adelante cualquier cosa distinta a los intereses particulares —muchas veces, aunque afortunadamente no todas, mezquinos— de quienes emprenden en el ramo. Pero también soy un convencido de que estos intereses podrían ser compatibles, como en cualquier otra industria, con una vocación de servicio y una cultura de respeto hacia sus empleados. Tristemente no siempre se aprovecha esa oportunidad.

Seis veces en diez años he dejado un trabajo. En dos ocasiones fue con dolor pero creyendo que al hacerlo accedía a una oportunidad superior de hacer algo en lo que creía. Una más, lastimado por tres años y medio que concluyeron en una larga cadena de frustraciones y confusiones internas, creyendo que al despedirme hacía lo mejor para todos. Las dos últimas, en diferentes momentos pero en la misma institución, cansado de creer. En medio de todas, cuento también la única despedida involuntaria, cuando la incomodidad que provocaba en algunas personas en mi alma mater terminó en una gentil invitación a firmar una renuncia, sin conseguirlo pero sí logrando el efecto esperado de mi salida —muy escoltado y a la fuerza, eso sí—.

Pero regreso a hace un año, en mi empleo anterior. En diciembre de 2008 me notificaban la necesidad de un absurdo —y en sentido estricto, innecesario— recorte de personal en diferentes áreas del colegio. En aquel entonces, recién desembarcado del viejo mundo, logré aprovechar el valor de mis bonos con los jefes para encontrar una salida que, si bien implicaba algunos costos —incluyendo el sacrificio de la mitad de mis ingresos en aquel entonces—, permitía dejar intactas a otras personas y seguir adelante con el sueño que intentaba recuperar tras mi primer renuncia, en 2007.

No pasaron más de tres o cuatro meses para que me diera cuenta de la realidad: las cosas no mejoraban, muy al contrario; empezaban las decisiones a mis espaldas. Comenzaba el ataque para desmembrar, sutilmente todavía, el equipo que paulatinamente veníamos consolidando. Quizá no éramos los mejores. Cierto que no habíamos logrado resultados espectaculares en los estados de cuenta, pero no tengo duda de que estábamos colocando a la institución en una posición que difícilmente habrían imaginado quienes conocieron el "proyecto" en vías de putrefacción que había recibido yo tres años atrás.

Vuelvo a los hechos: tomé una decisión convencido de que mi visión radical de las cosas era incompatible con lo que sucedía a mi alrededor, pero creyendo —otra vez, creyendo, vaya ingenuidad— que los demás, desde sus trincheras a nivel de cancha, desde sus aulas, desde sus pequeños territorios, podían mantener viva una delicada lucha, como sucede en tantas y tantas aulas a lo largo y ancho del país. No contaba con que el grado de ambición de unos cuantos podía cegarles al grado de asfixiar esos brotes de pequeñas pero significativas posibilidades.

Apenas un mes después de mi salida empezaron las señales de que no habría empacho en pisotear lo poco o mucho que se había cultivado. Pero las noticias que recibo esta semana rebasan cualquier límite. "Quisiera no hubiera terminado así", me escribía esta mañana uno de los caídos. Nadie quiere que las cosas acaben así. Y desde aquí solo puedo decir que los abrazo. Diré una tontería, pero quiero decirla: me siento incluso responsable; quizá si no hubiéramos formado un equipo tan sólido hoy no dolería tanto. Vale, no pretendo cargar con esto. Suficiente cargo ya que no me corresponde. Pero es una forma de decir que me duele su dolor, que desde acá les acompaño.

No sé qué hago ventilando esto aquí. Decía que estoy rompiendo una de mis propias reglas. Quizá lo hago porque escribir esto aquí es lo más cercano que conozco a dar un grito en la calle, a los cuatro vientos. Total, igual y nadie se entera.

miércoles, 6 de enero de 2010

Buscando una cura

Me descubro con dos síntomas contundentes —¿alarmantes?— del padecimiento (aún sin nombre claro) que me aqueja: adquisición acelerada y sin empacho de libros y libretas, acompañada de una absoluta incapacidad de sentarme a leer o a escribir.

En los últimos meses —pero sobre todo en las últimas semanas— he acumulado en el librero una inmensa cantidad de materiales (cuento, novela, ensayo, divulgación...) que me invitan a la lectura: unos cuyas portadas o títulos me atrapan sin pudor; otros que han quedado registrados como impostergables pendientes con las recomendaciones —y provocaciones— de sabedores amigos; unos más que han resucitado de mis empolvados libreros.

Al mismo tiempo, he ido reuniendo también libretas, libretitas y libretotas con la ilusión de ponerme —por fin— a escribir otra vez. Escribir de todo: de mis reflexiones como 'pedagogo', de mis ocurrencias como observador de un mundo que se mueve vertiginoso en torno a mi pazguato andar; de mis exploraciones en las profundidades de un mundo emocional que con frecuencia tiendo a evadir; de las historias que desde hace tiempo se acumulan en algún rincón de mi interior e intentan llamar la atención de mi yo consciente.

Pero las letras de esos libros permanecen ocultas y las páginas de esas libretas siguen en blanco. Y yo perdiendo el tiempo. Hojeando a veces unos y otras. Pero nada más.

Hoy comencé a explorar lo que puede haber detrás de mi enfermedad. Y empiezo ya a toparme con algunas causas. Por lo pronto, me propongo terminar el último libro que empecé a leer en 2009, para sentir que esa dimensión del año está cerrada y publicar aquí el recuento correspondiente. Quizá así alcance la cura y pueda comenzar mi rehabilitación.

martes, 5 de enero de 2010

Miedo

Para celebrar su segundo aniversario, Esta Boca Mía lanzó una provocación fascinante. Y caí. Pronto me di cuenta de que el reto era complicado, pero persistí porque me parecía una manera maravillosa de rendir homenaje a una pluma que admiro y a una persona por quien siento un gran cariño. Al decidir participar de su festejo, me di cuenta además de que llegamos prácticamente al mismo tiempo a la blogósfera, pues fue justamente en enero de 2008 que abrí mi primer libreta digital (aunque mañosamente ajusté la fecha de la primer entrada como si hubiese sido publicada en diciembre del 2007). Va pues, mi manoseo a uno de los textos incompletos de Jacka.

Miedo

Ese menudo cuerpo estaba lleno de resentimiento. Parecía imposible que tanta ira, tanto rencor y tanto dolor, cupieran en el espigado contenedor de su alma.

Sólo se podía adivinar la oscuridad que lo habitaba cuando su mirada se perdía en el horizonte. Probablemente porque en ese momento bajaba la guardia y la marea de agua putrefacta alcanzaba la superficie. El resto del tiempo era difícil descifrarle, aunque parecía justamente lo contrario: quien se topaba con él creía adivinar de inmediato una luminosa presencia: “transparente como pocos”, solían decir.

Raro que alguno imaginara las tinieblas que operaban en su interior, pues si bien sus ojos viajaban con frecuencia en dirección del ocaso, pocos llegaban a atestiguarlo. De ahí que resultara improbable imaginar que aquella ira, aquel rencor y aquel dolor eran producto de una poderosa incapacidad de afrontar eso que suelen llamar la realidad.

Llevaba una vida entera viviendo de sus propios temores, sin atreverse a llamarles por ese nombre. De alimentarse de ellos primero y después de los residuos derivados de tal ingestión. Curioso que, pese a ser tantos sus recelos y tan variados, quienes le rodeaban lo percibieran como valiente. Aplaudían su “fortaleza” y algunos incluso envidiaban el modo en que, según decían, “hacía frente a la adversidad”.

Más de una vez escuchó él mismo tales adulaciones. Lejos de reconfortarle, sólo nutrían el cúmulo de ira, reforzaban el rencor y ahondaban el dolor, sin que de ello se diera siquiera cuenta.

Hasta el día en que la mierda no encontró más espacio bajo su piel.

Fue en ese último minuto cuando, por fin, le puso nombre a aquello que hasta entonces su soberbia se había obstinado en disfrazar de ira algunas veces, de rencor otras tantas y de dolor las más.