miércoles, 27 de mayo de 2009

Ideas sueltas

Días intentando escribir unas cuantas cosas. Por aquí y por allá han quedado algunos apuntes, pero mis acostumbrados desórdenes me han impedido venir aquí y poner un poco de lógica a algo de lo mucho por decir y arrojar al aire.

La descarga emocional que recibí el viernes ha tenido sus secuelas. No ha sido fácil lidiar con tantas cosas. Sigo buscando la forma de canalizar tantas dichas y asignarles un lugar en la estructura de mi mente, de mi proyecto pedagógico, de mis nociones de educación. Y eso está resultando fascinante. Aunque confronta. (Quizá de ahí la fascinación.)

Siguiendo con la intensidad, el sábado las catarsis encontraron una excelente salida: el concierto de la Quinta Estación en el Auditorio Nacional. De inicio a fin, una delicia. Una tormenta de energía. No hay una canción de esta banda que no me guste; la que sea, me enloquece. Unas más que otras, por supuesto, pero todas geniales. Dos horas de cantar, gritar, brincar, bailar. Extraordinario sonido. Y una vibra indescriptible. 

El inicio y el final fueron apoteóticos. Arrancaron con "Que te quería", del nuevo disco; la página oficial en YouTube no deja insertar el video, pero no dejes de echar una oída por acá. Cerraron con dos canciones que hace tiempo se hicieron míticas: "Me muero" y "El sol no regresa".

Y para cerrar con estas divagaciones emotivas, vengo llegando de continuar mi reencuentro con el pasado, en nuevo intento por hacer de él parte del presente. Nos reunimos algunos de los chicos de la cena del viernes, con otras sonrisas que aquel día no pudieron estar presentes. Ya ni reseña escribo, porque me pongo a llorar otra vez. 

Una última sonrisa: ya están enviados a Barcelona mis dos proyectos de cierre de semestre. Uno ya incluso está calificado. Quedo en espera de la evaluación del segundo, para respirar un rato y después arrancar el artículo que debo presentar en septiembre. :)

En fin, cierro esta entrada sin lógica y cargada de emociones con aquello de "... y tras varios tequilas...". 

sábado, 23 de mayo de 2009

Gente de bien

«Lo que la Fotografía reproduce al infinito únicamente ha tenido lugar una sola vez: la Fotografía repite mecánicamente lo que nunca más podrá repetirse existencialmente.»
Roland Barthes, La cámara lúcida


Cuesta mucho trabajo empezar a escribir sobre anoche, pero tengo claro que sobre la marcha las ideas irán tomando su lugar y las palabras cederán. Así, sin afán de narrar el encuentro —ninguna narración que yo articulase se acercaría siquiera a la magia de lo vivido— me limito a dejar que fluyan unas cuantas ideas que revolotean aquí dentro.

Cada vez que he tenido la oportunidad de pasar cierto periodo de tiempo compartiendo el aula con un grupo de inquietos chicos adolescentes, hay una cuestión que irremediablemente cruza tarde o temprano mi cabeza: ¿qué será de ellos en cinco, diez, veinte o cincuenta años? ¿qué les espera o qué se prepararán ellos mismos para el futuro? En la medida que, con el pasar de un curso escolar, crece mi amor por cada estudiante que he tenido oportunidad de tener como compañero de aprendizaje, crecen también las preguntas y las expectativas sobre sus futuros. Al final, todo se resume en un deseo que opera también como humilde intención subyacente en todos mis actos: la esperanza de que cada uno llegue a ser «gente de bien». 

No sé bien qué pueda significar eso para otros, pero a mí la expresión «gente de bien» me ayuda para describir a quienes sin necesidad de grandes hazañas ni manifestaciones de dotes extraordinarios, hacen justicia a su dimensión de seres humanos, con las virtudes y los defectos que esa naturaleza encierra, pero siempre con la conciencia de aspirar a ser mejores. Me cuesta trabajo decir qué entiendo por «ser mejores», pero es claro que no estoy pensando necesariamente en mejores puestos en una empresa, o mejores sueldos en el mercado laboral, ni siquiera mejores calificaciones o más conocimientos reconocidos en el ámbito académico. Eso puede sumarse a la descripción de algunas «gentes de bien», pero ninguna de esas condiciones resulta indispensable. 

Ser «gente de bien» y aspirar a «ser mejor» significa, para mí, la posibilidad de contribuir en algo a enaltecer la dignidad propia y de los demás. Y eso se oye rimbombante, pero creo que es bastante más sencillo de lo que parece. Se logra a veces con una sonrisa auténtica, con un abrazo fraterno, con una mirada compasiva, con una mano extendida en medio de la necesidad del otro, con un gesto de agradecimiento ante la ayuda recibida. Se consigue también cuando se ríe con el otro, cuando se llora con el otro; cuando las dichas ajenas alimentan las propias alegrías, cuando se comparte el dolor o el sufrimiento que no es de uno; cuando reímos juntos, cuando recordamos juntos, cuando nos reconocemos juntos.

*

Decía líneas arriba que uno como profesor suele preguntarse qué será de sus alumn@s. La verdad es que no sé si le suceda a tod@s los profesor@s ni si les suceda con tod@s sus alumn@s. Pero en mi caso así ha sido. Desde la primera vez. Y normalmente uno conserva la esperanza de que ese deseo e intención de que sean «gente de bien» se materialice; que la vida les trate con generosidad y que ell@s sepan reconocer y otorgar su lugar a aquello que la vida, en las buenas y en las malas, les depare. A veces sucede que esa misma vida me regala un encuentro casual con un@ u otr@ alumn@, casi siempre para ver que esa esperanza, al menos en términos generales o al menos en apariencia, va dando frutos.

Y de pronto sucede que esa misma vida me brinda la oportunidad de encontrarme con un numeroso grupo de jóvenes que fueron alguna vez mis alumn@s y que hoy me gusta pensar como amig@s. Y compruebo que son gente de bien. Y me emociono hasta las lágrimas mientras escribo esto. Así que hago una pausa. 

*

Aquel otoño en que estuve por vez primera frente a ell@s parece de pronto tan cercano. Usando un lugar común —de esos que no me gustan pero tanto nos sirven— diré que "parece que fue ayer". Tenía yo entonces la edad que en promedio tienen ell@s ahora. 23, 24 años. Eran mi primera clase. Estudiaban tercero de secundaria. Yo era un auténtico novato recién salido de la universidad y llegaba a sustituir a una maestra que probablemente había huido despavorida semanas antes. Un jueves antes de conocerl@s me entrevisté con el director: "Profesor, empieza mañana". ¿Profesor? ¡Yo jamás había dado clases antes! Conseguí la oportunidad de comenzar el lunes siguiente, y así dedicar el fin de semana a conocer y estudiar los planes y programas de la asignatura que habría de impartir en los tres grados de secundaria. A ell@s, a mis primer@s alumn@s, l@s conocí el lunes 15 de noviembre de 1999.

Mi alma entera está invadida de recuerdos que las palabras pocas veces han sido capaces de evocar. Son recuerdos que se llevan en la piel y que no suelen ir acompañados de imágenes concretas. Podría describir sólo unas cuantas anécdotas. Recuerdo más las conversaciones en los recreos que las sesiones en aquella aula improvisada con lámina en medio de un jardín. Recuerdo sus gestos y sus miradas, pero me confieso incapaz de decir qué hacíamos en clase, o qué les dejaba de tarea. 

Ayer vari@s de ell@s demostraron tener una memoria muy superior a la mía. No me extraña, por supuesto, que sean capaces de reconstruir cada segundo que compartieron durante años en su escuela. Me sorprende, en cambio, que conservaran la imagen de alguna corbata que yo usaba en aquellos días, o algunas anécdotas de mi vida que solía compartir con ellos; me sorprende la evocación de algunos diálogos en los que, me dicen y les creo, yo participé. Las descargas de evocaciones hicieron pronto que se activaran también algunos enmohecidos mecanismos de mi memoria. Y pronto estaba yo contribuyendo a la lista de recuerdos. 

*

La propensión a la nostalgia es un sello indiscutible de mi personalidad. Así que el asunto de la memoria y las consecuencias que han acompañado desde anoche a su reactivación, prefiero dejarlo de lado. Lo que ayer más me emocionó, fue la oportunidad de compartir con el grupo un rato y agradecer que la vida ha sido buena con ell@s y ell@s han sido buen@s con la vida.

Ayer comprendí, una vez más y por si me hiciera falta, por qué después de casi una década sigo en el mismo camino. Comprobé también que est@s chic@s me cambiaron la vida. No sé realmente si yo haya jugado un papel en sus vidas. Lo digo en verdad y no como un ejercicio de falsa modestia. Al fin y al cabo fueron unos cuantos meses. A veces creo que mi trabajo es más ser testigo que constructor de algo. No lo sé. Lo cierto es que atestiguar anoche que aquell@s adolescentes inquietos son hoy gente de bien, con sueños, con esperanzas, sencillamente me entusiasma, me emociona. 


Esa fotografía que, junto con otras publicadas en Facebook, detonó el encuentro de anoche, repite mecánicamente y hasta el infinito aquellos días. Certifica que hubo un día en algún lugar que un grupo de personas compartieron parte de sus vidas. Ni la mañana en que se tomó esa desordenada foto ni ninguno de los momentos capturados en foto alguna, habrán de repetirse; esas imágenes son sólo testimonio de que aquello «ha sido». La buena noticia es que tienen en sus manos la oportunidad de crear existencialmente —y también hasta el infinito en cierto modo— nuevos instantes compartidos. 

martes, 19 de mayo de 2009

Consenso

«No será con todos ni será siempre, pero a veces ocurre lo que estamos viendo estos días: que, porque ha muerto un poeta, aparecen en todo el mundo lectores de poesía que se declaran devotos de Mario Benedetti, que necesitan un poema que exprese su desconsuelo y tal vez también para recordar un pasado en que la poesía tuvo un lugar permanente, cuando hoy es la economía la que nos impide dormir.» Son palabras de José Saramago, ayer, en su blog. Cierto. Con Benedetti, me parece, pasa lo que sólo con esos grandes poetas de lo cotidiano. Pasa con Benedetti lo que con Neruda o con Sabines. Esos que no en vano se ganaron no sólo el reconocimiento de los letrados sino la pasión de los analfabetos.

Sigue diciendo Saramago: «Y esto, en pocas líneas, es lo que está sucediendo: murió Mario Benedetti en Montevideo y el planeta se hizo pequeño para albergar la emoción de las personas. De súbito los libros se abrieron y comenzaron a expandirse en versos, versos de despedida, versos de militancia, versos de amor, las constantes de la vida de Benedetti, junto a su patria, sus amigos, el fútbol y algunos boliches de trago largo y noches todavía más largas.»

En la blogósfera sucedió lo que pocas veces: cibernautas de todas los perfiles demográficos y todas las adscripciones ideológicas coincidieron por un día. Cada uno buscó su personal manera de despedirse. Su forma de evocar al poeta. De los blogs en mi lista, Amaya fue de las primeras en dar la mala nueva, citando el inmortal "Táctica y Estrategia". El "Chau Mario" de Jacka se valió de un texto extraordinario y nunca más oportuno: "Pequeñas Muertes". Desde Argentina, desde ese sur que también existe, Jake se despidió haciendo una relación del amplio legado que nos dejó el uruguayo, mientras J. P. Hajime se declaraba jodido y radiante citando el otro clásico: "Viceversa". Ángeles Mastreta construyó en su blog un maravilloso pastiche para narrar sus encuentros con el poeta, Luna trajo a la mesa aquello de "preciso tiempo..." (que muy bien me viene en estos días de tantos pendientes) y Mariana —alumna mía hace casi una década y lo más nuevo en mi blog roll— evocó el "Chau número tres" para agradecer a Mario por el amor y el desamor, por Santomé, por las letras que son más que letras.

De Benedetti, dice Ángeles Mastretta ayer en su blog: «Tuvo una vida llena de cansancios. Y con ellos andaba por el mundo, escribiendo canciones. Perseguido, lastimado, sonriente.» Y afirma Saramago que al morir, Mario «hizo de nosotros herederos del bagaje de una vida fuera de lo común.»

domingo, 17 de mayo de 2009

Cantemos

Ha dejado ya esta Tierra. En su honor, ¿por qué no cantamos?
EPC

Si cada hora vino con su muerte,
si el tiempo era una cueva de ladrones,
los aires ya no son tan buenos aires,
la vida nada más que un blanco móvil
y usted preguntará por qué cantamos...

Si los nuestros quedaron sin abrazo,
la patria casi muerta de tristeza,
y el corazón del hombre se hizo añicos
antes de que estallara la vergüenza
Usted preguntará por qué cantamos...

Cantamos porque el río está sonando,
y cuando el río suena suena el río.
Cantamos porque el cruel no tiene nombre
y en cambio tiene nombre su destino.
Cantamos porque el niño y porque todo
y porque algún futuro y porque el pueblo.
Cantamos porque los sobrevivientes
y nuestros muertos quieren que cantemos.

Si fuimos lejos como un horizonte,
si aquí quedaron árboles y cielo,
si cada noche siempre era una ausencia
y cada despertar un desencuentro
Usted preguntará por qué cantamos...

Cantamos porque llueve sobre el surco
y somos militantes de la Vida
y porque no podemos, ni queremos
dejar que la canción se haga cenizas.
Cantamos porque el grito no es bastante
y no es bastante el llanto, ni la bronca.
Cantamos porque creemos en la gente
y porque venceremos la derrota.
Cantamos porque el Sol nos reconoce
y porque el campo huele a primavera
y porque en este tallo, en aquel fruto
cada pregunta tiene su respuesta...


"Por qué cantamos" de Canciones del desexilio (1983)
Mario Benedetti
14.09.1920 - 17.05.2009

viernes, 15 de mayo de 2009

Reflejos

En las últimas 48 horas el sol que venía aquejando a esta ciudad ha brillado por su ausencia. (Vaya paradoja.) A diferentes horas, el cielo se ha convertido en escenario perfecto para filmar alguna secuencia para las películas apocalípticas que se avecinan. Las tormentas eléctricas en la madrugada han resultado una aterradora banda sonora para una que otra de mis pesadillas. 

En medio del gris panorama, hay momentos de indescriptible luminosidad. Salir a caminar un rato después de un chaparrón resulta una experiencia siempre reconfortante. Los charcos evidencian el paso de un Tláloc enfurecido, o quizá la catarsis de un Indra que ya cargaba demasiado, o tal vez la celebración de un Chaak eufórico. Pese a su oscuridad, el agua acumulada en ellos permite que uno lancé una mirada apurada y encuentre algún rastro de su propio reflejo. 

En una de estas tardes, justo la tarde que las lluvias de mayo comenzaron a dejarse sentir, salí a caminar un rato por el barrio. Me topé con un parque de aquellos que se "amueblaron" en la década de los 1970 a lo largo y ancho de la Delegación Benito Juárez. Me refiero a pequeñas plazas en las que se instalaron juegos infantiles y piezas de concreto representando animales, todo ello entre caminos de piedras y círculos de colores. En un parque de estos R y yo jugábamos los domingos en que tocaba ir a misa cerca de la casa de abuelita. Aquellos gigantes de acero y concreto se convertían en toda clase de escenarios para nuestros juegos. 

La nostalgia se apoderó de mí por enésima vez en la semana. Saqué el móvil y tomé tres fotos para colgarlas aquí. No es el parque de mi infancia, pero sí son tres de las piezas que formaban parte de nuestra escenografía dominical. El paso previo de la tormenta por el barrio, acentúa sin duda el tono melancólico de las imágenes. Se parecen a mi reflejo en las charcas. Las observo. Cierro los ojos. Y me pongo a soñar unos cuantos juegos.