jueves, 24 de diciembre de 2009
lunes, 21 de diciembre de 2009
34
Durante lo 34 años que he andado sobre esta Tierra he recibido muchísimas bendiciones. Todos los días procuro agradecerlas, aunque se entiende que en ocasiones el ajetreo y la carga de cosas lo dificulten. Ayer una vez más tuve oportunidad de celebrar ese agradecimiento en compañía de gente que quiero y me quiere, gente que me ha regalado su afecto a partir de cruces de caminos generados por muy diversas circunstancias y en diferentes momentos de mi vida.
Como es natural, no pudieron estar todos. Pero los que estuvieron alcanzaron para corroborar que soy muy afortunado. La jornada estuvo marcada de significativos detalles. Encuentros con gente que llevo en el corazón y que hace más de dos años no veía en persona. Con gente que llegó a mi vida a través de este espacio (o de su antecesor, que para el caso es lo mismo) y que ha encontrado pronto un lugar en mi vida. Con amigos que por las nuevas condiciones de mi vida laboral no puedo frecuentar tanto como quisiera. Algunos se han ido reportando desde sus coordenadas geográficas en este País, en gringolandia o en Europa, recordándome su afecto.
Quizá uno de los detalles más significativos ha sido la oportunidad de celebrar mi cumpleaños teniendo físicamente conmigo a mis herman@s. L@s cinco hemos coincidido esta vez como hace varios años no sucedía. Así será esta Navidad. Estando cerca. Y eso es algo que no ceso de agradecer.
En fin, que agradezco lo que tengo y lo que viene. A mi madre y a mi padre, que ayer una vez más se volcaron de entrega para hacer del pequeño festejo un éxito. A M, que también estuvo al pie del cañón, cuidando hasta el más mínimo detalle para que se cumpliera mi manía de tener una fiesta como hace 30 años. A los que estuvieron físicamente y a los que me están acompañando desde donde estén. A muchos ni tuve tiempo de convocarlos, pero sé que se habrían apuntado.
A todos, gracias por ser parte de mi biografía. Sin ustedes, estas páginas no tendrían sentido.
Al pie. Los mensajes que ya llegan por Facebook, Twitter o SMS. Descubre uno la amplitud de la red afectiva con la que cuenta. Y, para no dejar de ser yo y racionalizar todo un poco, me cautiva la forma en que estos medios establecen una trama sincrónica y diacrónica a la vez. Ya me pondré a dar vueltas a esto, mientras aprovecho también estas dos semanas de desenchufe laboral para avanzar en la Tesis un poquito y en la larga lista de lecturas pendientes.
viernes, 11 de diciembre de 2009
Brindis inaugural de temporada
Estoy llegando de poco más de cinco horas de convivencia con mi equipo en nuestra adelantada comida de fin de año. Como sucede en estas reuniones en contextos tan melancólicos, no sé a qué hora sucedió pero descubro que quizá llevo demasiado tequila en las venas. Y, como suele sucederme, eso no me pone ni inconsciente ni eufórico, sino que refuerza intensamente mi melancolía. [¿Qué se hace con tanta melancolía?] Interrogantes por todas partes. Y en medio de todas ellas, se me ocurre para inaugurar oficialmente la temporada navideña en esta libreta compartir el texto del brindis que dirigí al equipo esta tarde. Va, directo y sin censura.
Confieso que no soy muy adepto a los festejos navideños. Al menos no a seguir el espíritu que tiende a dominar esta temporada desde hace algunos años.
Miro alrededor y encuentro una atmósfera que no se parece a la que rodeaba las navidades de mi infancia, mi adolescencia e incluso los albores de mi juventud. Quizá sea un problema de percepción. Quizá siempre ha sido como ahora y suceda que entonces la ingenuidad me impedía ver ciertas cosas y me ayudaba a concentrarme en lo que importaba realmente. Quizá el entorno que mi familia construía en torno a estas fechas me hacía pasar por alto los excesos, la saturación de formas y colores vacíos de sentido en las calles y los centros comerciales.
Me parece que las cosas eran mucho más simples. No hacía falta disfrazar los coches de renos para sentir que era navidad. Los vecinos no competían por el récord Guiness del mayor número de luces en cada colonia o en cada cuadra. La decoración navideña duraba unas cuantas semanas, adquiriendo un sentido de excepcionalidad que permitía valorarla de un modo distinto, pues uno no terminaba de acostumbrarse a ese paisaje cuando ya era hora de desmontar los árboles.
Parecen nostalgias de un viejo, lo reconozco. Pero es que sólo viajando a aquellas navidades del pasado —como el viejo Scrooge con el que mis amigos suelen compararme— logro rescatar el sentido de esta temporada.
Pero no soy un Grinch por completo, es cierto. Siendo claros, la Navidad sigue representando un momento muy especial para mí. Quizá porque a través de resistirme a ese nuevo “espíritu navideño” tan en boga, logro rescatar el sentido que le he ido encontrando a lo largo de mi vida: negándome a ser parte de la vorágine, cerrando el paso a la saturación de luces, ofertas y sombreros rojos, consigo reencontrarme conmigo, con mi familia, con mis amigos; logro hacer de éste un tiempo de reflexión, de evaluación de mis éxitos y mis fracasos; un tiempo de definición de planes, de ajuste a mis proyectos. Y, sobre todo, un momento para detenerme, agradecer y reconciliarme. Agradecer la oportunidad de ser y estar, aquí y ahora. Me gusta la temporada navideña para, a la luz de ese sentido de agradecimiento y reconciliación, explorar mi presente con un poco más de serenidad, en diálogo con mi pasado, y con ánimo de trazar posibilidades hacia el futuro.
Y a eso me gustaría invitarles aquí y ahora. Por un lado, les propongo ver los próximos días como una oportunidad para hacer esa reflexión desde nuestro personal agradecimiento con el Principio de todas las cosas, llamémosle Dios, Energía, Átomo o de cualquier otra manera. Yo, hoy agradezco la oportunidad de servir a cuatro centenares de niños que, de alguna u otra manera, nos necesitan. No es tarea fácil, lo saben ustedes quizá mejor que yo. Exige desprendernos con frecuencia de nuestros propios intereses, nuestras angustias, nuestras carencias; implica neutralizar lo que somos a cambio de lo que ellas y ellos pueden llegar a ser. Impartiendo una clase, atendiendo una llamada telefónica, enviando un recado a un papá molesto, trapeando un pasillo, cuidando durante las noches, negociando una prórroga en adeudos…
Detrás de cada movimiento que hacemos dentro del colegio, hay una oportunidad de abonar al futuro de cada niña y niño. Oportunidad que, me parece, encierra una obligación. Estar en donde estamos, nos compromete.
Hablaba también de reconciliación. Y la reconciliación comienza con uno mismo, para después extenderse en todas direcciones y alcanzar su momento de máximo esplendor en ese espacio casi incomprensible donde nos reconciliamos incluso con quien no tiene oportunidad o intención de que tal cosa suceda. [¿Has experimentado esa sensación?]
Dice el himno de nuestro Colegio que “no hay metas imposibles”. Dicen también por ahí que “el cielo es el límite”. Considero que para explorar territorios tan especiales, se necesita un combustible que sólo esa mezcla de agradecimiento y reconciliación es capaz de generar. Hagamos, pues, de las próximas tres semanas, una central de generación de energía a base de ambos elementos, en compañía de sus seres más cercanos.
Así pues, por ustedes, por sus familias y amigos, por la comunidad de nuestro Colegio… ¡Salud!
martes, 8 de diciembre de 2009
Sólo por escribir...
Así, sin más razones. Sin mayores pretensiones. De algún modo así ha sido siempre. Pero quizá hoy más que nunca. Escribir por escribir. Por dejar que escapen de aquí dentro algunas palabras sin sentido pero profundamente sentidas. Por encontrar un poco de aire. Un respiro. Porque sí. Porque de pronto el entorno me resulta tan ilegible. Porque de pronto no encuentro de dónde asirme. Porque de pronto el mundo me parece tan hostil. Tan carente de motivos. Y sé que soy injusto. Sé que razones hay y no son pocas. Quizá sea solo que estoy cansado. No sé bien de qué, pero cansado al fin. Y el cansancio seguramente me hace perder de vista muchas cosas. Y sigo escribiendo por escribir. Porque quizá al hacerlo se cruce en mi camino alguna pauta para renacer. Para reinventarme, para comenzar de nuevo. Para levantarme y recordarme que, pese a todas esas señales oscuras, vale la pena. Probablemente sea diciembre. Siempre me pasa. Y a diciembre se suman la distancia, la nostalgia, la incertidumbre. Y mientras escribo por escribir me sereno. Enrollo el pergamino y lo inserto en una botella que arrojo al mar. No espero rescate alguno. No me siento desesperado ni pretendo derrotarme. Dejo escapar mis palabras vacías en espera de alguien con ganas de leer por leer. Así, sin más.
miércoles, 2 de diciembre de 2009
Apostar por lo simple
Hace apenas unos días se cumplió el primer año de vida de esta libreta digital que hoy —otra vez— cambia de piel. La semana pasada hace un año que volví de Barcelona dejando atrás quince meses de metamorfosis. O de recuperación. Un registro de tres cuartas partes de aquellos días quedó en mi primer blog, aquel que di por terminado el mismo día que abría éste. De vez en cuando vuelvo al anterior sin saber bien por qué. Y me encuentro siempre con un fragmento de mí que me descubre algo nuevo. Como cuando leo las viejas libretas de las que he hablado alguna vez.
Empieza diciembre y, como cada año, llega cargado de emociones contradictorias. Ilusiones. Y nostalgias. En medio del hervidero de unas y otras, me he propuesto renovar muchas cosas. Romper uno que otro hábito, aunque, citando otra vez a thearqui, "vaya la sensación de seguridad de por medio". Y si bien ayer mismo me uní en Facebook al grupo de los que tiende de forma innata a complicarse la existencia, hoy decido, al menos en ciertas cosas, apostar por la simplicidad.
No pretendo con ello eliminar complejidades cuya existencia me parece sine qua non para encontrarle sentido a la vida. Intento, en esa erradicación de 'malos hábitos', deshacerme paulatinamente de aquello que simplemente no me corresponde. Aquello que viene más de fuera que de dentro. Atreverme a dejar de lado una que otra justificación innecesaria más allá de las fronteras de mi propia necesidad. Dejar de preocuparme, al menos de vez en cuando, por el producto de un sinfín de manías acumuladas a lo largo de tantos años.
Quizá por ello, para ayudarme a poner ciertas cosas en blanco, apuesto al menos un rato a un espacio menos saturado. Más semejante a mis libretas de notas en papel, a las que he ido volviendo poco a poco en las últimas semanas. Quizá esa cercanía entre uno y otro espacio me permita venir aquí con más frecuencia.
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